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Ninguno de los amos que, desde hacía unos dos mil años,
habían impuesto su dominio sobre Mesopotamia, podría ostentar una antigüedad
semejante a la suya. Ya en los orígenes de la historia, se les halla
establecidos en la región del Alto Tigris. Y cuando, en el siglo VIII a. de J.
C., un escriba se puso a grabar en una tabla la lista de los reyes asirios, se
encontró con que, por la documentación que se le facilitó, tenía que escribir,
uno tras otro, 107 nombres de soberanos. A estos hay que añadir otros 9 para
llegar a la cifra de 116 reyes, que fueron los que ocuparon el trono de Asur,
desde los orígenes hasta la ruina del imperio. Continuidad semejante no se da en
ninguna otra parte y se halla a mucha distancia de los 2 reyes de Accad, de los
5 de la III dinastía de Ur, de los 2 de la I dinastía de Babilonia e, incluso,
de los 36 reyes kassitas. No obstante, conviene señalar que esa impresionante
serie asiria no significa, en absoluto, una independencia continua, ni mucho
menos la hegemonía. Asur y Nínive hubieron de sufrir la conquista extranjera:
los Acadios y los Sumerios de Ur tuvieron guarniciones en dichas ciudades y se
comportaron en ellas como señores. Pero Asiria no por eso dejó de subsistir. Dio
pruebas de su dinamismo cuando gentes suyas fundaron en Anatolia factorías,
donde prosperaron, desde finales del III milenio y principios del II, muchas y
florecientes colonias.
Asiria participó de la civilización mesopotámica, y la llevó al extranjero, al
tiempo que adoptaba para sí, sin modificación alguna, sus manifestaciones
plásticas. El templo de Ishtar, en Asur, nos ha proporcionado una estatuaria
presargónica, intercambiable con la que conocemos por Man, el Diyala o Lagash.
La estatua acéfala, que a veces se atribuye a Zariqum, estaba enteramente dentro
de la tradición de Gudea. Cosa normal, ya que los habitantes de la parte alta
del país no tenían motivo alguno para resistirse a la mágica atracción de una
civilización desarrollada en la llanura hacia donde bajaba el río, cuyas orillas
septentrionales ocupaban ellos. Con Shamshi-Adad I (o Shamsi-Addu) fue cuando,
seguramente, Asiria debió de adquirir conciencia de su verdadera fuerza y del
nuevo destino que el futuro le reservaba. Las tabletas de Man han sacado a plena
luz a este soberano que, durante treinta y tres años, no solo tuvo el lenguaje
de un gran jefe, sino que, además, añadió los hechos a las palabras. Con la
ocupación de Man, donde estableció a uno de sus hijos, a Iasmah-Adad, el rey de
Asur creó un imperio que abarcaba al Tigris y al Eufrates y se extendía más allá
de esos dos ríos. A esta época (siglo XVIII a. de J. C.) hay que atribuir, a
juicio nuestro, el origen del plan de hegemonía que la dinastía asiria impulsó
hasta el limite extremo de sus posibilidades y de su voluntad. Pero no la logró
al primer intento. Para contrarrestarla, estaba, en primer lugar, nada menos que
Hammurabi, así como también la presencia de los Kassitas, juntamente con la de
los Mitannios, más peligrosos todavía, pues su ambición los había llevado hasta
el Tigris. No es preciso trazar aquí las etapas de esta conquista del mundo, ni
la progresión implacable que llevó, de rey en rey, y, dentro de cada reinado, de
año en año, cada vez más lejos, hacia el Occidente, a los ejércitos de Nínive y
Asur. Bástenos con indicar sus puntos extremos: el golfo Pérsico y el Elam, al
Este; las montañas de Armenia, en el Norte; el Mediterráneo y la isla de Chipre,
en el Oeste; Egipto, la Tebas de las cien puertas y los desiertos de Arabia, en
el Sur. Jamás un pueblo había ido tan lejos de sus fronteras en son de
conquista. La civilización y el arte marcharon al unísono de esta conmoción
política. Y no habiéndose producido siempre la progresión con el mismo ritmo, se
puede observar las dos siguientes grandes fases: una, desde el siglo XIII hasta
