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Es frecuente que en los concursos de los barrios FONAVI se
soliciten prototipos que “crezcan” de dos o tres dormitorios, hecho que
supuestamente sucederá en el tiempo real; el primero se construirá, por ejemplo,
a los cinco años, el segundo a los diez, de modo que el cambio anticipado
previamente en realidad vuelve a insistir en las mismas ideas del tiempo
congelado porque la condición esencial del tiempo es su imprevisibilidad; y como
muchas circunstancias de la vida, que se desarrollan en el tiempo real son
igualmente imprevisibles, se puede concluir que estos proyectos son
esencialmente limitados. Es posible que alguien califique a este tiempo
previsible como un “tiempo sin sobresaltos”; para nosotros “la vida está llena
de sobresaltos”, de imprevistos, de modo que toda anticipación temporal
demasiado rígida la condiciona y la paraliza, e ignora su natural complejidad.
Resulta pues más lógico que, a partir de un proyecto inicial, destinado a
resolver las necesidades inmediatas, el tiempo futuro sea pensado libre de todo
condicionamiento. Ese espacio residual - el patio, el fondo, el jardincito del
frente - ha sido usado exhaustivamente y de los modos más diversos; puede
afirmarse que en muchos casos ha servido para completar las necesidades no
resueltas en la vivienda primitiva. Pero esta ventaja no existe en los edificios
en altura: no hay espacios remanentes a los que se pueda recurrir para crecer.
Estereotipos “funcionales”. En la
urbanística hubo un crecimiento desmesurado de las grandes mayorías, y se vio
volcado por la expansión de las periferias. Fue cuando surgió el funcionalismo,
que buscaba minimizar las superficies de las viviendas a partir del análisis
científico de rígidas formas de vida, absolutamente simplificadas,
minuciosamente viviseccionadas, con el fin de aumentar las posibilidades de
acceso a la vivienda del mayor número posible de gente. Anónima, desde luego.
Esto sucedía por primera vez en la historia de la arquitectura; constituyó un
fenómeno absolutamente inédito y esperanzador: el arquitecto metido en la casa
anónima. Pero esta revolución duró poco; porque la simplificación funcional,
aunque ideológicamente estaba asentada en corrientes sociales progresistas fue
descubierta alborozadamente por uno de los sectores más reaccionarios de la
sociedad: los especuladores inmobiliarios. Y desde luego la aprovecharon sin
ningún tipo de inhibiciones. Los operadores lo ofrecen porque la gente lo pide,
y la gente lo pide porque los operadores lo ofrecen como la mejor respuesta.
Pero en realidad estos negociantes no hacen otra cosa que respetar las leyes del
mercado. Y el mercado, en este caso, encontró que el funcionalismo le venía como
anillo al dedo. El funcionalismo que
constituyó una esperanza para aquellos que creían que con ella se terminaría la
abyecta subordinación de la arquitectura de los poderosos, apareció
inesperadamente en manos de operadores totalmente alejados de estos objetivos y
como instrumento de la educación académica que de ese modo limitó de manera
insoportable cualquier atisbo de creatividad verdadera. No sucedió lo mismo con
el otro vértice de la dupla forma-función: porque a diferencia de la
funcionalidad, que fue rápidamente aceptada como instrumento del poder, la
estética moderna, despojada, ascética, jamás fue plenamente incorporada a la
imagen del “hogar”. Si lo fue en las torres y los edificios de oficinas. (Fuente de la
informacion: Flavio Gorelik Zonis, Argentina ) |