El paisaje y su imagen como construccion social


   

El paisaje y su imagen como construccion social. El paisaje entonces, no posee sólo una dimensión, existe una dimensión que podíamos denominar “objetiva” y que corresponde a lo exterior, lo que está.

Y existe otra dimensión que podríamos denominar “subjetiva”, que es lo que correspondería a la interpretación de lo observado o más ampliamente de lo que se percibe del exterior, a la representación de este (como los fragmentos de imágenes que acompañan este texto), y a la posterior interpretación de estas representaciones. Y sería por tanto la conjugación de estas dos dimensiones lo que le estaría dando significado al paisaje. De esta manera así definido, el paisaje es una construcción social que aparece como un fenómeno que será entendido diferenciadamente dependiendo de como varíe en las distintas sociedades, esa dimensión subjetiva. La interpretación de los sentidos es también una forma de interpretar el paisaje, y ambas se encuentran vinculadas a códigos que vamos aprendiendo en el transcurso de nuestra vida.

Si bien se reconoce la diversidad de interpretaciones posibles, gracias a la existencia de esa relación subjetiva, también es claro que existen ciertos patrones sociales y conductuales, dentro de nuestra cultura occidental, que nos llevan a significados comunes en esta relación. Uno ejemplo clásico sería la imagen fotográfica de una pareja cuyo inevitable telón de fondo es un paisaje playero con una magnifica puesta de sol, básicamente porque en nuestra concepción no existe otro paisaje más ideal para una escena tan romántica. Otro ejemplo corresponde a un domingo familiar idílico, esto es un picnic o un día de campo donde la familia reunida se traslada y se pone en contacto con la naturaleza, la imagen que se producirá sin embargo (en una fotografía o en una pintura), toma más de aquel paisaje que de los rostros familiares.

En la memoria quedará grabado aquel día domingo en que fueron todos a ese lugar especial. ¿Significará esto que cuando uno se vuelca hacia la naturaleza es capaz de enlazarse mejor con sus raíces (la familia)? ¿Es posible que la naturaleza, por medio del paisaje, nos sensibilice? Esas preguntas asociadas a los ejemplos antes dados, adquieren especial significado, no sólo porque aluden a imágenes que corresponden a construcciones culturales, sino que también porque ambos ejemplos están asociados a la naturaleza “no intervenida” por construcciones. Esto, de alguna u otra manera nos induce a entender al paisaje en una línea secuencial donde se integran – la belleza – la naturaleza – la paz – y la armonía, pero todas ellas traducidas en imagen. En este contexto la imagen es una representación de la construcción social, y es por esto, que la interpretación de las imágenes antes ejemplificadas nos es culturalmente común.

Es por ello que la interpretación trasciende los sentidos, y alcanza a las conductas y comportamientos de los individuos. Estos han asimilado lo percibido y los han cargado de valoraciones en base a los significados que durante toda su vida, es decir en la formación de su experiencia individual y colectiva (en términos societales), le han asignado a los diferentes objetos, sujetos, nociones e ideas que constituyen el mundo en que viven. De estas significaciones dependerán las conductas y los comportamientos de los individuos.  Estos significados se expresan a través de los más diversos lenguajes. Dentro de estos, y en lo que a noción de paisaje se refiere el arte de la pintura y posteriormente la fotografía han jugado un importante rol. Sin embargo el lenguaje hablado y escrito por medio de las palabras y también el lenguaje de los gestos, han igualmente posibilitado la comprensión de paisaje y por ello es posible, por ejemplo, caracterizar a un lugar como paisaje inhóspito, paisaje indómito, o paisaje urbano.

Para Simón Shama (1995), el paisaje sería una visión cargada de complejas observaciones, memorias, mitos y significados que surgen como una especie de respuesta para nuestros sentidos. Nuevamente en este caso estamos hablando de experiencias individuales y colectivas, de aquel domingo en el campo, que hace del campo un lugar placentero, de la puesta de sol en el mar como un lugar romántico, o de un bosque de araucarias como un lugar de paz y tranquilidad. El paisaje entendido de esta manera no puede ser acotado a “un algo” que esta afuera, en el medio exterior, sino que es una interpretación de lo que llevamos adentro, en nuestros sentidos cargados de experiencias y que somos capaces de representar por medio de diversos lenguajes. Los paisajes se construyen como interpretaciones de ese “algo” o de ese territorio objetivo, pero que ahora está cargado de subjetividad.

Hace varios años atrás, en una plática entre estudiantes surgió la pregunta de como sería un lugar que a uno le gustaría mucho, lo que entre estudiantes de geografía podría significar ¿Cómo sería tu paisaje favorito? Describí como lugar, la estructura y la forma que deja un volcán después de que ha hecho erupción y la lava corre como abriéndose camino. Para mí, expliqué, si uno se situaba arriba, podría contemplar como una especie de tobogán gigante, luego agregué que sobre eso, es decir el camino de lava seca y los alrededores, todo estaba cubierto de pasto completamente verde, y que yo estaba sentada sobre una camelia gigante en la parte de arriba del tobogán, mirando todo ese verde. Ese era mi paisaje. Esta respuesta resultó ser espontáneamente el simbolismo de la vida después de la devastación. Y si bien ese paisaje no existe, lo que hice fue realizar una construcción mental de una interpretación de algo que alguna vez ví, olí y toque, en base a como me sentía en ese momento. Ese paisaje, fue el resultado de mi propia construcción, de mi interpretación. Gracias al colaborador Pedro María Rodriguez por enviarnos esta interesante información.




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