los alrededores del año 1000, y otra, desde el año 1000 hasta la ruina de Nínive
en 612 antes de J. C. La primera va desde la emancipación local y regional hasta
el comienzo de las grandes expediciones militares fuera de Mesopotamia. Dos
nombres de soberanos: Tukulti-Ninurta I (1243-1207), que venció a Babilonia, y
Tiglatpileser (1112-1074), que llegó hasta el Mediterráneo. La segunda vio la
prosecución y extensión de la hegemonía, más dura cada vez, y cada vez más
extendida, con marcha acelerada. Existió una verdadera pléyade de reyes que
coleccionó campañas, desde Assurnasirpal II (883-859) a Assurbanipal (668-631),
hasta el desastre final, es decir, la caída de Nínive (612 a. de J. C.). Si no
se tiene continuamente presente este panorama histórico, no se llega a
comprender nada de la civilización y del arte asirios. El desarrollo de aquella
y la inspiración de este se hallan en estrecha y directa dependencia de lo que
ocurría en los campos de batalla. Se vive ya, en toda la línea y en todos los
sentidos del término, dentro de la edad del hierro. La piedad para los Asirios
es una palabra sin sentido. Toda su voluntad está dirigida hacia el éxito y este
será buscado por todos los medios. Los Asirios, no obstante,
seguían siendo fieles a las tradiciones. Asur, que, hacia esta época, es la
ciudad que mejor conocemos, estaba poblada de santuarios dedicados a las viejas
divinidades mesopotámicas: Ishtar, Sin, Shamash, Anu y Ea, a las cuales hay que
añadir Adad, dios de la tempestad, y Asur, que ocupa el lugar de Enlil. Así,
pues, todas las divinidades mayores del panteón antiguo quedaron reunidas en dos
tríadas esenciales. Para ellas se prepararon residencias dignas de reyes. A
veces estas resultan más imponentes por asociación de alguna ziggurat. La
capital asiria contaba tres y una cuarta se alzaba a unos kilómetros más allá
del Tigris, en Kar-Tukulti-Ninurta, ciudad fundada por el soberano de este
nombre, para conmemorar su victoria sobre Babilonia. La reconstitución de esta
arquitectura sagrada es difícil, ya que los monumentos han sufrido graves
destrucciones y daños, a los que algunas veces han contribuido las
restauraciones. No hay más remedio que acudir a las representaciones que existen
acá o allá, en los cilindros o en las improntas de cilindros, donde se nos da,
juntamente con el alzado de los edificios, el tono general de una arquitectura
que siente predilección por las pilastras, las torres y las líneas de almenas.
Sabemos, además, por los fragmentos recogidos en las excavaciones, que el
palacio de Tukulti-Ninurta I tenía las paredes decoradas con pinturas. Se
encuentra allí un tema ya conocido, el de los animales antitéticos, situados a
uno y otro lado de la planta sagrada. Sirve esta ahora de pretexto para una
estilización cada vez mayor y que se aparta deliberadamente de la naturaleza, no
utilizándosela más que con fines decorativos, sin excluir, por ello,
enteramente, su significación simbólica. Las líneas quebradas u onduladas y los
frisos de rosetas constituyen, ciertamente, un lenguaje que, de seguro,
comprenderían quienes lo contemplaran. La permanencia de tradiciones ancestrales
es un hecho que ilustra bien el relieve, tan citado, descubierto en Asur, en el
templo de Asur. El personaje central es un hombre barbudo, cuyo tocado y túnica
están surcados de imbricaciones. Dios de la montaña y, a la vez, divinidad de la
vegetación, ya que, además de las que le salen de la túnica, sostiene con las
manos sendas ramas con brotes, a las que acuden a ramonear unas cabras. A uno y
otro lado de este motivo, tratado en rudo estilo, dos genios femeninos de
pequeña talla y ojos fijos sostienen con las manos un vaso del que manan ondas
que, o bien caen a tierra, o bien a otro vaso puesto en el suelo. Todos estos
temas son mesopotámicos: el hombre, la mitad de cuyo cuerpo es una montaña; los
animales antitéticos ramoneando las ramas; las divinidades con vaso manante.
