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Todos estos elementos, han sido cuestionados por la crítica
en algún momento. Así el arco apuntado, considerado como el elemento formal más
típico del estilo gótico, arco al que también se ha denominado ojival por su
terminación en ojiva, dando incluso nombre al estilo, ya había sido utilizado en
la arquitectura Europea occidental, tanto en la arquitectura románica de Borgoña
y de Provenza como en la de Aquitania y el Poitu. Por ello mismo lo había
incorporado la primera arquitectura cisterciense. Se entendía que frente al arco
de medio punto, el arco apuntado reducía los empujes laterales, permitiendo una
mayor luz, contribuyendo de modo decisivo al impulso en verticalidad del nuevo
estilo. Pero ha sido sin duda la bóveda de crucería el elemento formal sobre el
que más se ha especulado desde el punto de vista funcional y plástico. Todo este
conjunto (plementos, nervios diagonales, perpiaños y formeros) determina un
tramo, que en los primeros momentos de la arquitectura gótica preclásica,
durante la segunda mitad del siglo XII, es de planta cuadrada, utilizándose
entonces un tercer nervio transversal, que divide la plementería en seis partes,
por lo que la bóveda recibe el nombre de sexpartita correspondiendo a la misma
planta una alternancia de soportes. La renuncia de la arquitectura gótica a
dicha alternancia de soportes hacía innecesaria la primitiva bóveda sexpartita,
generalizándose la bóveda de crucería sencilla, o simplemente bóveda de
crucería, generalmente configurando un tramo más ancho que profundo de forma
oblonga. Según la teoría de Viollet-le-Duc, el peso de la plementería de la
bóveda de crucería es soportado por los nervios y desviado en dos direcciones:
una vertical, concentrada por los nervios diagonales en los cuatro ángulos del
tramo y transmitida hacia abajo a través de las columnillas adosadas a los
pilares, y otra lateral, que en la arquitectura románica había sido
contrarrestada por los muros, los contrafuertes, y por las tribunas sobre las
naves laterales.
También la arquitectura gótica, en el primer momento
preclásico, utiliza las tribunas sobre las naves laterales como sistema de
contrarresto lateral, pero, al suprimirlas en el periodo clásico va a suplir su
función por medio de los arbotantes o arcos exteriores lanzados oblicuamente en
el aire, por encima de las naves laterales, para así contrarrestar los pesos y
desviar las cargas laterales hacia los contrafuertes exteriores. De esta manera
queda determinado un sistema constructivo con una armadura funcional, la única
que trabaja, mientras que el resto no intervendría en la estabilidad del
edificio y podría ser suprimido. Así el muro ya no resulta más que un elemento
de relleno y puede ser vaciado, sustituido por un cierre de vidrieras. Focillon
lo definió como un sistema “de nervios”; por un lado, y de “tejido conjuntivo”,
por otro.
La importancia funcional que la bóveda de crucería tiene en
el nuevo sistema gótico indujo a los historiadores del arte al rastreo de sus
posibles orígenes, habiéndose defendido diversas hipótesis que han señalado
precedentes tanto en las cúpulas hispano-musulmanas de arcos entrecruzados (Lambert),
como en las cúpulas de la mezquita de Selyuqí en Persia, o en las iglesias de
Georgia y Armenia, y en la arquitectura lombarda. Al margen de todo ello, para
la arquitectura gótica los precedentes más próximos se encuentran en la
arquitectura románica de Inglaterra y de Normandía. Esta teoría funcional de la
arquitectura gótica no fue puesta en tela de juicio hasta un estudio e Pol
Abraham (1934) en el que se negó el carácter funcional de los nervios diagonales
de la bóveda de crucería, concediéndoles sólo una función decorativa, ya que una
bóveda de aristas no necesita de nervios para contrarrestar las cargas en los
ángulos del tramo que cubre. |