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industria y mantener registros de sus transacciones y
creencias. Ellos habían dejado atrás su pasado neolítico hacía mucho tiempo y
habían forjado una compleja sociedad con grandes descubrimientos tecnológicos y
riqueza material. Con estas dos civilizaciones letradas, Mesopotamia y Egipto,
podemos decir que comienza la historia, a diferencia de la prehistoria que
permanece sin documentar. Esto nos permite trazar una línea entre lo que
llamamos sociedades bárbaras y sociedades civilizadas. Y es aquí, en el oriente,
que surge lo que se ha llamado “la cuna de la civilización”. La palabra
civilización deriva del latín civitas, el cual significa ciudad. Ser civilizado
es ser urbano; civilización es, en su estricto sentido, “el arte de vivir en
ciudades”. Es en Sumer en la región sur de Mesopotamia, que en el IV milenio
a.C. surge la civilización.
Si establecer límites y levantar monumentos de piedra es la
respuesta de la revolución Neolítica, la creación de ciudades corresponde a la
segunda mayor conmoción en la historia humana: la revolución urbana. Nuevos
descubrimientos han demostrado que la ciudad ya apareció antes del IV milenio.
El asentamiento de Jericó de hace 9.000 años fue una comunidad bien organizada,
de casi 3.000 personas, muy distinta a poblados o villorrios que no alcanzaban
más de unos cientos de personas. En la ciudad nace la especialización y así,
junto al campesinado, aparecen los constructores, artesanos del metal y la
piedra además de mercaderes y sacerdotes, entre otros. La especialización fue de
la mano con la estratificación social. El que controló la tierra, más allá de la
ciudad, controló los principales recursos de producción con el consiguiente
enriquecimiento. (Articulo enviado por: Felipe
Vergara Lucero-
bodyarquipro@yahoo.com)
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