|
Se destaca contra el cielo la blancura de algún lavabo o
bañera u otro artefacto, como frutos tardíos que han quedado colgados de las
ramas. Se diría que los fontaneros terminaron su trabajo y se fueron antes de
que llegaran los albañiles; o bien que sus instalaciones indestructibles han
resistido a una catástrofe, terremoto o corrosión de termitas. Abandonada antes
o después de haber sido habitada, no se puede decir que Armilla esté desierta. A
cualquier hora, alzando los ojos entre las tuberías, no es raro entrever una o
varias mujeres jóvenes, espigadas, de no mucha estatura, que retozan en las
bañeras, se arquean bajo las duchas suspendidas sobre el vacío, hacen
abluciones, o se secan, o se perfuman, o se peinan los largos cabellos delante
del espejo. En el sol brillan los hilos de agua que se proyectan en abanico
desde las duchas, los chorros de los grifos, los surtidores, las salpicaduras,
la espuma de las esponjas. La explicación a que he llegado es ésta: ninfas y
náyades han quedado dueñas de los cursos de agua canalizados en las tuberías de
Armilla. Habituadas a remontar las venas subterráneas, les ha sido fácil avanzar
en su nuevo reino acuático, manar de fuentes multiplicadas, encontrar nuevos
espejos, nuevos juegos, nuevos modos de gozar del agua. Puede ser que su
invasión haya expulsado a los hombres, o puede ser que Armilla haya sido
construida por los hombres como un presente votivo para congraciarse con las
ninfas ofendidas por la manumisión de las aguas. En todo caso, esas mujercitas
parecen contentas: por la mañana se las oye cantar.
Las Ciudades Invisibles.
No está dicho que Kublai Jan crea en todo lo que dice Marco Polo cuando le
describe las ciudades que ha visitado en sus misiones, pero lo cierto es que el
emperador de los tártaros sigue escuchando al joven veneciano con más curiosidad
y atención que a ningún otro de sus mensajeros o exploradores. En la vida de los
emperadores hay un momento que sucede al orgullo por la amplitud inconmensurable
de los territorios que hemos conquistado, a la melancolía y al alivio de saber
que pronto renunciaremos a conocerlos y a comprenderlos, una sensación como de
vacío que nos asalta una noche junto con el olor de los elefantes después de la
lluvia y de la ceniza de sándalo que se enfría en los braseros, un vértigo que
hace temblar los ríos y las montañas historiados en la leonada grupa de los
planisferios, enrolla uno sobre otro los despachos que anuncian el derrumbe, de
derrota en derrota, de los últimos ejércitos enemigos y resquebraja el lacre de
los sellos de reyes que jamás oímos nombrar, que imploran la protección de
nuestras huestes triunfantes a cambio de tributos anuales en metales preciosos,
pieles curtidas y caparazones de tortuga; es el momento desesperado en que se
descubre que ese imperio que nos había parecido la suma de todas las maravillas
es un desmoronarse sin fin ni forma, que la gangrena de su corrupción está
demasiado avanzada para que nuestro cetro pueda ponerle remedio, que el triunfo
sobre los soberanos enemigos nos ha hecho herederos de su larga ruina. Sólo en
los informes de Marco Polo, Kublai Jan conseguía discernir, a través de las
murallas y las torres destinadas a derrumbarse, la filigrana de un diseño tan
fino que escapaba a la voracidad de las termitas. (Enviado por : Jorge
Enrique, Autor original: Italo Calvino) |