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En definitiva, podemos hablar de una Percepción Significante, como experiencia
originaria de la ciudad, donde la percepción sería el puente entre el sujeto y
la realidad construída (ciudad) .
Se puede decir que la percepción significante y la construcción “mental” de la
ciudad sigue las pautas de un proceso simbólico-semiótico, con la indispensable
participación activa del ciudadano a través de su transmutación por diferentes
estados o figuras simbólicas: en un principio el ciudadano actuaría como un
lector, leyendo en su itinerario cotidiano la escritura de la ciudad,
configurando un lenguaje personal para descifrar lo que encuentra. Después
actuaría como escritor. interiorizando sus percepciones y proyectando sus
imágenes mentales sobre la ciudad, iniciando una búsqueda consciente de
respuestas, encontrando su propia ciudad.
Es por tanto que la ciudad se presenta como conciencia arquitectónica que se va
construyendo a lo largo de la vida del ciudadano.
Las ciudades son un conjunto de muchas cosas: memorias, deseos, signos de un
lenguaje; son lugares de trueque, como explican todos los libros de historia de
la economía, pero estos trueques no lo son solo de mercancías, son también
trueques de palabras, de deseos, de recuerdos” (Calvino 1972: p.15).
La génesis de la ciudad se desarrolla en el contexto de un proceso poiético,
atravesando un laberinto entre imaginación, sensación y conocimiento.
Hablar de la imagen poética de la ciudad sería hablar del ser propio de la
ciudad, partiendo de la variabilidad en las percepciones del ciudadano (que es,
a mi entender lo que Gastón Bachelard llamaba transubjetividad de la imagen):
“Solo la fenomenología –es decir la consideración del surgir de la imagen en una
conciencia individual- puede ayudarnos a restituir la subjetividad de las
imágenes y a medir la amplitud, la fuerza, el sentido de la transubjetividad de
la imagen. La imagen poética es esencialmente variable. No es, como el concepto
constitutiva” (Bachelard 1988: p.10).
El lugar está definido por Aristóteles como “la primera envolvente inmóvil,
abrigando cuerpos que pueden desplazarse y emplazarse en él” (Aristóteles citado
por Muntañola 2000: p.12). Podemos decir entonces que el lugar es el contenedor
del hombre y su historia, distinto aunque no obstante en resonancia con su
contenido. La ciudad como lugar que “agrupa y exterioriza la forma con que
agrupa al hombre” ( Muntañola Thornberg 2000: p.12), permite al individuo
recorrer su historia y a la vez permite a la historia situar al individuo. La
ciudad se establece como vehículo entre la historia y el sujeto, el material
base sobre el que el individuo se expresa, “el medio expresivo, el sueño
construido o constructible” (Muntañola Thornberg 2000: p.19). El individuo se
reconoce íntimamente con el lugar a través de su historia, cuando esta razón se
rompe, el ciudadano se encuentra desorientado y “el lugar se vuelve
insignificante, difuso, confuso, y en el límite, se confunde con la muerte, la
cual no atiende a razones” (Muntañola 2000: p.17).
La Fenomenología de la Percepción de Maurice Merleau-Ponty, propone al individuo
como cuerpo sujeto, como mediador activo entre el sí mismo y el mundo. El cuerpo
es, un modo de acceder al mundo y a la vez un modo de surgimiento del mundo:
“Desde el momento en que mi ser está abierto al mundo, polarizado hacia él, y
las cosas no son en sí, sino realidades para mí, la percepción externa no será
otra cosa que el momento en que esa realidad se abre a la mirada de mi
subjetividad encarnada y orientada hacia el mundo” (Merleau-Ponty 1969:
p.275-276).
El ciudadano como centro de nuestra investigación es el vehículo que proporciona
la misma percepción; percepción que estaría en relación con el conocimiento y la
sensibilidad (Véase Esquema 1), y que se elevaría como experiencia originaria de
la ciudad.
De esta manera, la percepción radicaría en el reconocimiento, más allá del medio
actual, de un mundo de cosas visibles para cada uno de nosotros bajo una
pluralidad de aspectos. La ciudad percibida se hallaría entramada en nuestra
historia personal, pues sería la ciudad tal como nosotros la vemos, un momento
de nuestra historia individual. Por lo que, la ciudad no sería una realidad en
sí, sino para nosotros, teniendo en cuenta que “la cosa no puede ser jamás
separada de aquel que la percibe, no puede ser jamás efectivamente en sí, porque
sus articulaciones son las mismas que las de nuestra existencia y se pone al
principio de una mirada o al término de una explosión sensorial que la inviste
de humanidad” (Merleau-Ponty 1969: p.370). Esto según Merleau-Ponty sería
únicamente posible partiendo de un sujeto comprometido y no de una conciencia de
testigo.
La ciudad, como objeto de nuestra percepción, posee una naturaleza ambigua,
participando de la ambigüedad de la misma existencia humana en cuya historia
está inserta.
