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Cultura urbana y pobreza.
Hace muchos años que la población dominicana pasó a ser mayoritariamente urbana,
dejando en los campos una población reducida, mayormente masculina, trabajando
en una producción agrícola creciente. Esos pocos que han quedado en el campo
alimentan una población numerosa que vive en las ciudades, la cual exhibe unas
tasas de crecimiento mayores. La migración rural alimentó este incremento
durante varias décadas. Pero actualmente no es esta la causa de su progresión,
pues esta dejó de ser significativa ante el crecimiento vegetativo de los
habitantes urbanos. Actualmente la mayor parte de nuestros niños dominicanos y
medio dominicanos ha nacido en las ciudades grandes. Nos enfrentamos a una gran
transformación de la cultura urbana, en especial de lo que los sociólogos y la
gente de izquierda de los años setenta llamaba “marginalidad urbana”. Se hace
necesario reenfocar el paradigma de la pobreza urbana y el modo de interacción
de los llamados “pobres” en el medio ambiente urbano.
Salga el lector una mañana temprana de domingo a pasear por nuestros denominados
barrios pobres, se sorprenderá de la cantidad de automóviles, no nuevos por
supuesto, estacionados en calles y callejones. Examine las fachadas de las casas
y notará que muchas tienen rejas, pero carecen de medidores de energía
eléctrica. Si puede otear el interior de algunas de estas viviendas, notará
equipos de audio capaces de lanzar al ambiente altos decibeles de sonido,
apoyados por un buen inversor. En las cocinas verá estufitas eléctricas y otras
de gas con sus pequeños y no tan pequeños cilindros, también lavadoras, abanicos
y variados electrodomésticos. En cada esquina encontrará un colmado surtido de
cervezas heladas y papitas, nachos y todo tipo de snacks. Observe entonces a los
pobladores y no verá abundantes caras desencajadas, pies descalzos, ropa raída o
niños con vientres hinchados. Lo que va a distinguir es una población
mayoritariamente femenina, contorneando sus curvas acentuadas y enfundadas en
“jeans” ajustados, prelavados, en cuyos bolsillos posteriores se adivina,
furtiva, la silueta de un teléfono celular. La pobreza predomina en los
materiales de construcción, pero lentamente se van sustituyendo las paredes de
madera por bloques y los techos de zinc por concreto. Ah, y los pisos de cemento
los pone el INVI. No se trata aquí de sugerir que la pobreza no existe, pero el
problema es más profundo. Lo penoso es que a muchos de nuestros políticos les
conviene que exista pobreza para justificar su desfasado discurso, su propaganda
barata y sus métodos populistas. Que la mayoría sea, se crea o al menos se
sienta pobre.
Cabe formular ahora una pregunta de doble vía: ¿somos pobres porque no tenemos
dinero? ¿O será que no tenemos dinero porque somos pobres? La pobreza parece ser
más bien un estado mental de actitud ante la vida o un modo especial de
interacción con el medio urbano. No vengamos ahora con el cliché de que la falta
de educación es la causa. Entendida esta como la educación clásica, donde ser
“culto” es leer autores de vanguardia, tener “laptop” e internet flash e ideas
que suenen de izquierda o mejor de ambientalista moderado. La cultura, en
estricto sentido antropológico se define como el modo de interactuar con el
medio ambiente. Entendiéndose además que los humanos cercanos: familiares,
vecinos, autoridades, instituciones, leyes y costumbres, formamos parte de este.
Mientras tanto, los dominicanos, todo lo que nos ganamos, “nos lo tiramos
encima” Por eso, si queremos cerrar ciertas brechas, conviene que nos revisemos…
todos. Colaborado por: Rocio Isabel Jimenez,
Republica Dominicana. |