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En el Perú, son muy pocos los lugares donde la arquitectura
colonial se ha fusionado con la arquitectura nativa en una suerte de amalgama
sui generis que, en complicidad con el sabio uso de materiales propios del
lugar, han resultado en un producto arquitectónico de singular valor. Rescatamos
aquí el uso de un material único en el planeta, conocido como la piedra sillar,
formada por las deposiciones de nubes piro-clásicas originadas por la actividad
volcánica que, hace miles de años, dejo la naturaleza en hondonadas y quebradas
en los alrededores del emplazamiento urbano que hoy ocupa la ciudad y que desde
hace cientos de años fue utilizado para edificar la arquitectura de la ciudad.
Esta piedra, de característica porosas, se ha convertido desde hace cientos de
años, en el principal material de construcción y que es característico de lo que
podríamos denominar como la arquitectura arequipeña tradicional. Como en ninguna
otra ciudad del Perú, en Arequipa el sillar es el principal protagonista de la
obra civil y que tiene, en sus casonas solariegas y sus principales edificios
religiosos, la representación mas autentica de una arquitectónica piroclásica o
de una arquitectura de origen eminentemente volcánica. Las canteras de sillar
han sido explotadas por el hombre arequipeño generando bloques de tamaños
variado y formas diversas, de acuerdo con las exigencias y especificaciones de
la volumetría y detalles ornamentales de las obras arquitectónicas proyectadas.
Desde sus orígenes, el sillar ha sido un material muy apreciado, especialmente
aquel de color rosado, un tanto más escaso que aquel de color blanco. Desde la
Catedral y el Monasterio de Santa Catalina, hasta los estribos de los puentes
que cruzan la vega del río Chili, principal curso hídrico que divide la ciudad
en dos partes, la arquitectura de la ciudad ha tomado forma y fama gracias a
este singular recurso natural.
Mas aun, el apelativo de “Ciudad Blanca” que ostenta Arequipa se debe a que, en
algún momento de su historia, la gran mayoría de edificaciones lucían orgullosas
el blanco sillar caravista, dando la impresión de una gran masa blanca impostada
en medio de un, hasta entonces, exuberante valle verde. Un contraste que,
lamentablemente, se ha desvanecido con el paso del tiempo. La arquitectura de la
Arequipa de antaño respondió también a las condiciones telúricas de este suelo,
rodeado de volcanes y cumbres nevadas. Los muros de sillería de las
edificaciones tienen anchos que oscilan entre los 50 y 90 centímetros, llegando,
en algunos casos, a superar los 120 centímetros en el caso de algunas iglesias.
La técnica constructiva original incluía el uso de morteros especiales a los que
se solía agregar claras de huevo, con la finalidad de incrementar las
capacidades de adherencia de las unidades de albañilería o sillares, los cuales
se utilizaron tanto en muros como en techos, éstos últimos con forma de bóvedas
de cañón, sobre las cuales se efectuaron rellenos de carga muerta aligerada,
para dar las pendientes necesarias para facilitar la evacuación de las aguas
pluviales, así como para contar con el peso necesario para mantener las bóvedas
bajo suficiente presión externa. De igual manera, las arquerías y las gradas de
las edificaciones fueron hechas también con sillar, demostrando que su uso era
muy variado, inclusive en algunos patios se puede apreciar el sillar como parte
del piso acabado, mezclado con piedras de río o canto rodado, en tramas de
damero, a manera de escaques de ajedrez. Hoy en día aun se sigue utilizando el
sillar, aunque las técnicas constructivas de antaño han dado paso a otras menos
sofisticadas y mas prácticas.
El sillar es vendido por los talladores en las
mismas canteras y su venta se hace en “tareas”, que son paquetes de 200 unidades
con dimensiones aproximadas de 50 x 30 x 20 cms y un peso aproximado de 45 kilos
por unidad. Al ser un material poroso, es bastante absorbente de humedad, por lo
cual el mortero tiene que ser trabajado de una manera muy especial, adicionando
cal y yeso, además de la arena y cemento. Su textura es muy rica y estéticamente
agradable, motivo por el cual muchas personas lo prefieren “al natural” o
caravista, aunque también puede ser estucado. Los muros de sillar pueden ser
pintados directamente sin previo estuque, simplemente impregnando una capa de
selladora antes de la pintura, aunque en muchos casos se recomienda utilizar
pinturas “traspirables” para permitir la exudación de humedad ambiental. Muchos
estanques y canales de regadito han sido construidos con sillar, destacando como
hecho singular que las piezas sumergidas se conservan mucho mejor que aquellas
otras que no están en contacto directo con el agua. Y de ser un material
exclusivo de la fina arquitectura arequipeña, en la actualidad el sillar es un
material “popular” y bastante económico, lo que ha motivado una emigración
arquitectónica, por cuanto dejo de ser utilizado por los sectores sociales
pudientes para convertirse hoy en el material mas utilizado en las viviendas de
los asentamientos humanos periféricos, conocidos localmente como “pueblos
jóvenes”. Aun así, en Arequipa los arequipeños, y especialmente los arquitectos
nativos, nos sentimos orgullosos en presentar al sillar como elemento típico de
nuestra arquitectónica volcánica y al cual invitamos a conocer personalmente a
nuestros colegas del mundo entero. Arequipa, la ciudad del sillar, los espera.
Autor: Arq. L. M. Huaco Z., MSc MLA, Email :
luismauriciohuaco@yahoo.com , Arequipa,
Perú. |