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La casa del hombre. Nada
ha desplegado secularmente el hombre tantos y tan prolongados esfuerzos como
para procurarse una habitación adecuada. No se trata tan sólo de una necesidad
impuesta por la presión de una naturaleza hostil o de una "adaptación no
biológica", sino también del atan o la urgencia de acotar un espacio propio en
su hábitat. Ambos aspectos -el de protección y el de apropiación de un espacio-
están presentes en toda vivienda humana y son, en realidad, complementarios. La
casa protege la vida del hombre resguardándolo de las inclemencias del tiempo:
es el hogar, el fuego perpetuamente vivo, generación tras generación. Pero no se
trata de una protección estrictamente biológica: la afirmación de su ser frente
a la naturaleza, el reino de su personalidad; sino principalmente como
proyección esencial de sí mismo en su relación con el mundo. Se ha comparado la
casa a una segunda piel aludiendo con ello, por supuesto, a la idea de una
envoltura protectora, pero asimismo a ese papel fundamental que la piel
desempeña en los intercambios del hombre con la naturaleza, que posibilitan la
vida, ya esa idea de proyección externa del ser humano. El hombre ha construido
y construye sobre codo viviendas, pobres viviendas, que sobre un mismo solar se
han ido alzando y demoliendo decenas y decenas de veces, Casas que durante
siglos, hasta fechas relativamente recientes, se han repetido en formas
prácticamente idénticas y que todavía hoy en muchas zonas del planeta no son
distintas de las que allí mismo se construían hace miles de años. No son obras
de arte en sentido propio, sino el fruto de una labor artesanal, pero
constituyen una parte fundamental de la historia de la arquitectura e inclusive
la condición de posibilidad de que la arquitectura haya podido desarrollarse
también como un arte, ya que, si algo se desprende de la historia del arte
arquitectónico, es la vinculación de sus logros más espectaculares a esas otras
modestas realizaciones que el arte no reconoce como suyas, pero a través de las
cuales se ensayaron técnicas, materiales y aun formas.
Lo primero que llama la atención de la vivienda humana es su
extraordinaria adaptación al medio en que se construye. La sociedad
contemporánea cuenta entre sus logros con el de haber hallado fórmulas de
propiedad urbana prácticamente desconocidas en el pasado. En punto y grado tal
que lo que hoy entendemos por vivienda en las grandes urbes no es comúnmente la
casa sino el piso y. en él, el apartamento porque en la mayoría de los casos el
suelo urbano, con los servicios que como tal lo configuran no está al alcance de
las economías modestas y medias y se hace preciso aprovecharlo al máximo
amontonando sobre él viviendas en altura. Y se da así la paradoja de que cuando
la vivienda humana parece haber perdido muchas de sus características esenciales
entre ellas sobre todo, la de implicar una posesión de la tierra. Los edificios
en que se multiplica son hoy, en muchos casos, la vanguardia del arte
arquitectónico; hoy la historia de ésta se está escribiendo día a día,
básicamente, con las viviendas de los hombres: modestas aún pero reunidas a
veces en verdaderas obras de arte. (Articulo enviado por:
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