Arquitectura y urbanismo


   

Ver la ciudad como una entidad concreta, sumida a una evolución constante, explica el que éstas hayan surgido para dar solución a problemas específicos de la época en la que fueron concebidas, y que, con el paso de los años, los cambios económicos y sociales hayan hecho que ya no puedan responder a las novísimas exigencias de la vida en sociedad.

Para la historia, cada hallazgo arqueológico abre nuevas posibilidades de desvelar el pasado, brindando nuevas pistas, salidas hacia algo nuevo que ratifique o desdiga una hipótesis anterior. El reciente descubrimiento de Caral, la ciudad sagrada, es un ejemplo, pues nos situaría ante la civilización más antigua del Perú y América.

Aproximadamente tres mil años antes de Jesucristo, y dos mil años antes del apogeo cultural de Chavín, lo cual, si consideramos –además– que la primera revolución urbana en el mundo se remonta a tres mil años antes de Jesucristo, nos obligaría a replantear radicalmente algunos referentes desde los que parten los principales estudios de la historia. Arqueólogos e historiadores consideraban hasta hace poco a Cahuachi como la ciudad más antigua de esta parte del continente, pues fue esta ciudad Nasca, la primera en establecer un diseño urbano definido, con evidentes muestras de planificación del espacio y los servicios, que será el modelo arcaico que con variaciones será desarrollado por experiencias urbanas posteriores como Huarpa, Pucará-Tiahuanaco y Wari.

La Biblia nos habla de Enoc, la primera ciudad de la historia, fundada por Caín según el Génesis. Es probable que dicho relato se refiera más a un asentamiento humano que a una ciudad en sentido estricto, pues ésta no es sólo un gran espacio de aglutinamiento de gente que se dedica a labores diferentes de las del campo –agricultura por ejemplo–, sino a actividades como la administración, el comercio, la artesanía y el sacerdocio, entre otras.

Una definición de matices sociológicos nos describe la ciudad como un foco de poder político; centro de la vida económica, religiosa y social; y un lugar de innovaciones tecnológicas, científicas y filosóficas. El diseño y construcción de edificios y viviendas que constituirán su imagen visible, forma parte de la labor arquitectónica.

El urbanismo preconiza el diseño de su estructura y la distribución del espacio para aproximarse a una definición; el trazado urbano, la planificación del uso de la tierra, establecer redes de circulación, densidad de la población, tiempo y distancia entre los lugares públicos y privados, están en sus dominios. La cercanía a los campos de cultivo hizo que los habitantes de las antiguas urbes no se preocuparan mucho por los jardines, no obstante la historia menciona los jardines y murallas de Babilonia como una de las maravillas del mundo antiguo.

Las murallas surgieron después como mecanismo de defensa ante la hostilidad de pueblos vecinos. Ilión, sede de clásicas epopeyas, también llamada Troya, es un ejemplo mítico de ciudad amurallada. Nombres memorables de la antigua Grecia fueron Ictinos y Calicatres, arquitectos del Partenón, además de Hipodamo, considerado el padre del urbanismo, cuyos principios de planificación más completos se pudieron reconocer en la localidad de Prieno. La importancia alcanzada por la ciudad en este período se concreta en Atenas, eje cultural y político del mundo antiguo, cuyo centro de la vida urbana fue el ágora, espacio alrededor del cual se agruparon edificios comerciales y públicos.

En Roma, ese centro pasó a ser dominio del foro, y en torno a él se realizó el trazado urbano cuadriculado, formando manzanas rectangulares. Una clasificación clásica de la ciudad, siguiendo patrones históricos de evolución la divide en antigua, medieval, renacentista y moderna, lo cual hasta allí tiene sentido.

Privilegiando los aportes técnicos, Lewis Mumford refiere ciudades eotécnicas, paleotécnicas y neotécnicas, división emparentada a posturas tecnocráticas que la ven como preindustrial, industrial y moderna, una periodización pertinente a la que se ha llegado a sumar el calificativo ciudad futura o futurista. Es evidente que clasificaciones de este tipo necesitan una revisión a favor de la precisión, pues muchas de ellas fueron concebidas a mediados del siglo XX, cuando el estadio de desarrollo de la sociedad era otro.