De esta manera, la realidad sería la base o la matriz generadora de todas las
poéticas de la ciudad, estableciendo una unión certera entre arte y
conocimiento. El ciudadano partiendo de su subjetiva sensibilidad actuaría como
catalizador de los procesos de creación y re-creación de la ciudad, puesto que
como hemos dicho anteriormente la percepción activa consistiría en el
reconocimiento de la realidad visible para cada uno de nosotros. Como
consecuencia, se generaría una poiética que no se reduciría a la mera producción
de un entorno-receptáculo de los intereses del ciudadano, sino que se trataría
del aprendizaje de una actitud “artístico-creativa” que conduciría a una
re-interpretación de la ciudad ya existente, para volver a descubrirla y
re-construirla.
En definitiva, podemos hablar de una Percepción Significante, como experiencia
originaria de la ciudad, donde se hace necesaria la presencia de tres elementos
(Véase Esquema 1):
1° La Realidad Construida: Una realidad que no es en sí, sino que depende del
sujeto que la percibe, pues forma parte de su historia y actúa como lugar que
envuelve y agrupa al hombre, desde donde el ciudadano pone en funcionamiento un
proceso sensitivo.
2° La Sensibilidad: Actúan como vehículos y puentes entre la realidad exterior y
la realidad interior del ciudadano. Es la base para el conocimiento y la
creación de una ontología de la ciudad.
3° El Conocimiento: el ciudadano a través de un proceso cognitivo, recoge la
información necesaria aportada pos sus sentidos para elaborar imágenes, mapas
mentales de la ciudad, una poética personal y subjetiva de la ciudad. En este
punto el ciudadano revierte el proceso de aprehensión para traducirlo en
construcción, que a través de procesos artístico-creativos plasmará de nuevo en
la Realidad Construida.
Al percibir el sujeto la ciudad como un conjunto de estructuras significativas,
la percepción se convierte en una auténtica comunicación entre habitante y
ciudad. Como resultado de esta consideración aportamos dos figuras simbólicas
que aparecen como actitudes del individuo-habitante de la ciudad, como alentador
de rastreos, y cazador de trazas de invisibilidad que afloran a la superficie a
través de mecanismos mentales que intentaremos descubrir. Podríamos decir que la
percepción significante y la construcción “mental” de la ciudad sigue las pautas
de un proceso simbólico-semiótico, con la participación activa del ciudadano a
través de su transmutación en dos estados diferentes o figuras simbólicas:
1° Ciudadano-lector de la ciudad. ° Ciudadano-escritor de la ciudad
Primer estado: CIUDADANO-LECTOR
El ciudadano puede encontrar a la ciudad como encuentra a una persona. La ciudad
tiene una fuerza poética, una capacidad para personificar ese encuentro, en la
profundidad de sus lugares, que son los lugares del hombre, construidos por el
hombre, donde se aglutinan sus historias, quedando incrustadas entre rincones y
paredes.
“En cada instante hay más de lo que la vista puede ver, más de lo que el oído
puede oír, un escenario o un panorama que aguarda ser explorado” ( Lynch 1974:
p.9); el ciudadano, como un lector, va leyendo en su itinerario cotidiano la
escritura de la ciudad, “ve lo que está escrito” (Belpoti 1997: p.40); pero ver,
significa percibir las diferencias y discontinuidades del espacio; ver significa
distinguir lo visible y lo invisible en lo que le rodea. Su paseo trasciende los
modos de lo anecdótico, para convertirse en el método, metáfora de la forma
misma de la experiencia de lo real. “El paseo establece unos modos específicos
de relación entre el recuerdo, la atención y la imaginación. El paseante busca
el encuentro con un presente que le ofrezca su rostro, es un cazador de rostros,
como de otros tantos mundos posibles, como de otras tantas posibilidades del
mundo” (Morey 1999: p.95,101).
El que ha aprendido a leer, pasa de la imágenes de los elementos construidos y
trazados en la ciudad, a las imágenes en su imaginación misma; entonces “el
mundo se le manifiesta como experiencia espacial, codificada mediante las
formas, el color, el valor, la dimensión, la dirección, la textura, la posición,
que constituyen los subsistemas del conjunto espacio” (Belpoti 1997: p.43). El
lector de la ciudad, configura un lenguaje personal para descifrar lo que
encuentra. A pesar de la hegemonía de la visión y la retina en la percepción de la ciudad,
cada experiencia significativa es multisensorial. “Cualidades como la materia,
el espacio y la escala se miden por medio del ojo, el oído, la nariz, la piel,
la lengua, el esqueleto y los músculos. Normalmente no nos damos cuenta de que
un elemento inconsciente del tacto está irremediablemente reflejado en la
visión; cuando miramos el ojo toca, e incluso antes de mirar un objeto ya lo
hemos tocado” (Pallasmaa 2001: p.34). Los sonidos, los olores, los sabores, los
cambios de temperatura,... sirven para registrar el mundo. Los olores nos hablan
del lugar donde nos encontramos –el olor de una panadería cercana, o de los
excrementos en los callejones..-, los sonidos nos dictan el tamaño de un espacio
(la distancia que hay entre tú y el emisor) –los ladridos lejanos de un perro,
la propia voz en los interiores, el ruido de los pasos sobre diferentes
pavimentos...-, el tacto de las cosas te habla del material y del ambiente –la
temperatura de un vidrio, la rugosidad de una pared de piedra...-, el sol en la
cara, la humedad al respirar,... todos los sentidos se concatenan y relacionan,
traspasando nuestros esquemas mentales y ofreciendo nuevas experiencias,
haciendo que nuestra vivencia de la ciudad sea exclusiva e individual, pues “la
percepción del mundo es la única maravilla distinta para cada uno de nosotros, y
aquella de la que seguramente somos menos conscientes” (Zarraluki 2000: p.143).
