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Como antecedente histórico, dejando de lado las
aglomeraciones constructivas producto de la arquitectura espontánea a lo largo
del tiempo que puedan asemejarse en forma aparente al tipo en cuestión, se lo
puede rastrear ya en la antigüedad clásica. En efecto, cuando por ejemplo Roma
llega a ser la gran urbe, centro de poder, junto a la “domus” tradicional, tipo
de casa patriarcal, con atrio, propiedad de una familia, aparece y se extiende
la “ínsula”. Esta constituyo un tipo de vivienda intensiva, desconocido hasta
entonces, en el que las habitaciones y patios se multiplican en serie. Tenían
tres y hasta cuatro plantas con departamentos para varias familias, con
balcones. Estas unidades se abrían a la calle y no ya, como era usual, hacia el
patio interior, generando una relación con el medio urbano enteramente distinta.
Este mismo hecho, consecuente con el crecimiento de las ciudades, se manifiesta
a lo largo de las sucesivas épocas históricas, desde la ciudad medieval, pasando
por el “rush” de la ciudad industrial de fin de siglo, hasta arribar a la
metrópoli actual en la que alcanza su mayor magnitud a expensas de las modernas
técnicas de construcción.
En nuestras ciudades latinoamericanas, producto de la colonización europea, la
evolución mencionada adquiere caracteres particulares, en especial, por la
ausencia de una tradición urbanística continuada. Pese al origen común, las
pautas de desarrollo sin embargo, no fueron uniformes. En primer lugar cabe
distinguir entre el desarrollo de las formas urbanas en las colonias de origen
anglo-sajón en América del norte y el de las ciudades latinoamericanas. También
corresponde, en estas ultimas, diferenciar las ciudades que crecieron en sitios
con características y limites geográficos fuertemente diferenciados, de
aquellas, como Santa fe y en casi todas nuestras ciudades de llanura, tuvieron
como patrón de crecimiento la multiplicación horizontal de la cuadra española,
en una topografía que parecería adquirir ilimitadamente este tipo de expansión.
Como es evidente, factores ajenos a la mera posibilidad de ocupación física del
espacio, demostraron la imposibilidad de una progresión al infinito en tal
sentido. De esta manera, el crecimiento vegetativo de la población; su aumento
por migraciones internas y externas; la concentración de las actividades en
determinadas áreas (generalmente la “city”, el casco primitivo de la ciudad,
excéntrico con relación a la posterior extensión tentacular de la misma), la
progresiva complicación de la redes de infraestructura, su dispersión, en
grandes recorridos conjunta con su concurrencia hacia las zonas de congestión,
etc., son eslabones finales todos, de una larga cadena de causas y efectos
(religiosos, filosóficos, políticos, sociales, económicos) que condujeron
inexorablemente al crecimiento en vertical de las ciudades. Santa fe, como
muchas otras ciudades del país, no han sido ajenas a tal evolución, por lo que
forman parte de un fenómeno mucho mas amplio, propio hasta hace poco de la
civilización occidental, pero extendido prácticamente al mundo entero; es
entonces en este devenir cotidiano, donde como un elemento mas en medio del caos
padecido a diario, con sus facetas positivas y negativas, vemos crecer sin orden
ni concierto “las propiedades horizontales”, símbolos ejemplares de nuestro
“progreso edilicio”. (Fuente de la
informacion: Flavio Gorelik Zonis, Argentina ) |