En este contexto, la palabra modernidad, por ejemplo, cubre un período extenso que parece interminable pese a algunos cuestionamientos. Además, el término “moderno” es tan amplio que abarca edificaciones que abundan en calles y avenidas del centro de Lima, construcciones inscritas en movimientos arquitectónicos como el Art Nouveau, Art Deco y Arte Buque. La vida cotidiana nos hace utilizar el concepto “moderno” como reciente.

Entonces, cabe decir que algo es más moderno que otro.  No hace mucho alguien me hablaba de ciudades modernas como Nueva York, sustentando esta idea en los rascacielos y edificios monumentales que allí existen. Pero ¿se puede hablar de ciudades modernas considerando zonas de alta densidad demográfica y actualidad arquitectónica cuyo diseño urbano fue concebido en el siglo XVIII?

La arquitectura puede diseñar habitaciones o rascacielos, pero las ciudades son planificadas por los urbanistas, quienes establecen también la disposición de los edificios. Entonces es la estructura urbana la que asume el papel más importante en estos intentos de clasificación, pues allí permanece el sello y mentalidad de la época que la produjo, y el paradigma en el cual la ciudad surgió.

El diseño indica si algo es moderno o antiguo. Hablar de procesos de modernización nos puede dar algunas respuestas al respecto, pues, en muchas ciudades, coexisten sectores tradicionales y modernizados. Lo que nos lleva a entender que la ciudad actual es una confluencia de estructuras urbanas y arquitectónicas pertenecientes a diferentes períodos de evolución. 

Esa ausencia de renovación en algunos centros urbanos se explica en el apego a la tradición, el respeto a los espacios históricos, la falta de recursos económicos para invertir en construcciones que reemplacen las estructuras anacrónicas, y sobre todo, el hecho de que estas ciudades existentes representan inversiones enormes e ideas que nos cuestan mucho abandonar. La categoría ciudad futura o futurista resulta excesiva, pues parece referirse a lo inexistente, a lo ficcional, cuando el estilo que ésta preconiza ha pasado a formar parte de nuestra realidad. Por cuántas décadas o siglos, por ejemplo, debemos seguir diciendo que Brasilia es una ciudad futurista, y seguir viendo el futuro como algo estático, lejano, mientras la sociedad y la tecnología avanzan a un ritmo frenético.

De la historia universal se desprende la distinción Edad Contemporánea, pero, para estos casos, el término “contemporáneo” resulta inadecuado por la multiplicidad de sus usos, lo que explica quizá que éste no haya sido utilizado antes por los historiadores de ciudades. Hablar de posmodernidad, refiriéndonos a los procesos culturales, ha resultado preciso y necesario en muchos casos.

Mas, el hecho de utilizar el prefijo pos, siempre abre discusiones en situaciones tan cambiantes como ésta, pudiéndose esperar la pregunta ¿Qué término se utilizará después? Mientras en algunas esferas del arte, del cual la arquitectura aún forma parte, se habla de pos-posmodernidad refiriéndose a construcciones vaciadas absolutamente de su cualidad funcional. Lo cierto es que, sin que lo demás importe, las ciudades en la historia han constituido el centro del poder político y cultural, algo que se consolidó más aún con el advenimiento del Estado-nación en el siglo XVII.

De ahí, las ciudades pequeñas poseen el control provincial y las ciudades grandes el control nacional. Es natural encontrar en el interior del país, minúsculos poblados cuyo centro está dominado por una iglesia y un campo de fútbol. En las ciudades, los trazos urbanos, casi siempre han sido realizados en torno a una plaza principal y un templo o un centro de control político-administrativo. Las ciudades satélites, que de alguna manera dependen de la ciudad principal, rodean a ésta, para ser circundadas después por los cinturones de miseria que caracterizan a las principales urbes del tercer mundo.

