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Coloso
de Rodas. Es importante porque su ciudad, del mismo nombre, es la
capital del Dodecaneso, archipiélago compuesto por una veintena de islas. La
situación geográfica de Rodas es privilegiada para comerciar con Grecia, el Asia
Menor e incluso Egipto, y gracias a eso se ha convertido en el centro comercial
más importante del Mediterráneo Oriental. Por ello no es extraño que alguna
potencia de la época ambicione apoderarse de Rodas e intente tomarla, como
Macedonia. Su rey, Demetrio I Poliarcetes, es conocido por su experiencia en el
arte militar, sobre todo en los asedios, tanto, que en futuro los militares se
referirán a la técnica de asediar fortalezas como "Poliarcética". Demetrio
ataca, pues, Rodas. Sin embargo, la ciudad resiste los embates de este temible
guerrero, quien finalmente se marcha con el rabo entre las piernas. ¡La ciudad
ha resistido!
Para celebrar este triunfo, la ciudad decide elevar un
monumento memorable a Helios, dios del sol, en el puerto. Dirige las obras Cares
de Lindos, discípulo de Lisipo. La estatua va creciendo, primero el armazón de
hierro y sobre él las placas de bronce. Finalmente, cuando la estatua se termina
mide nada menos que 32 metros de altura. Su fama atraerá a viajeros de todo el
mundo antiguo para verlo. Con el Coloso llegaron a ser cinco las maravillas del
mundo que se alzaban sobre la faz de la tierra, número que no fué superado sino
que fué decreciendo. Cincuenta y seis años después de su construcción, en el 223
a. de C., un terremoto derribó al Coloso. Los habitantes de Rodas, siguiendo el
consejo de un oráculo, decidieron dejar yacer sus restos donde cayeron. Y así
fué, durante cerca de novecientos años, hasta que en el 654 d. de C. los
musulmanes se apoderaron del bronce como botín en una incursión. La leyenda del
Coloso tendió, cómo no, a agrandar sus proporciones. Durante el renacimiento el
Coloso fué "descubierto" por los humanistas, al igual que el resto del arte
griego, y su monumentalidad fué remarcada haciéndose circular que sus tamaño era
tal que los barcos pasaban entre sus piertas. Pero el Coloso no necesita de
mitificación: habrá de pasar la friolera de dos mil años hasta que el hombre
realice otra estatua colosal que la supere, lo cual lo dice todo. |