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Así, por principio de cuentas, llamaremos al archivo de
nuestra memoria y traeremos la imagen de aquellas estructuras con las que de
alguna manera: hemos estado conectados, relativas ala tradición popular,
encontrando que representan el mejor testimonio de nuestro pasado en razón de
contener una expresión que refleja sus circunstancias de origen, consonantes con
el paisaje sobre el que se desplantan, en donde el mezquite señorea hasta lindar
con el horizonte sirviendo de marco incomparable para nuestra arquitectura
popular.
Arquitectura volumétrica, austera, que se
engalana únicamente con los efectos de luz y sombra que juegan a las escondidas
entre su sencilla geometría; estructuras de adobe, de sillar o de laja, que
manifiestan su sobriedad y carácter, apoyadas en el fin útil que las motiva y
resueltas mediante los recursos materiales de su perímetro inmediato, siendo así
que tales edificios involucran formas y volúmenes, destacando entre éstos la
figura de los hogares y chimeneas cuyo perfil resalta contra el cielo de la
llanura. El hogar y la chimenea tienen una particular situación en el edifico,
cuando en estos existe la necesidad de conservar el fuego y controlar los gases
derivados de la combustión. El fuego, en términos de herramienta, ha sido
controlado desde épocas tempranas de la humanidad como el paleolítico inferior.
Sin embargo, los estados culturales no corresponden proporcionalmente a la
escala del tiempo. Así, puede observarse cómo en épocas recientes se hacía aun
tal uso del fuego en el noreste mexicano, que evidencia el perfil de los
Pobladores autóctonos; tales evidencias se reconocen por el agrupamiento más o
menos abundante de chimeneas, hogares formados por un círculo de piedras
ennegrecidas y agrietadas por el fuego, tienen un diámetro que varía entre
cincuenta centímetros y un metro, en su centro se encuentra una gruesa capa de
cenizas, a veces trozos de carbones que no se consumieron por completo, por su
parte, Alonso de León, al referirse a las viviendas temporales de los nómadas
árido americanos, nos relata que "tienen de ordinario lumbre, no tanta que les
obligue a salir del bajío ni tan poca que el invierno les cause frío, es más, la
tienen por costumbre que por necesidad de luz, pues a ellos lo propio es estar a
oscuras que llenos de humo"; se infiere que tales chozas o refugios carecían de
salida para el escape de humos. En cuanto a la vivienda
permanente, la chimenea destaca llegando al extremo de ser el único elemento
claramente distinguible tal cual ocurre con el caso de Guádix, un asentamiento
de gitanos al pie de la Sierra Nevada en el sur de España y en donde a la
distancia, el pueblo resulta sólo vagamente identificable por las entradas y las
chimeneas de las casas acentuadas por el encalado. En los casos de referencia,
el asunto ha sido resuelto a través de un proceso espontáneo, un proceso
espiritual que llega al conocimiento mismo antes que al objeto del conocimiento,
dando lugar a una forma arquitectónica que maneja instintivamente la estética,
es decir, sin recurrir a una teoría de la realidad o la naturaleza, sino de una
realidad en sí que el artista percibe desde un particular momento del tiempo, en
donde la formulación previa de per se, está presente fundamentada en fa
experiencia que se transmite generacionalmente, produciendo el conocimiento
secular en que se soporta, condicionado por la manera de hacer las cosas según
patrones derivados del perfil cultural y que, en cuanto al uso del fuego para la
preparación de alimentos, Rapoport señala la existencia de un numero variado de
exigencias específicas cuyo proceso afecta a la forma de la casa en grado sumo. (Articulo enviado por:
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