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Este matorral está formado por especies tan adaptadas a la
falta de agua que incluso llegan a tirar las hojas durante el verano,
invirtiendo el proceso normal de defoliación. Son las plantas de los
subdesiertos almerienses, ricas en endemismos y conectadas con sus parientes
próximos del norte de África. En el otro extremo se encuentran las comunidades
de alta montaña donde las heladas, los veranos secos y áridos, los fuertes
vientos y el corto período vegetativo, no permiten la formación del arbolado.
Los matorrales adoptan formas achaparradas, con escasa área foliar e incremento
de las partes leñosas y con una floración breve pero intensa. Estas formaciones
se manifiestan en la mayor parte de las sierras por encima de los 1.900 metros y
hasta los 2.900 metros, en que el medio inhóspito sólo permite la vida de
pastizales de alta montaña. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que estos
matorrales han podido invadir ladera abajo zonas en las que se ha eliminado el
arbolado para ampliar la superficie de pastoreo. Pero aparte de las condiciones
climáticas, el suelo puede condicionar la existencia de una clímax de matorral.
Así, en los suelos inestables como dunas móviles o derrubios de ladera,
únicamente pueden sobrevivir vegetales de rápida respuesta a las variaciones del
medio. Otras veces son los altos contenidos en sales los que condicionan la
inexistencia de vegetación arbórea, como sucede en las marismas litorales y
bordes de lagunas salinas. Un caso especial es la falta de suelo suficiente para
el desarrollo del arbolado, bien por pérdidas por erosión bien por el proceso
inverso, es decir, por estar comenzando el desarrollo del suelo fértil. Caso muy
diferente al de estos matorrales potenciales son los derivados o surgidos como
consecuencia de una acción destructora del bosque, ya tenga ésta como causa la
actividad humana o cualquier proceso natural. Las causas naturales se asocian
con ciclos más o menos periódicos de interferencias en la evolución del
arbolado: variaciones climáticas de largo plazo temporal, o episodios rápidos y
traumáticos como vulcanismo, tifones, rayos... La intervención del hombre es,
sin embargo, la principal causa de la degradación de la cubierta arbórea y la
consiguiente implantación de estados regresivos, muy variables en función de las
características del medio y la intensidad de la intervención.
Un tipo especial de matorral, que podría situarse en esta misma fase, es aquel
que tiene una especie dominante definida. Son los comúnmente llamados brezales,
jarales, aulagares, romerales..., de gran extensión sobre los suelos ácidos de
Sierra Morena. Se ubican en los dominios de los bosques de encina o alcornoque,
deforestados y sometidos a fuegos periódicos para la producción de pastos
estacionales. Por ejemplo, la roza del jaral para sembrar cereales era una
práctica frecuente en Sierra Morena. Considerados como un aspecto residual del
medio durante muchos años, hoy en día los matorrales han cobrado la importancia
que merecían y ello no sólo por su extensión sino por la diversidad de usos
posibles. En determinadas condiciones su papel ecológico como protección del
suelo, regulación hídrica y hábitat de comunidades faunísticas, no es muy
diferente del bosque denso. Además de ser un recurso alimenticio para el ganado,
los matorrales proporcionan plantas aromáticas, como el romero, la lavanda, los
tomillos y también plantas comestibles y medicinales, como el orégano, el poleo,
la manzanilla, el mirto, etc. Los matorrales son también lugares idóneos para el
desarrollo de la apicultura, favorecida por la floración escalonada en el tiempo
de los diferentes arbustos. Recursos modestos si se miran exclusivamente desde
la óptica del mercado, pero no desdeñables en absoluto. Recursos que pueden ser
la base de economías locales más diversificadas. (Articulo enviado por:
Fuente anónima) |