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Al verlas me dijo: "Están muy bien, pero las búsquedas
en este momento están en otra dirección". Yo estaba exponiendo "Las máquinas",
obras gestuales de gran colorido. Ya para esa fecha el maestro Carlos Cruz Diez
andaba profundizando sus búsquedas en los colores y en el cinetismo. Yo conocía
algo de su obra; unos niños esqueléticos, en un cerro de Caracas elevando
cometas, y rodeados de ranchos y, así, uno que otro dibujo en algunas revistas,
pero su nueva obra no la conocía. Los meses pasaron, y de repente ya estoy en
París, y si bien recuerdo fui con un amigo a su taller, que si la memoria no me
engaña estaba cerca de la Bastilla. Pero pienso que antes de llegar, tendría que
darme un paseo por la evolución de sus búsquedas. Nace en Caracas el 17 de
agosto de 1923. Estudia en la Escuela Cristóbal Rojas de Caracas. Trabaja como
diseñador gráfico, director artístico la agencia Mc Can Erickson. Estudia,
aprende, viaja. Su pintura para esos años es de temática social, trabaja en
diferentes diarios y revistas, entre ellas "El Tricolor", El Nacional y otros.
En 1955-1956 viaja a París y Barcelona (España). Ya el arte cinético y el arte
geométrico eran la vanguardia; en París y parte de Europa se sorprendían de las
obras de estos artistas la mayor parte extranjeros y sobre todo argentinos y
venezolanos, entre ellos su amigo el maestro Jesús Rafael Soto, que abrían
nuevos caminos en el arte. En alguna de ellas, el movimiento virtual o real era
logrado por el viento, la electricidad o el desplazamiento del espectador. Es en
ese momento que el maestro Carlos Cruz Diez llega a París. Las búsquedas están
orientadas a las síntesis de las artes, formas geométricas que se pasean en
medios de reflejos, sombras y luces. Los elementos extrapictóricos llenan el
universo de los artistas; el color y el movimiento son los actores principales.
Carlos Cruz Diez, estudia, analiza las teorías científicas del color, la Bauhaus,
el Stijl. Pienso que para él no era nada nuevo, ya que como diseñador gráfico,
conocía muy bien estas técnicas; conocía la trama, los puntos y la mezcla de
cian, azul y rojo, el proceso de fotograbado, fotografías, sabía cómo se
comportaban en una impresión de un afiche o de una revista. Con indecisiones si
se va o se queda regresa a Venezuela e instala su propio taller "Estudios de
Artes Visuales".
Los puntillistas o divisionistas (1886) trabajaron con la edición de puntos de
colores, donde la retina o mejor dicho el cerebro se ocupa de mezclar los
colores; para eso utilizaron, el lienzo, el oleo y el pincel, las teorías de
Chevreul estaban presentes. Y casi un siglo después un venezolano va a comenzar
a desarrollar sus creaciones. Ahora es profesor de la escuela de artes y en el
59 creó su primera fisicromía y en el 60 llega a París para quedarse y comienzan
a participar en diferentes exposiciones por el mundo. En abril de 1966, el GRAV,
sacude a los franceses en las calles con sus obras participativas. Pero,
lleguemos al taller cerca de la Bastilla, si bien recuerdo era como a 200 metros
de ese gran símbolo. Ahí, estaba él con su esposa Mirta (desaparecida
recientemente) y si hablamos de trabajo, de búsquedas, de estudio, tenemos que
hablar de ese gran amor, que el maestro Carlos Cruz Diez, su esposa y sus tres
hijos: Carlos, Jorge y Adriana, construyeron como una gran fisicromía, con
colores y formas llena de todas las combinaciones cromáticas y de amor. Se fue
su esposa dejándolo, con sus hijos, sus colores, sus obras, sus maquetas... Yo
compartí muchas veces con ellos, tardes llenas de risas, colores y afectos de
amistad.
