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Por otra parte, gracias a los
descubrimientos de la incipiente arqueología, volvió
a ponerse de manifiesto la excelencia de la
arquitectura griega y romana, que defendían los
escritos y grabados de Piranesi (defensor de
los
modelos romanos), o de James Stuart y
Nicholas Revett (defensores del dórico griego en su
libro The Antiquities of Athens, 1762). En
Inglaterra, la ausencia de
barroco
pleno permitió a
la arquitectura
mantener ciertos tintes clasicistas durante el siglo
XVIII, como muestra el palacio de Blenheim (1705),
obra de John Vanbrugh. Sin embargo, las ideas
continentales cristalizaron rápidamente en las obras
de numerosos arquitectos ingleses, como Richard
Burlington, William Kent o John Wood, que retomaron
con interés la obra de Palladio y de su
sucesor Inigo Jones. Más tarde, esta arquitectura
neopalladiana evolucionó hacia un estilo típicamente
inglés llamado estilo georgiano. En el declive del
clasicismo aparece en Londres la figura de John
Soane, un arquitecto enormemente imaginativo cuya
obra fundamental, el Banco de Inglaterra
(1788-1808), se ha perdido casi por entero.
El
estilo neoclásico se transmitió a las
colonias norteamericanas, donde además se hizo notar
la influencia revolucionaria francesa. Entre las
figuras más destacadas están Samuel MacIntire (que
posteriormente desarrolló el estilo federal como
expresión de la independencia de Estados Unidos) y
los neopalladianos Thomas Jefferson y Benjamin Henry
Latrobe.
Una de las primeras grandes obras
neoclasicistas francesas es la iglesia de Sainte
Geneviève (llamada también el Panteón, comenzada en
1757) en París, obra de Jacques-Germain Soufflot,
que combina la elegancia de los órdenes griegos con
la audacia constructiva de los edificios góticos. En
la época cercana a la Revolución aparecen en Francia
una serie de arquitectos neoclasicistas, como
Claude-Nicolas Ledoux y Étienne-Louis Boullée,
conocidos como ‘los arquitectos visionarios’, cuyos
numerosos proyectos no ejecutados servirán de germen
para la arquitectura contemporánea. Su arquitectura
es moralizante, defensora de la abstracción más
estricta, y se basa en la combinación de elementos
geométricos puros. En España, el reinado de Carlos
III trajo las ideas de la Ilustración, y con ellas
la arquitectura clasicista. Entre los arquitectos
más destacados de lo que se llamó en España ‘la
arquitectura de la razón’ cabe citar a Ventura
Rodríguez, autor de la fachada de la catedral de
Pamplona (1783), y a Juan de Villanueva, que además
de utilizar con rigor los lenguajes clásicos fue
capaz de concebir una arquitectura original, basada
en la complejidad de los espacios, de la que su
mejor ejemplo es el Museo del Prado (1785) en
Madrid. Véase Neoclasicismo. |