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Del perfeccionamiento de esta forma básica se
configuró el
templo griego tal y como hoy lo conocemos. En sus
comienzos, los materiales utilizados eran el adobe para los
muros y la
madera para las
columnas. Pero a partir del siglo VII
a.C. (período arcaico), éstos fueron reemplazados por la
piedra,
lo que permitió el agregado de una nueva hilera de columnas en
el exterior (peristilo), y con lo que la
construcción ganó en
monumentalidad. Entonces surgieron los primeros
órdenes
arquitectónicos: el "dórico", al sur, en las costas del Peloponeso y el "jónico", al este. Los templos dóricos eran más
bien bajos y macizos. Las gruesas columnas carecían de base y el
fuste era acanalado. El capitel, muy simple, terminaba en una
moldura llamada equino. Las columnas sostenían un entablamiento
(sistema de cornisas) compuesto por un arquitrabe (zona
inferior) y un friso de tríglifos (decoración acanalada) y
metopas. La construcción jónica, de mayores dimensiones,
descansaba sobre una doble hilera de columnas, algo más
estilizadas, también de fuste acanalado y con un sólido
basamento. El capitel culminaba en dos gráciles volutas y los
frisos se hallaban decorados con relieves. Más adelante, en el
período clásico ( siglos V y IV a. C. ), la arquitectura griega
arribó a su máximo apogeo. A los dos órdenes ya conocidos se
sumó el "corintio", con su típico capitel terminado en hojas de
acanto. Las formas se estilizaron aún más y se agregó una
tercera hilera de columnas.
El Partenón de Atenas es la
más clara ilustración de este brillante período arquitectónico
griego. En tiempos de la dominación helénica (siglo III a. C.)
la construcción, que conservó las formas básicas del clasicismo,
alcanzó el punto máximo de la fastuosidad. Columnas de capiteles
ricamente ornados sostenían frisos trabajados en relieve de una
elegancia y factura insuperable. |