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Del sitio y la gente nace la
arquitectura. Así, observar el medio físico del San Marcos, en
Victoria, con sus riberas bordeadas de palmeras y pita hayas cuando íbamos a
chapotear en sus pozas, lo contrastamos con los taludes ocres y verticales,
erosionados; del Arroyo del Pueblo en Saltillo, cuando lo cruzábamos en la
camioneta de Adolfo para ir a su rancho. La planicie costera de Tamaulipas y los
solares plantados con mangos y granadas en Victoria. El Diecisiete, con su
camellón adornado por los framboyanes de anaranjada floración. Calor húmedo y
resolano que acentúan la figura de la Sierra Gorda allá en Tamatán. El altiplano
en Coahuila, la Sierra de Zapalinamé y el cañón de los Chorros. Saltillo, con
sus huertas de nísperos y membrillos. Pan de pulque. Bardas de adobe que se
cimbran al tañer las campanas del Santuario. Clima frío y cielo muy azul, que
enmarca al perfil de Zaragoza, en la alameda ya centenaria. Lugares indelebles
para nuestro registró personal y que a su vez nos apoyan para comentar las
características fisonómicas de los edificios vernáculos del noroeste.
Características derivadas de una rutina intemporal y atemperante que, en cuanto
al lugar para residir, resulta de un proceso total que acumula y ordena las
experiencias produciendo finalmente al hecho por sí mismo, espontáneamente, más
que el hecho conceptual izado a priori. Asunto que Alexander resume diciendo que
se trata de un proceso que extrae orden sólo de nosotros mismos, sin un método
externo que pueda Imponerse a las cosas ya través del cual, el orden de un
edificio o de una ciudad, surge directamente de la naturaleza interna de la
gente, los animales y las plantas y materiales que los componen.
Cosas obvias, aparentemente. Es así que hablar de nuestra
arquitectura vernácula regional, es hablar de sus agentes causales y que una vez
constituida, contendrá las características del venustas-utilitas-firmitas/
vitrubiano, independientemente de la manera bajo la cual se produce e
indistintamente de su origen anónimo. Tendremos a la cultura en cuanta
proveedora de las caracterrstic8s de los espacios en razón de unos patrones
funcionales derivados de las costumbres y el sitio en cuanto proveedor de
materiales cuyas propiedades obligarán a una forma estructural específica. Por
principio de cuentas, veamos somera mente al medio físico norestense. Medio que
mantiene cierto grado de unidad en lo general, diferenciándose en lo particular
en razón de la altitud y fa presencia de un masivo sistema orográfico que
evoluciona con rumbo sureste-noroeste. La sierra se formó durante el Cretácico,
produciendo una serie de levantamientos, en tanto que la llanura costera emergió
de mares poco profundos simultáneamente a la, formación de estratos
sedimentarios depositados sobre la misma, cuestión que nos permite observar un
variado menú de fósiles marinos como ocurre en el cañón de Icamole. La sierra, a
su vez, actúa como gigantesco reflector para con los vientos alisios del Golfo.
Las regiones resultantes de tal orogenia, son las llanuras y lomeríos de Nuevo
León y Tamaulipas, región que a, partir de la sierra desciende hacia el golfo.
Su clima es seco estepario caliente; que se modifica en la región costera y en
el barlovento de la sierra, Flora consistente en monte bajo y espinoso,
pastizales, predominando los huizaches, los mezquites y la anacahuita. La
montaña mantiene profusas zonas boscosas de coníferas yencinares en su vertiente
oriental, en tanto que a sotavento, crecen únicamente matorrales desérticos y,
excepcionalmente, algunos grupos de sufridos pinares, como el que en forma de
copete corona a la sierra de Nacatáz. (Articulo enviado por:
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