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San Pedro se convirtió
rápidamente en uno de los lugares preferidos por
los romanos,
quienes ya antes del fin del imperio, en el año 476, empezaron a
asentarse en la zona, donde aprovecharon los antiguos y
gloriosos restos del imperio romano. Los fieles acudían a San
Pedro para venerar las sagradas reliquias guardadas en el templo:
el cuerpo del apóstol, el de su hija Petronila y los restos
mortales de algunos de sus discípulos, un fragmento de la cruz
y, sobre todo, la célebre Verónica, el velo donde quedó grabado
el rostro de Jesús.
En el 1289, el Papa Nicolás IV enumeró las
reliquias de la Basílica mencionando, en primer lugar, la
Verónica y, en segundo, el cuerpo del Apóstol. La importancia
concedida por el pontífice a la Verónica se explica porque ésta
representaba la auténtica imagen del rostro de Jesús y recogía
también las pequeñas partículas dejadas en la tierra por su
cuerpo, en recuerdo de su sacrificio por los hombres. Durante
los Jubileos la Verónica se exponía públicamente todos los
viernes y cuando se celebraba una fiesta solemne. San Pedro se
enriqueció con el paso del tiempo con nuevos relicarios y ex
voto así como con una profusión de decoraciones de estilo
bizantino,
románico y
gótico. Entre el 1100 y el
1200 la fachada del templo como su interior fueron decorados con
frescos y mosaicos. En el 1300 Giotto y otros artistas de su
escuela realizaron el mosaico de la nave lateral y el políptico
del altar mayor. Sin embargo, durante los siguientes años se
descuidó la basílica y ésta corrió el riesgo de verse reducida a
un montón de ruinas.
A mediados del 1400, el papa Nicolás V decidió restructurarla y
confió dicha tarea (1452) a Bernardo Rosselino. Tras el
fallecimiento del pontífice, en el 1455, las obras fueron
interrumpidas casi por completo hasta la época del papa Julio II, quien las puso en manos de Bramante. Este se ganó el título
de maestro de las ruinas al demoler por completo la antigua
iglesia y la construcción edificada por Rosselino. El 18 de
abril de 1506 se puso en marcha la construcción de la nueva
basílica, concebida por
Bramante con una planta de
cruz griega y una gran cúpula central; sin embargo, a su muerte,
en 1514, sólo se había logrado edificar los cuatro pilares
centrales con sus relativos arcos de unión. Estos últimos
condicionaron todas las sucesivas intervenciones. Rafal fue el
encargado de proseguir con los trabajos. Dejó de lado la
arquitectura central de Bramante y puso en marcha un majestuoso
proyecto con planta de cruz latina. Rafael falleció en 1520 pero
su obra fue continuada por Antonio de Sangallo. A partir de 1547
las obras pasaron a estar bajo la dirección de
Miguel Angel
Buonarrotti, que volvió a adoptar la concepción
de planta central de Bramante al imaginarse la basílica como un
templo aislado en medio de una plaza.
A la muerte de Miguel Angel casi se había logrado terminar el cimborrio sobre el que Giacomo della Porta y Domenico Fontana erigieron (1588-1589) la
gran cúpula concebida por Buonarroti. A partir de 1607, Carlo
Maderno completó definitivamente la obra, transformando por
deseo de Pablo V la planta de cruz griega en otra de cruz latina
a la que añadió tres arcadas y el pórtico de la entrada y
realizó la fachada. Terminada en 1612, la basílica fue
consagrada por Urbano VIII en el 1626. Actualmente tiene una
longitud de 186 metros, una superficie de 15.160 metros
cuadrados y la altura de su cúpula es de 119 metros. Hay que
destacar, asimismo, el baldaquino de broce con las cuatro
maravillosas columnas a espiral, obra también de Bernini, la
Piedad de Miguel Angel y cinco puertas que se asoman a la
fachada, bajo la galería de las Bendiciones. Una cruz designa
esa Puerta Santa. Esa misma Puerta Santa que fue abierta con una
solemne ceremonia en el Gran Jubileo del 2000. |