|
Y si ahora se intenta un juicio de valor sobre este hecho
desde el punto de vista de su relación con la vida de los que están involucrados
en él, las posibilidades se diversifican, se internan en disciplinas no
específicamente arquitectónicas y los límites de la tarea se encontraran no ya
en la extensión o la profundidad sino en el sentido con que se lo enfoque;
porque una valoración de la significación de la “propiedad horizontal” como modo
de vida implica una toma de posición con relación a la totalidad de un sistema.
Vivimos en una realidad “dada”, a cuyo hacerse contribuimos diariamente de grado
o por fuerza, y en la que vivienda y ciudad entretejen su crecimiento,
desplegando su dibujo en la trama, con valores dominantes. Seria bastante
difícil resumir aquí en forma integral, ordenada y coherente los múltiples
factores que integran esa realidad y anudan en ella una complicada red de causas
y efectos que no se encadenan linealmente, sino conmutacionalmente,
retroalimentándose. Sin embargo, es posible abrir en rápido abanico la gama de
situaciones que interactúan con relación al tema que venimos mencionando. Para
comenzar, cabe la pena señalar que la vivienda en general, y esta en particular,
lejos de encararse como un derecho al que todos deberíamos poder acceder, mas
lejos aun de entenderse como función social, ha sido tratada como objeto de
consumo, sujeta a la oferta y la demanda comercial, sometida a toda clase de
manoseos en aras de la especulación financiera, lo que no debe extrañar a una
sociedad que se ha venido estructurando de tal modo que sus edificios-símbolos
mas notables no son ya el templo o la comuna, sino las redes bancarias o los
locales de comida rápida.
Luego se puede señalar la existencia de un encuadramiento sociológico y de una
escala de valores tácitamente aceptada, en base a los que se asume como pauta
deseable vivir en las grandes concentraciones urbanas y por los que muchas
personas que ya residen en ellas renuncian a la vida “de barrio” (todavía
signada por el intercambio de persona a persona y por relaciones comunitarias
aun vigentes) y abandona casas no muy “modernas” pero dotadas todavía de aire y
sol, de verde y de locales de medidas generosas a favor de un departamento
“céntrico” para quedar prisioneros en el anonimato de la aglomeración. En la
superficie de esta situación podemos encontrar razones aparentemente lógicas
tales como mayor “confort”, menores trayectos, “menos para limpiar”, mayor
tiempo en familia, etc., a cada una se puede contraponer una desventaja en
general mas grave: pérdida de la independencia, servidumbres de vistas y de
usos, ruidos y hollines, falta de libertad para los niños, etc. En las raíces
profundas de este hecho pueden hallarse, en cambio múltiples motivaciones, menos
explícitas pero no menos reales: los mitos generados por la propaganda, las
imágenes “vendidas” por los medios de comunicación y por los espectáculos, la
búsqueda de prestigio, la competencia en el ascenso de la pirámide. A todo ello
se puede agregar un rico inventario de padecimientos que excede los limites del
hecho “propiedad horizontal” (en el que sin embargo encuentran su mas abundante
fuente) para extenderse a la casi totalidad de la vida ciudadana: polución del
aire, congestión del transito, polución audiovisual, dificultades de
abastecimiento, interferencias de actividades, colisión con el prójimo,
tensiones emotivas, diversiones alienantes, conductas agresivas, escapismos de
“fin de semana”, etc. (Fuente de la
información: Flavio Gorelik Zonis, Argentina ) |