Esa tarde, me habló de sus fisicromías. Era a finales del año 1967 y yo andaba
nutriéndome por los talleres. El maestro Carlos Cruz Diez me explicó, como hacía
su obra y los conceptos que respaldaban sus creaciones. Me habló de lo que era
color aditivo, sustractivo, reflexivo; de luz coloreada, de desplazamientos del
espectador. Para esa fecha el maestro Cruz Diez, utilizaba cartón y madera,
después evolucionó a materiales más modernos, plexiglás, metal, aluminio y salí
contento de ese lugar, donde un alquimista moderno trataba de encontrar no la
piedra filosofal, sino de esa cantera de colores, de formas, de movimientos, que
comenzarían a ser mostradas por el mundo entero. Investigador incansable,
artista por antonomasia, artista emblemático; el maestro Carlos Cruz Diez,
siempre dispuesto a orientar, ayudar a muchos artistas que han encontrado en él,
un amigo, un maestro. A veces yo pasaba por su taller en busca de ideas para
construir máquinas, que yo necesitaba para mi taller y él muy gentilmente me
ayudaba a encontrar la solución. Otro día pasé a llevarle un obsequió de unas
pequeñas serigrafías de mis trabajos, se alegró mucho e inmediatamente me dio
una serigrafía dedicada.
En los últimos años lo he visto poco, y hace tiempo en Tovar, Mérida (2000) lo
vi y me dijo: ÀDónde te has metido? Y me invitó a su taller en Bailadores, esa
noche de mucho frío y de neblina. La obra había cambiado a través de los años.
Había materiales, como siempre, plexiglas, metales, tornillos y sobre todo,
cuadros, serigrafías, maquetas, proyectos. Me mostró algunas fisicromías que
contrastaban con el gris de la neblina que estaba afuera acariciando las
montañas. Ahí, y después de tantos años de mi primera visita a su taller en
París, volví a sentir y apreciar los colores aditivos, sustractivos, y
reflexivos. Fui en compañía de ese gran amigo, de ese gran protector de artistas
y gran coleccionista, como lo es Iván Vivas. Después de compartir con el maestro
Carlos Cruz Diez, su esposa y otros artistas y una sabrosa comida preparada por
Jorge, su hijo. Regresamos a la casa de Iván, Gerardo Escalona, César Andrade y
dormimos en medio de obras de arte. Había neblina, pero mi pupila impregnada de
tantas armonías lo único que veía eran combinaciones de colores que contrastaban
en la noche helada de esas montañas andinas. Hoy, hace calor, tan igual como el
día y que yo conocí al maestro Carlos Cruz Diez en Valencia, a uno de los
grandes creadores del arte universal.
¿Entonces, nos tomamos un cafecito? Es así, como me decía el maestro Cruz Diez,
e íbamos a un café en la equina de la Rue Piere Semard, siempre que yo iba a
visitarle. Se había convertido en un ritual. Esos rituales que hace que nos
unamos a personas y que formemos circuitos de amistad, y me quedo pensando en su
taller antigua carnicería que tiene el símbolo del caballo. Las paredes pintadas
de rojo; pero, ahí ahora, no se vende carne de caballo. Pero, se encuentra en
ese espacio: máquinas, plásticos, pinturas, tornillos, pinceles, ordenados de
tal manera que nunca se pierde tiempo en buscarlos. En este espacio ahora hay,
un creador que se dedica a crear bellas fisicromías, cromosaturaciones, y
serigrafías, orgullo de todos los venezolanos. Quiero decir que hay muchas obras
del maestro Carlos Cruz Diez que necesitan restauración, de las obras urbanas
que están en Caracas y para finalizar... quién pase por el 23, Rue Pierre Semard,
en París pensara que es una carnicería, pero, ahí, ahora, se hace Arte... hasta
pronto maestro. Aut
Autor original del artículo: Esteban Castillo
Email de contacto: estebancastil26@hotmail.com
Pais: Venezuela
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