Tras la llegada de los españoles a América, los modelos que se instituyeron en las ciudades del nuevo mundo fueron transportados desde Europa. Y el diseño urbano vigente durante la Colonia se ajustó a ideas propias del renacimiento, que a su vez eran una reelaboración mejorada de ideales griegos y romanos. En el Perú la conquista truncó la evolución de los modelos urbanos waris e incas (no se puede calcular qué dimensiones hubiesen alcanzado las obras sucesivas de los constructores de Macchu Picchu y Sacsayhuaman de haber continuado su desarrollo).

La herencia urbana autóctona se perdió para siempre. En Lima prevaleció el modelo racionalizado y regular en forma de damero, con calles cortadas en línea recta delimitando manzanas rectangulares, diseño que funcionalmente permite una mejor orientación comparado al de algunas ciudades europeas cuya planificación de herencia medieval la conforman calles irregulares, manzanas trapezoidales, y donde, en algunos casos, los edificios son el elemento primordial en torno al cual se trazaron las avenidas.

La revolución industrial y el avance tecnológico ocasionaron cambios en la constitución de las ciudades preindustriales. La aparición de tranvías y vehículos motorizados forzó la transformación de las calles, hasta el momento planificadas sólo para la circulación de peatones y vehículos halados por caballos. El crecimiento demográfico y la irrupción de las industrias y grandes masas de obreros imponían retos que arquitectos estancados en el pasado no podían resolver. Entonces fueron los ingenieros, conocedores del hierro, del vidrio y del concreto armado, quienes –acercando la técnica al arte– abrieron nuevos caminos para la arquitectura.

Una muestra fue el Palacio de cristal, construida por el constructor de hibernaderos Joseph Paxton en 1851 y la celebérrima torre edificada por el ingeniero Gustave Eiffel de 1887 a 1889. Entonces, la escolástica división entre arquitectos e ingenieros, y los debates en torno al asunto fueron saldados por la denominación “constructores” que los albergó a ambos.  Con todo esto, la arquitectura funcional, y su tendencia al serialismo y la estandarización, entró en boga.

En Lima, con esos preceptos se construyeron las unidades vecinales, iniciadas entre 1945 y 1948, para contrarrestar el desorden demográfico creando zonas de alta densidad poblacional instaladas en infraestructuras superpuestas que ordenadamente permitían, en apartamentos, albergar gran cantidad de familias. En la misma época, desde otro lado, los sistemas constructivos empezaron a renovarse en círculos comprometidos con el arte. Walter Groupius, Mies Van Der Rohe y Theo Van Doesburg destacaron de escuelas como el neoplasticismo, la Bauhaus y el constructivismo ruso.

Posteriormente se hablará de movimientos no tan definidos, de arquitectura radical, ecléctica, cosmológica y posmoderna. Las nuevas técnicas de construcción, las maquinarias, la gran variedad de materiales y elementos de los que disponen actualmente los constructores, brindan posibilidades extraordinarias, las cuales ha producido también un cambio de mentalidad en el desarrollo del urbanismo. Los espacios dejados en blanco por urbanistas y arquitectos fueron aprovechados por el paisajismo y sus aportes eminentemente plásticos vía el planeamiento natural de mirada aérea, con obras que podrían ser inscritas dentro de lo que conocemos como land art.

Los diseños y jardines del brasileño Burle Marx inciden en formas y pictoricismo que parecen salidos de algunos óleos de Miró, donde las sinuosidades y el color sólo obedecen a la manipulación de flores y otras plantas ornamentales. El advenimiento de la “civilización maquinista” fue vista como un peligro que atacaba la expresiva retórica de la arquitectura, su cualidad artística, pues planteaba la simplicidad funcional. No obstante fueron muchos obnubilados por las nuevas posibilidades que ésta ofrecía. El arquitecto y urbanista suizo Le Corbusier escribió: “Todo está disponible”. En otro momento dijo: “Las técnicas han ensanchado el campo de la poesía.

De ningún modo, han reducido los horizontes matando los espacios y metiendo a los poetas en calabozos”. Y en esa devoción e idolatría por la técnica, germinaron los ideólogos de la urbanocracia, que enarbolaron el diseño como el fin último para alcanzar la sociedad futura. La tarea: rediseñar el mundo y la vida. Algunas predicciones afirmaban que con el advenimiento de la sociedad posindustrial se alcanzarían muchos de estos objetivos. Entre ellos, el más importante, la urbanización generalizada.

