|
Eclecticismo
y vanguardia; Europa. El redescubrimiento de la historia como
ingrediente necesario en el proceso de proyectar, ha sido en los últimos años el
más claro síntoma del fin del vanguardismo como actitud. Hablar hoy del final de
la vanguardia es casi un lugar común. Críticos, historiadores y filósofos del
arte vuelven una y otra vez sobre la cuestión, precisamente como primera
constatación de la crisis actual de las artes plásticas, en la que la
arquitectura corre una suerte pareja a la de otros campos de producción formal.
El vanguardismo significa, ante todo, una actitud de rechazo, de crítica a los
procedimientos que han adquirido una vigencia a través de un determinado
consenso social, de subversión de los lenguajes que han obtenido una difusión
amplia y estable. Pero, por otra parte significa proponer lo nuevo como
horizonte al cual hay que dirigir el consenso y la aceptación colectiva, como
camino para una mayor racionalidad, una mayor eficacia , una mayor gratificación
estética. Se trata de un propósito único por el cual la dimensión crítica se
justifica en el objetivo de un nuevo orden estético y en definitiva social. La
dialéctica de la vanguardia es siempre dialéctica entre ruptura y construcción,
entre momento crítico y momento positivo ante la realidad de los lenguajes
establecidos.
Sin embargo, la actitud de vanguardia pierde finalmente su eficacia critica al
asumirse, aunque solo sea en parte, en sus propuestas. Este es hoy el aspecto
más visible del final de la vanguardia arquitectónica de la década del 1920. No
puede negarse que , aunque algunos historiadores insistan en que esas no eran
ciudades propuestas por aquella vanguardia ni esos los métodos del proyecto
formulados entonces al compararlos con la triste realidad actual. Lo cierto es
que, si contemplamos sin prejuicios estos cincuenta años de historia, aparte de
algunas ‘’traiciones00 a los propósitos del movimiento moderno, esto es lo que
mas encontramos en su difusión, su asimilación, incluso su condición de
reorganizadores de los cambios sociales en el ámbito de la cultura formal.
Actualmente la critica radical pone de manifiesto el equivoco de la utopía
vanguardista que no seria realmente otra cosa que la ideología que justificara
un proceso de racionalización que el capitalismo avanzado dispondría con el fin
de desarrollar la reorganización que asegurase su supervivencia. En este
sentido, la condición de vanguardia queda negada desde el momento en que su
carácter de alternativa global es una ficción, un fantasma ideológico que
recubre su función real consistente justamente, en lo contrario: en la misma
supervivencia o continuidad de lo mismo.
Pero hay un segundo aspecto de esta crítica radical que afectaría también a la
fiabilidad de los propósitos del vanguardismo y que constituiría su carácter
marginal. Contrariamente a lo que panfletos y manifiestos vanguardistas tienen a
hacernos creer, es decir , que su acción se encamina hacia el centro de los
problemas con un horizonte de incidencia altamente eficaz por lo certero de su
diagnostico, lo que cierta critica nos mostraría es el carácter innocuo de sus
acciones. En el campo de la cultura, la sociedad establecida había habilitado
una suerte de reserva para los que no integrados, en la que admitiría toda clase
de actitudes críticas e incluso agresivas. |