En 1890 Bernand Berenson sugirió que cuando se experimenta una obra artística,
imaginamos un encuentro físico a través de sensaciones ideadas a las que llamó
valores táctiles; la ciudad evocaría en el ciudadano esas sensaciones ideadas,
haciendo que su experiencia urbana, del mundo y de él mismo, sea más intensa. La
percepción genuina de la ciudad sería una percepción artística de la ciudad, y
dependería de la visión periférica anticipada y transformadora de las imágenes
en un compromiso corporal y espacial que impulsaría a la participación.
Segundo estado: CIUDADANO-ESCRITOR
La ciudad no es capturada solamente por los sentidos, sino que se interioriza e
identifica con nuestro propio cuerpo y con nuestra experiencia existencial. El
habitante interioriza sus percepciones revirtiendo el proceso y proyectando sus
imágenes mentales sobre la ciudad, identificándola con su propio cuerpo e
identidad existencial.
El ciudadano revierte el proceso y proyecta sus imágenes mentales sobre la
ciudad, realizando por tanto un acto creativo, “pues es en el trabajo creativo,
donde el artista participa directamente con su experiencia existencial y
corporal antes que con un planteamiento exterior lógico” (Pallasmaa 2001: p.37).
La ciudad se va trazando, escribiendo, siguiendo la historia y las historias de
sus habitantes, materializando las imágenes de su imaginación: personas, cosas,
paisajes, situaciones,... registrándolas entre sus elementos, espacios y
lugares, para después evocarlas con una simple mirada del habitante.
El ciudadano-artista interioriza las percepciones-sensaciones del entorno,
relacionándolas a los lugares, y estableciendo conexiones entre el medio físico
y sus sentimientos y recuerdos; le da significado a esos lugares, a los rincones
de la ciudad, al mundo; les da nombre . En su memoria realiza una especie de
registro acumulando datos y ordenándolos en el mapa conceptual que realiza de la
ciudad. La ciudad se convierte pues, en un fondo que actúa como soporte de las
actividades y percepciones urbanas, manteniéndose como el arte, suspendido entre
la certeza y la incertidumbre, la fe y la duda.
La ciudad absorbe la memoria de estas historias y las hace suyas, fabrica su
propia memoria, de la que el ciudadano es partícipe y va revelando cada día
siguiendo sus propias huellas, redescubriendo sus propios recuerdos, y añadiendo
otros nuevos.
Pero el ciudadano, “está siempre a la caza de algo escondido o solo potencial e
hipotético, y sigue sus trazas que afloran a la superficie” (Calvino 1989 citado
por Calvo Montoro 1998: p.92). Entre las infinitas formas de la ciudad, busca la
que tiene un significado particular para él; a diferencia del ciudadano-lector,
ahora el habitante realiza una búsqueda consciente de respuestas. En este
sentido la ciudad invisible que rastrea es más real de lo que parece, pues
aunque parezca que estas ciudades invisibles “son obra de la mente o del azar,
ni la una ni el otro bastan para mantener en pie sus muros” (Calvino 1972:
p.58). Es entonces cuando nos damos cuenta que su materialización coincide con
la respuesta a una pregunta nuestra.
Se produce pues, una común unión entre el hombre y la ciudad. El habitante
encuentra el lazo umbilical que le conecta a la ciudad, el hilo que enlaza los
elementos secretos de su ciudad, la norma interna, el discurso que la dirige;
descubriendo el acertijo de su ciudad, que escondía un deseo o un temor: la
verdadera ciudad.
“Cada hombre, cada individuo ha podido vivir su propia historia en el corazón de
la ciudad. A lo largo de sus itinerarios, de sus paseos...” (Augé 1998: p.240).
Pero el ciudadano siempre estuvo escribiendo la ciudad, es más, permanece
escribiendo la ciudad constantemente; y cuando toma plena conciencia de su
ciudadanía, la invisibilidad de la ciudad se le revela.
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ZARRALUKI, Pedro., “La Ciudad Invisible”. Quaderns. N° 219. pp. 140-145.
Enviado por: Maria Nolasco M. Autor:
Silvia Lopez Rodriguez
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