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La materia orgánica es un
componente importante de la calidad del suelo que determina muchas
características como la mineralización de nutrientes, la estabilidad de los
agregados, la traficabilidad, la captación favorable de agua y las propiedades
de retención (Doran et al., 1998). Según Siegrist et al. (1998) durante muchos
años, la fertilidad del suelo ha sido estrechamente asociada con rendimientos de
la cosecha. Por esta razón, los métodos agrícolas se han concentrado en la
labranza intensiva, altos niveles de mecanización y el suministro externo como
medios para incrementar la fertilidad del suelo y los rendimientos de la
cosecha. Las desventajas, como la compactación del suelo, la contaminación del
suelo y el agua por pesticidas, el decrecimiento de la biodiversidad y el
incremento de la erosión como consecuencias de este tipo de manejo, resultan
cada vez más evidentes. Mantener y mejorar la calidad del suelo en sistemas de
cultivo continuo es crítico para sostener la productividad agrícola y la calidad
del medio ambiente para las futuras generaciones (Reeves, 1997). La
fragmentación del suelo es el objetivo principal de la mayoría de las
operaciones de labranza, para crear en el suelo un ambiente favorable para el
establecimiento y el crecimiento del cultivo (Munkholm, 2001).
Según Watts et al. (1996) la labranza es una de las principales técnicas de
manejo usadas para el control de malezas, la incorporación de residuos, la
preparación de la cama de siembra y el mejoramiento de la infiltración del agua
o la pérdida de agua por evaporación. La labranza profunda puede ser realizada
para mejorar el drenaje y la aireación del suelo, y reducir la resistencia a la
penetración de las raíces. La labranza del suelo es crucial para el crecimiento
de las plantas y el rendimiento de los cultivos. Los beneficios de una buena
labranza incluyen adecuada aireación para el desarrollo de las raíces, buen
movimiento del agua en el suelo (infiltración, percolación y drenaje), adecuada
regulación de la temperatura del suelo para el desarrollo de las raíces y el
crecimiento de las plantas, y adecuada retención de humedad para uso de éstas.
Quizás el atributo más importante del suelo, que podría asegurar estos
beneficios, es su espacio poroso (Aluko y Koolen, 2001). Según Guérif et al.
(2001) la porosidad estructural consiste en los huecos creados por la
disposición de los agregados y los terrones debido a la labranza, el clima, y
los poros biológicos. Es aceptado generalmente que la porosidad textural (o
dentro de los agregados) no es modificada por acciones mecánicas (compactación,
fragmentación, etc). Las propiedades físicas del suelo son factores dominantes
que determinan la disponibilidad de oxígeno y movimiento de agua en el mismo,
condicionando las prácticas agrícolas a utilizarse y la producción del cultivo.
Sin embargo, estas propiedades no escapan de los efectos producidos por los
distintos tipos de labranza originándose cambios en el ambiente físico del
suelo, con importantes repercusiones en su calidad bioquímica y, por tanto, en
su fertilidad (Hernández et al., 2000). (Articulo enviado por:
Ing. Jorge S. Pérez de Corcho Fuentes, jorpede@yahoo.es) |