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Dentro de este tema podemos ver la diferencia entre el color
físico y artístico, en donde el primero se expresa en un número o longitud de
onda y en el segundo, importa el valor absoluto de la superficie y contorno, o
sea que no es el mismo rojo en un círculo que en un cuadrado. Es por eso que en
el juego del color sólo importa la fuerza de imaginación, los materiales
elegidos y la técnica de su uso. Los pintores, maestros del color, tienen una
amplia libertad de expresión debido a la acumulación de experiencias que los
hacen ser capaces de elegir el color necesario en un espacio y acomodarlo en
función conjunta, para que este pueda provocar emociones estéticas con sus
ritmos cromáticos. De esta cualidad el color es el protagonista que engendra la
obra, sin excluir por supuesto la originalidad de una nueva visión o la
influencia de una cultura. Cada tono, cada sombra tiene un significado o una
sugerencia que une en todo mensaje al que lo vea con quien lo recibe, es por eso
que lo que importa es el aspecto emocional del color, clasificándolos en cálidos
y fríos. Referente a esto los colores fríos expresan apartamiento, distancia,
reserva y distinción. Los cálidos evocan proximidad e intimidad, este código ha
sido utilizado por años, pero en los últimos tiempos los pintores los han
aplicado en sentido inverso, la combinación de estos permite crear lo que se
conoce como “ilusión cálida en profundidad”. En cuanto estilo, es Paul Gauguin
quien defiende la idea que “sólo un ojo ignorante asigna un color fijo e
inmutable a cada objeto”.
El color en la pintura occidental nació moralmente
restringido, debido a la rigidez imperante desde el siglo V a.C., a la cual
obedecían ya los sabios griegos, para quienes el verdadero arte debe expresar
pureza y sobriedad, rechazando todo brillo y resplandor, por lo cual sólo
ocupaban cuatro colores: blanco, amarillo, rojo y negro azulado. Se critica
duramente todo lo proveniente del Oriente, más bien La India, porque allá se
producían magníficos y exóticos colores que se oponen a la idea de mesura
cromática. También se negaban a cualquier mezcla de colores porque ello
significaba conflicto, cambio, putrefacción, por lo cual preferían el método al
encausto, es decir, el de la mezcla óptica. Al contrario de los griegos, los
romanos explotaron una gama más amplia de colores quedando esto de manifiesto en
las investigaciones hechas en las ruinas de Pompeya, en donde se han
identificado a lo menos 29 pigmentos. Con la llegada del llamado arte gótico se
produjo una riqueza cromática, puesta en escena en las vidrieras de las
catedrales europeas, donde el azul se coronó el rey de los colores, destacando
catedrales como Chartres, Notre Dame y Saint Denis. En el siglo XIV, las
principales escuelas de pintura italiana se encontraban en Florencia y Siena,
lugares donde apareció uno de los más importantes pintores de la época, Giotto
di Bondone, ya que con él se inauguró el uso de las sombras difuminadas y la
mezcla de colores, encontrando en el Flandes del siglo XV el motor de este
tiempo: el óleo. En 1430 la historia del color en la pintura se vio afortunada
gracias a que León Battista Alberti, arquitecto y humanista italiano, advirtió
sobre los nuevos principios cromáticos rechazando las antiguas definiciones
griegas al utilizar todos los tonos, además consideró al gris como clave en toda
composición y sugirió contrastar los colores de acuerdo a la regla de los
opuestos complementarios. Es la figura más importante del siglo XV, incluso
pintores del naturalismo siguieron sus fundamentos. Es así como la revolución
del color encontró sus antecedentes en la luminosidad que caracterizó al
Renacimiento, cuando pintores italianos expusieron a la luz como una presencia
obligada en cada cuadro.
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