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Así pues, es conveniente que sea
ingenioso e inclinado al trabajo, pues no es posible
llegar a ser un diestro arquitecto si posee talento
pero carece de conocimientos teóricos, o viceversa.
Conviene que sea instruido, hábil en el
dibujo,
competente en geometría, lector atento de los
filósofos, entendido en el
arte de la música,
documentado en medicina, ilustrado en jurisprudencia
y perito en astrología y en los movimientos del
cosmos. He aquí las causas de estas exigencias: es
conveniente que el arquitecto sea una persona culta
y conozca la literatura para fortalecer su memoria
con sus explicaciones; conviene que domine el arte
del dibujo, con el fin de que, por medio de
reproducciones gráficas, le sea posible formarse una
imagen de la obra que quiere realizar; también la
geometría ofrece múltiples ayudas a la
arquitectura,
pues facilita la práctica mediante el uso de la
regla y del compás, con los que fácilmente se
plasman los diseños de los
edificios en los
solares,
mediante los trazados de sus líneas, sus niveles,
sus escuadras; gracias a la óptica se sitúan
correctamente los puntos de
iluminación, según la
disposición concreta del cielo; por medio de la
aritmética se calculan los costes de los edificios,
se hace ver el porqué de sus medidas y mediante el
apoyo y el método de la geometría se descifran los dificiles problemas de la simetría; conviene que
conozca a fondo la historia ya que, con frecuencia,
se emplean abundantes adornos y debe contestar a
quien pregunte las razones de sus obras, apoyándose
en argumentos históricos.
Si, por ejemplo, en vez de
columnas se colocan estatuas de mármol de mujeres
vestidas con estola — que se llaman cariátides— y si
superpone modillones y cornisas, deberá saber dar
explicaciones a quienes pregunten; veamos: Caria,
ciudad del Peloponeso, conspiró contra los griegos
con ayuda de los persas, enemigos de los griegos.
Posteriormente, al verse libres tras una gloriosa
victoria, los griegos, de común acuerdo, declararon
la guerra a los habitantes de Caria. Una vez
conquistada la ciudad y pasados a cuchillo sus
habitantes, se llevaron como esclavas a sus matronas
sin emitir que se desprendieran de sus estolas, ni
de sus distintivos como
arquitectos, diseñaron en
los edificios públicos unas estatuas de matronas que
soportaran todo el peso, con el fin de transmitir a
la posteridad el castigo impuesto por las ofensas de
las cariátides. Igualmente los espartanos, bajo el
mando de Pausanias, hijo de Argesilao, en la batalla
de Platea superaron con un reducido número de
soldados al muy numeroso ejército de los persas y,
concluida la ceremonia triunfal, levantaron un
pórtico Pérsico con los despojos y botines, como
exponente de la gloria y valor de los ciudadanos y
como trofeo de su victoria para sus descendientes.
Allí mismo colocaron unas
estatuas de los prisioneros sosteniendo el
techo,
vestidos con adornos de diversos
colores, como
castigo de su arrogancia, con el fin de que los
enemigos se estremezcan ante el temor de la eficacia
de su fortaleza; y así también, al contemplar los
ciudadanos este paradigma de valentía, alentados por
deseos de gloria, estuvieran dispuestos a defender
su libertad. En consecuencia, a partir de este hecho,
colocaron estatuas de persas sosteniendo sus
arquitrabes y adornos y, de esta forma,
desarrollaron sus obras con excelentes variaciones,
a partir de este tema. Por otra parte, la filosofía
perfecciona al arquitecto, otorgándole un alma
generosa, con el fin de no ser arrogante sino más
bien condescendiente, justo, firme y generoso, que
es lo principal; en efecto, resulta imposible
levantar una obra sin honradez y sin honestidad.
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