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Un pueblo cuyos ciudadanos en su mayoría no sabe nadar, sin
marina, mercante ni flota pesquera. Con un malecón precioso donde los pocos que
lo usan, se sientan en los bancos –excelsa ironía- de espaldas al mar.
Tenemos, eso si, una ley que prescribe sesenta metros inviolables, sagrados, a
disposición omnimoda del presidente de turno, para establecer excepciones a su
mejor parecer –presuponiendo que este sea planificador, urbanista u ordenador
territorial dilectante. Pudiendo otorgar, a aquellos que logren traspasar, a
papeletazos si acaso, el apretado anillo palaciego o la burbuja rosada, un
permiso para edificar un bohío o caney abierto, o unos sencillos sanitarios,
donde los bañistas puedan hacer lo propio sin contaminar las blancas arenas.
Mientras esto ocurre, los “padres de familia” se apropian de las riberas de los
cursos fluviales, construyendo toda suerte de palafitos audaces y letrinas que
descargan directo a ríos y cañadas.
Si observamos con imparcialidad, una playa virgen no es tan paradisiaca. Esta
cubierta de algas secas, troncos, pencas, jicaras y plásticos flotantes que nos
llegan de todas partes del mundo.
Los hoteleros las limpian y barren la arena
todos los días, impiden que ensucien las blancas arenas, alejan a los buscavidas
que asedian a los turistas, mantienen los sankie pankies a raya y a los
marchan’dart locales que a través de fornidos morenos, nos exponen sus cuadros
coloridos, eso cuesta y es trabajoso. Hace falta planificacion: balance y sensatez, equilibrio y justicia, desterrar
el enllavismo, el populismo y que se sienten a trabajar –si es que sus
actividades partidistas se lo permiten- para eso fueron elegidos o designados,
los titulares correspondientes. Los que hemos estudiado el tema del ordenamiento
territorial sabemos como hacerlo, pero es a otros a quienes corresponde esa
tarea. Planificado a escala predial, un ordenamiento territorial que considere
planes de desarrollo y manejo del litoral y de los frentes marítimos y fluviales
de las ciudades, delimitando donde y como se pueden construir marinas para yates
de magnates y banqueros, y otras para yolas y cayucos, playas para turista y
ciudadanos, mezclados, para los que lo deseen, o apartados para los que así lo
prefieran. Planificando para que entren las oportunidades y el desarrollo, ante
todo el desarrollo humano, que no necesita mega infraestructuras suntuosas ni
costosas. Abriendo las puertas y las playas a todos. Ya lo ha expresado un
político folklorico: Entren to’…pero con orden, por favor. Por: Arquitecto Pedro Mena |