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Arquitectura
integrada en el ambiente. Las ciudades en que he vivido han sido
siempre excitantes
y han provocado en mí de una manera constante
sueños arquitectónicos. Todo este tiempo he venido pensando
que lo que realizo, mirado con un poco de objetividad,
es un mero reflejo de diversos fenómenos o paisajes
de la ciudad, lo cual no se puede considerar de ningún modo
una actividad creativa, sino que no son más que una
contemplación del espacio urbano real visto a través de un filtro, y que por eso mis obras no se pueden pensar separadas
del ámbito urbano.
Dicho con otras palabras, resulta que la naturaleza no
ha causado en mí ningún impacto. Por eso dentro de mí la Panel enrejado deslizante cubierto con papel opaco (N.T.). Puerta deslizante cubierta con cartón (N.T.).
naturaleza y la ciudad, o la naturaleza y la arquitectura han
sido, durante mucho tiempo, unos conceptos opuestos.
Por supuesto, algunas de mis obras se han construido en
medio de la naturaleza y en dichos casos he considerado,
como es lógico y natural, aquellas condiciones referentes a
la naturaleza y al ambiente tales como la topografía, el soleamiento,
el sentido del viento, el paisaje, etc. Pero mi arquitectura
no ha tenido, por lo demás, una relación estrecha
con la naturaleza. Creo que mi arquitectura se completaba
dentro de un sistema independiente y que no ha
estado integrada dentro de otro sistema mayor en donde
estuviera incluido también el ambiente.
Sin embargo, me parece que el proyecto para el Centro
de Acogida de la Sociedad Sapporo Beer en Hokkaido, cuyas
obras se terminaron el año pasado (Shinkenchiku, noviembre
1989), ha ampliado un poco más mi visión referente a
estas cuestiones. Aquí se partió del punto de vista según el
cual la arquitectura también, después de todo, sería un elemento
constitutivo de la naturaleza o del ambiente. A lo
mejor dirán ustedes que es una cosa evidente, y que por
qué lo planteo yo a estas alturas. Sin embargo, para mí este
tema de hasta qué punto puedo abrir mi arquitectura ha sido
un gran problema a lo largo de los últimos diez y tantos
años.
El terreno bastante extenso y llano del Centro de Acogida
de Sapporo Beer se encuentra en medio de la naturaleza.
Cuando lo visité por primera vez era pleno invierno y la
tierra estaba completamente cubierta de nieve. No se apreciaban
con claridad los límites del terreno y en él no había
ni siquiera un árbol. Nunca me había pasado algo parecido.
En la ciudad la serie de reglamentaciones que existen
tales como el porcentaje de superficie a edificar, o del volumen
permitido de los edificios, etc., determinan, casi de
forma automática, la forma que tomará el edificio. Era obvio
que aquí no era válido el método que había estado poniendo
en práctica hasta entonces. Me quedé parado, lleno
de estupor y medio sepultado por la nieve.
En el viaje de regreso empecé a pensar que no había
más remedio que meter el edificio dentro de la tierra, ya
que me parecía que no tenía sentido alguno levantar un pequeño
edificio en medio de un terreno tan vasto. Siendo
así que había muchas posibilidades de que el viento se llevara
mi arquitectura de finas pieles, a la que llamo “metamorfosis
del viento” por afán de presumir, era más seguro
si la enterraba, con lo que evitaba exponer al exterior unos
muros y un tejado gruesos y pesados. Así que el motivo de
su realización fue completamente prosaico. Excavamos el
terreno e hicimos una plaza en forma de concha, y a su alrededor
se levantó el edificio subterráneo y se construyó
también una pequeña colina aprovechando la tierra extraída
de la excavación. Aunque el motivo era prosaico, este
procedimiento me ha enseñado algo muy importante. Gracias
a la colina realizada con la tierra extraída de la excavación,
en este terreno llano se creó un relieve con líneas de
nivel como si se dibujara una carta atmosférica con líneas
de alta y baja presión. Y al igual que el viento sopla arremolinándose
desde las altas presiones a las bajas, en este
relieve también empezaron a producirse diversos flujos y
esto hizo posible trazar flujos de actividad de las personas,
de las plantas, del agua y del viento siguiendo estas líneas
de nivel. Fue fácil incorporar la arquitectura dentro de tales
flujos. Es decir, se trataba de integrar la arquitectura en
el ambiente como uno de los elementos que lo componen.
La arquitectura no se enfrenta a la naturaleza como una
entidad independiente sino que se incorpora a ella.
Razonando así, me pareció que el considerar mi arquitectura
como una expresión morfológica frente al ambiente
resultaba ya insignificante. Además, me empezó a parecer
que este concepto puede aplicarse tanto a un ambiente natural
como a un ambiente urbano. Es decir, considerar que
el espacio urbano no es más que flujos de personas, coches
y otros diversos objetos. Si consideramos los edificios o la
vegetación como entidades, podemos percibir en torno a
ellos un cierto flujo y así el agua, el aire o el ruido estarían
fluyendo incesantemente por el espacio urbano. El hecho
de construir unos edificios dentro de este espacio urbano
no sería otra cosa que colocarme en estos flujos y situar mi
obra en ese sistema de relaciones relativas.
En una ciudad como Tokio, cuando quieres diseñar un
edificio, encuentras que las otras construcciones que rodean
la parcela son totalmente diferentes, tanto su volumen,
forma, altura, materiales de construcción o estructura,
como su función. Además, normalmente no se puede prever
cuándo desaparecerá uno de los edificios para ser sustituido
por otro nuevo. El levantar un nuevo edificio en medio
de ellos es igual que mover una ficha en el juego del
“go”. 3 Son actos relativos, fenomenológicos y lúdicos. Este
planteamiento de proyecto es totalmente diferente en las Juego japonés parecido al de las damas (N.T.).
ciudades europeas, en donde se diseña atendiendo a un
contexto y se va, poco a poco, hacia un todo completo. En
un juego que se repite indefinidamente, en este otro espacio
urbano, ¿qué clase de contexto podríamos considerar?
Lo único que podemos hacer en un espacio relativo como
el tablero del “go”, es generar una nueva relación momentánea
de tensión. Se podría decir que es como si pusiéramos
un palo en la corriente de un río. A causa del palo
que se ha puesto, se produce un nuevo remolino en el río,
y este remolino interfiere con los que había ya y termina
formándose una corriente más compleja. Y precisamente el
centro de estos diversos y pequeños remolinos, el estancamiento,
es donde se reúnen las personas. En otro tiempo lo
que ocupaban esos centros eran flores de cerezo o bien
una hoguera. En la actualidad vienen a ser la televisión o
los aparatos audiovisuales, es decir por donde se obtiene la
información. Se puede considerar que el espacio urbano en
la actualidad es la acumulación de innumerables remolinos
que se van sucediendo sin cesar. Lo que tenemos que hacer
nosotros es introducir un nuevo remolino entre los innumerables
ya existentes, para estimular los alrededores, y
provocar una nueva corriente en el espacio periférico. Así
pues, ¿no nos haría falta revisar nuestras ciudades desde
este punto de vista relativo y fenomenológico?...
De todas maneras, la cuestión que me preocupaba
acerca del antagonismo entre ciudad y naturaleza o entre
arquitectura y naturaleza, empezó a disolverse. La postura
que he mantenido durante estos últimos diez y tantos años
de querer abrir mi arquitectura, está culminando en el sentido
de incorporar la arquitectura al ambiente. (Autor oficial:
Toyo Ito. Enviado por: Peter
Nocasco Kiñoz, Argentina) |