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Los especialistas en el diseño
del entorno urbano no han incluido el color con toda
su potencialidad como variable de diseño. Este no se
percibe solo con los ojos, sino con todo el pasado,
la historia y la concepción que se tenga del mundo.
El color es un hecho cultural, y lo percibimos con
toda la cultura. Por lo general, en el transcurso de
la historia, se ha utilizado el color en la búsqueda
de producir "un efecto colorista" en la obra de
arquitectura. Estos "efectos" responden a distintas
motivaciones y cumplen diversas funciones,
fundamentalmente simbólicas (primitivas, abstractas,
decorativas) y comunicativas (decodificadoras,
descriptivas, exaltadoras, contextualistas, etc.). A
partir de la influencia de la Reforma (Lutero, uno
de los principales exponentes que aportan sustento
filosófico), se vuelve la mirada hacia el Clasicismo
(síntesis equilibrada de forma y espacio), con una
desvalorización del rol del color. En la mitad del
siglo XVIII se producen los primeros descubrimientos
arqueológicos que revelan el uso intenso del color
en la arquitectura clásica.
Ello modifica las
tendencias de la época, lo que se traduce en dos
corrientes: una que incluye el uso del color en la
arquitectura, y otra que se resiste, centrando su
postura en el acromatismo. Enrolado en esta última
podríamos incluir a Ruskin (siglo XIX), que
influenciaría al Movimiento Moderno en general, a
pesar de que algunos de sus fundadores como W.
Gropius, B. Taut, A. Behne, etc., desarrollaron
varios intentos para incluir el color en la ciudad y
crear nuevas formas de comunicación valiéndose del
color como medio. El color de una ciudad es un
aspecto de su historia. Hasta la Revolución
Industrial, los pueblos y ciudades del mundo
occidental desarrollaron un proceso lento de
crecimiento orgánico, utilizando materiales de la
región. Los materiales disponibles dieron forma a
estilos arquitectónicos muy diferentes, produciendo
ambientes urbanos de gran armonía visual, unificados
por escala, materiales, y fundamentalmente por su
color, lo que generó estructuras urbanas con
identidades cromáticas inmutables. En la actualidad
utilizamos los colores como apoyatura de la forma,
para estructura, subrayar, realzar, estimular o
revalorizar una obra de arquitectura, sin tener
absoluta conciencia del fenómeno ambiental que esta
actuación produce. Desaprovechamos así las
cualidades del color, un elemento a la vez abstracto
y descriptivo que puede enriquecer la forma del
espacio con un significado mayor y puede incrementar
el contenido identificador, vivencial y orientativo visual de una ciudad.
El efecto colorista de un ambiente urbano no se basa solo en
los tonos de color en sí mismos que cubren las superficies, sino también en la
importancia de la luz, ya que a través de su naturaleza se ponen en total
armonía con el lugar. También la distribución de las masas de sombras que
articulan el entorno tienen una vital importancia para producir la impresión del
color. Las sombras nunca son incoloras, por lo que influyen en la determinación
de la paleta ambiental. Las distintas regiones y ciudades del planeta han estado
identificadas tradicionalmente con particulares rangos de color, resultantes de
las gamas producidas por los materiales locales, la luz, las sombras y todos los
agentes climáticos que modifican la sensación del color ambiental. Podríamos
citar casos ejemplares en todos los países. El color es determinante de la
identidad urbana. Esporádicamente, en el transcurso de la historia, grupos de
personas relacionadas con la temática urbana, sensibilizados y concientes de la
importancia del color en la ciudad, realizaron propuestas para optimizar el
"espíritu del lugar" como el caso de Turín (1800), creando un plan de color para
la ciudad entera. Estos ejemplos estarían enrolados en la primer corriente a la
que hicimos referencia, que incluye el uso del color en la arquitectura. |