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Como en Italia el espíritu
clásico hibernó pero nunca murió, y como el gótico
nunca arraigó, el clasicismo latente en las
manifestaciones culturales de la Italia medieval
reapareció con toda su fuerza en el Renacimiento. La
iglesia empezó a perder poder, y con ello, se abrió
paso a la ciencia y a la investigación, reemplazando
así poco a poco la obtusa visión del mundo
predominante en el medievo por el “humanismo”,
visión basada en los hombres.
el origen de las especies
Aún no se había definido por completo
el papel del
arquitecto para esta época, pero empezó a
agrupársele, más que con los constructores y
albañiles, con los artistas; les correspondía a los
humanistas, con tinta y pluma en mano, definir cuál
sería la identidad del nuevo Arquitecto. Un suceso
particular, el hallazgo de una excelente copia de
Vitrubio, resucitó el viejo concepto de teoría +
praxis, y la idea de que la Arq. era una “ciencia”,
llegando a pensar, en consecuencia, que, para ser
llamado Arquitecto, había que tener algo de
estudioso. Brunelleschi empezó a estudiar las ruinas
romanas desde ambos puntos de vista: teoría y
praxis, o sea, cómo fueron diseñadas y cómo fueron
construidas. Él fue el pionero de una generación de
arquitectos que veían en
la Roma antigua un
necesario complemento a la práctica, y de estudio
obligado. Sin embargo, la intención no era
simplemente registrar el pasado, tampoco copiarlo;
era entender la gramática de la antigüedad con el
fin de elevar tal excelso lenguaje a un nuevo nivel;
los dibujos con medidas tomadas in situ eran luego
usados como material de trabajo para las obras
propias, razón por la cual se desgastaron y
desaparecieron muchos de ellos. Giuliano da Sangallo,
Alberti, Filarete, etc., fueron a las ruinas con el
fin de aprender y aplicar en el presente el lenguaje
clásico.
¿Cómo empezaron los arquitectos Renacentistas? Se
dice que aquel que tuvo una formación ideal fue Brunelleschi, hijo de buena familia, que desde muy
joven recibió conocimientos de matemáticas
comerciales y proporciones geométricas. Sin embargo,
a causa de su inclinación a las bellas artes, su
padre le permitió educarse como orfebre, el mismo
pasado de numerosos arquitectos renacentistas; esto
provocaba que tuvieran más vínculos con su pasado
formativo que entre ellos mismos, razón por la que
no hay registro de ningún gremio de
arquitectos
italianos, pero sí gremios de las distintas artes y
artesanías, al cual se unían los arquitectos,
correspondientemente con aquella en la que se hayan
formado. Antonio da Sangallo había sido carpintero,
Rafael, Peruzzi y Giulio Romano pintores, y así por
el estilo.
Otro por ahí había empezado como
estudioso; en todo caso, a la hora de hacer sus
primeras construcciones, no estaban en una posición
mucho mejor que los estudiantes de arquitectura de
hoy: tenían que pedir ayuda a los albañiles,
constructores, ebanistas, es decir, en esta primera
época aún no se había cumplido con la fórmula de Vitrunio de teoría +praxis; faltaba pulir la praxis.
Los gremios vieron como una invasión de extraños la
intervención, ¡en calidad de jefes! de ‘arquitectos’
diseñadores que no se hubieran formado, ante todo,
en albañilería, y, peor aún, que no pertenecieran a
su gremio. Era como si dijeran: “¿Qué se ha creído
este aniñado que nunca ha metido mano en la cantera
para venir a mandarnos?”. Fueron llamados, sobre
todo los estudiosos, “arquitectos aficionados”,
poniéndolos al mismo nivel de los Patronos cultos,
como Cosme el Viejo, que en algunos casos diseñaban
verbalmente o “elaboraban el programa” de las
construcciones que ordenaban. Autor:
Miguel Lescano
Cornejo |