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No existe o sucede algo en una Valdrada que la otra Valdrada
no repita, porque la ciudad fue construida de manera que cada uno de sus puntos
se reflejara en su espejo, y la Valdrada del agua, abajo, contiene no sólo todas
las canaladuras y relieves de las fachadas que se elevan sobre el lago, sino
también el interior de las habitaciones con sus cielos rasos y sus pavimentos,
las perspectivas de sus corredores, los espejos de sus armarios. Los habitantes
de Valdrada saben que todos sus actos son a la vez ese acto y su imagen
especular que posee la especial dignidad de las imágenes, y esta conciencia les
prohíbe abandonarse ni un solo instante al azar y al olvido. Cuando los amantes
mudan de posición los cuerpos desnudos piel contra piel buscando cómo ponerse
para sacar más placer el uno del otro, cuando los asesinos empujan el cuchillo
contra las venas negras del cuello y cuanta más sangre grumosa sale a
borbotones, más hunden el filo que resbala entre los tendones, incluso entonces
no es tanto el acoplarse o matarse lo que importa como el acoplarse o matarse de
las imágenes límpidas y frías en el espejo. El espejo acrecienta unas veces el
valor de las cosas, otras lo niega. No todo lo que parece valer fuera del espejo
resiste cuando se refleja. Las dos ciudades gemelas no son iguales, porque nada
de lo que existe o sucede en Valdrada es simétrico: a cada rostro y gesto
responden desde el espejo un rostro o gesto invertido punto por punto. Las dos
Valdradas viven la una para la otra, mirándose constantemente a los ojos, pero
no se aman.
Las ciudades escondidas.
En Olinda, el que lleva una lupa y busca con atención puede encontrar en alguna
parte un punto no más grande que la cabeza de un alfiler donde, mirando con un
poco de aumento, se ven dentro los techos las antenas las claraboyas los
jardines los tazones de las fuentes, las franjas rayadas que cruzan las calles,
los quioscos de las plazas, la pista de las carreras de caballos. Ese punto no
se queda ahí: al cabo de un año se lo encuentra grande como medio limón, después
como una gran seta, después como un plato sopero. Y hete aquí que se convierte
en una ciudad de tamaño natural, encerrada dentro de la ciudad de antes: una
nueva ciudad que se abre paso en medio de la ciudad de antes y la empuja hacia
afuera. Olinda no es, desde luego, la única ciudad que crece en círculos
concéntricos, como los troncos de los árboles que cada año añaden una vuelta.
Pero a las otras ciudades les queda en el medio el viejo cerco de murallas, bien
apretado, del que brotan resecos los campaniles las torres los tejados las
cúpulas, mientras los barrios nuevos se desparraman alrededor como saliendo de
un cinturón que se desanuda. En Olinda no: las viejas murallas se dilatan
llevándose consigo los barrios antiguos que crecen en los confines de la ciudad,
manteniendo sus proporciones en un horizonte más vasto; éstos circundan barrios
un poco menos viejos, aunque de mayor perímetro y menor espesor para dejar sitio
a los más recientes que empujan desde dentro; y así hasta el corazón de la
ciudad: una Olinda completamente nueva que en sus dimensiones reducidas conserva
los rasgos y el flujo de linfa de la primera Olinda y de todas las Olindas que
han ido brotando una de otra; y dentro de ese círculo más interno ya brotan
—pero es difícil distinguirlas— la Olinda venidera y las que crecerán a
continuación. (Enviado por : Jorge Enrique, Autor original:
Italo Calvino) |