La consigna de que para cambiar el mundo había que cambiar el ambiente físico, provocó que se proyectaran ciudades futuras que serían la solución a todos los problemas urbanos y liberarían grandes superficies. La ciudad vertical ideada en la década de 1950 por el estadounidense Frank Lloyd Wright, que en sus mil 600 metros de altura albergaría a 130 mil personas con todos los servicios básicos -edificio que de existir hubiese cuatriplicado en altura al desaparecido World Trade Center- y el domo geodésico de Buckminster Fuller, cuya estructura a cielo cubierto permitía el control de las condiciones climáticas, fueron proyectos abortados.

La construcción de ciudades nuevas, planificadas en su totalidad, se concretará en diversas partes del mundo. En Brasil, siguiendo los lineamientos de Le Corbusier, los arquitectos Lucio Costa y Oscar Niemeyer edificaron Brasilia, lo que marcó una genial generación de urbanistas y arquitectos para ese país. La estética futurista y su distribución en espacios amplios provocaron que sus críticos y detractores la calificaran de artificial y fría. Al poco tiempo esta ciudad, símbolo de la cohesión política, atrajo nuevos sueños y fue rodeada por la desesperación de la población. En la India se realizó otro proyecto de Le Corbusier. A esta ciudad se le llamó Chardigarth.

Experiencias similares continuaron en Camberra e Islamabad. Las nuevas ciudades se parecían mucho a las surgidas hace tres mil años, con esa misma dosis de sacralidad en sus espacios abiertos, en el diseño, pero de dimensiones mayores.

Tal vez tenga mucho sentido acusarlas de frialdad. Pero es de suponer que con el avance de la sociedad, esta explosión demográfica, esta sobrepoblación tendiente a la tugurización e inundada de carencias será solucionada. Y las urbes de los países desarrollados marcharán hacia la dispersión y la abundancia de espacios liberados. Entonces entenderemos por qué una ciudad futura nos puede transmitir esa misma desolación que contienen algunas obras del metafísico Giorgo De Chirico.

El avance tecnológico y la globalización brindan estas nuevas posibilidades, pues la esencia que produjo las ciudades es violentada. Hasta ahora la ciudad ha sido una gran concentración de individuos, un centro de desarrollo cuya función básica, en cercanía, es facilitar la mayor cantidad de comunicación posible a un costo mínimo en términos de tiempo y dinero. Sin embargo, en un nuevo ambiente interconectado por redes electrónicas, donde los medios de transporte son cada vez más rápidos. Esta concentración se hace innecesaria, y se marcha hacia el distanciamiento y la dispersión. No nos engañemos, las mejores condiciones de vida la tendrán siempre las elites que detentan el poder político.

Tal vez los demás, en el mejor de los casos, sean recluidos en ciudades dormitorio o en edificios ultramodernos que serán un eufemismo futuro del hacinamiento al reducirse la privacidad. Por ello, acaso los países desarrollados puedan alcanzar esa dispersión idílica que sería la antítesis de lo que entendemos por ciudad.

Pero, los países del Tercer Mundo no parecen estar sumidos en esta lógica, pues sus capitales son una amalgama infraestructuras nuevas y viejas, zonas urbanas distantes que crecen hasta unificarse, donde la población aumenta con gran rapidez y la inmigración es cada vez mayor. En este orden, la desigualdad del sistema mundial condena a las ciudades pobres al fracaso. Lima, la otrora ciudad jardín, continúa creciendo desordenadamente, el transporte urbano provoca grandes pérdidas en horas laborales y los cinturones de miseria aumentan.

Exclusión, hacinamiento, delincuencia. Aquí el urbanismo no puede desligarse de la sociología ni de la política, definitivamente una ciudad por rediseñar. Sobre el autor: Folio: Ensayo. Volada: Arquitectura, urbanismo e historia. Título: Miradas sobre el espacio urbano. Autor: Rafael Ojeda, Escritor, sociólogo.




Un comentario

  1. Jesús Eduardo Mendoza says:

    Excelente trabajo, felicidades.

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