Pero la disposición y la ejecución resultan bastante sumarias, por lo que
preferimos no atribuirlas a una mano asiria, pues ésta hubiera mostrado menos
falta de destreza. Todas las obras indican que por esa época se había alcanzado,
en efecto, gran seguridad y, a veces, una innegable elegancia. Antes de
desaparecer, la civilización asiria, como cabía esperar, refleja las
características de esos acontecimientos tumultuosos. Todo es gigantesco en ella,
comenzando por los palacios, que se hallan entre las más extraordinarias
realizaciones arquitectónicas de todos los tiempos.
El palacio de Sargón, en Jorsabad, es en este aspecto un ejemplo característico,
insuperable en cuanto a amplitud y ordenación, así como en cuanto a la riqueza
de la ornamentación y la perfección de las instalaciones. Fue alzado en una
ciudad creada de punta a cabo y en un tiempo record (seis años). El rey pudo
celebrar este triunfo en la inscripción denominada «de los Fastos»: «En ese
tiempo, construí una ciudad con [el trabajo] de los pueblos de los países que
mis manos habían sometido, que Asur, Nabu y Marduk hicieron que se pusieran a
mis pies, de manera que sufrieran mi yugo, al pie del monte Musri, más arriba de
Nínive. En conformidad con el mandato de mi dios y la inspiración de mi corazón,
la puse el nombre de Dur Sharrukin.» En los ladrillos, podía leerse un
texto más breve, aunque más elocuente, pese a su concisión: «Sargón, rey del
Universo, ha construido una ciudad. Dur Sharrukin la ha llamado. Un palacio sin
rival ha construido dentro de ella.» El sitio escogido para la capital tenía de
extensión unas trescientas hectáreas. Se hallaba dentro de un recinto
trapezoidal, hendido por siete puertas. Tres de ellas estaban «ornamentadas»,
esto es, dotadas de relieves y de frisos de ladrillos vidriados. Los arquitectos
planearon en grande, y con mucho acierto, concentraron su esfuerzo
principalmente en la muralla de la ciudad y en la ciudadela. Esta, edificada en
N.-E., contra uno de los ángulos de la muralla, reunía, dentro de un mismo
bloque urbano, el palacio, un gran templo y cierto número de residencias para
los altos funcionarios del Estado. Completamente aparte, pero apoyada también en
una parte de la muralla, no lejos del ángulo Sur, había otra gran construcción
que parecía reservada a un personaje notable, que los indicios hacen posible
identificarlo con el príncipe heredero. Una simple ojeada que se eche a los
planos demuestra que solo una muy pequeña parte de la ciudad llegó a ser
construida. Resulta evidente que si el rey no hubiese muerto tan
prematuramente—no pudo disfrutar de su capital más que dos años—se habría
realizado el resto, a imagen de todas las ciudades asirias, cuyas casas se
aprietan a la sombra de las murallas. El Palacio fue suficiente para testimoniar
la maestría, tanto de los arquitectos como de los maestros de obras. Ya
Assurbanipal había logrado que se construyera, en Nimrud, una residencia real
digna de su poderío. Pero ningún soberano había tenido la ocasión de Sargón:
poder operar sobre tabla rasa y construir enteramente de nuevo. Inmensidad (unas
diez hectáreas, 209 salas o patios), armonía de proporciones (la amplitud de los
patios disminuye a medida que se avanza hacia el cuartel residencial privado) y
adaptación de la arquitectura al paisaje circunstante (varias terrazas o
plataformas orientadas N. N.-O. proporcionan, además de frescor, una vista
magnífica de las cercanas montañas).
La ornamentación, prodigada en tal grado y en escala tal que, al detallarla, se
siente innegablemente más admiración y asombro que gozo o arrebato. El
gigantismo ornamental, admitido y exigido casi siempre por la arquitectura
misma, era una predicación del poderío y la invencibilidad del reino. No podía
ser un himno a la belleza, ni una plegaria muda y ferviente. No obstante, los
reyes, y Sargón lo mismo que sus predecesores, no descuidaban, por el hecho de
preocuparse de sus propios palacios, las residencias de sus divinidades, Nimrud
y Asur ostentan varias. Dur Sharrukin, apenas surgida de la tierra, contaba ya
siete. Resulta significativo que seis de ellas, agrupadas estrechamente,
constituyendo una unidad arquitectónica, estuvieran adosadas, claramente a
posteriori, a la morada real. Separadas del soberano, las divinidades mantenían
su independencia, ya que disponían de un cuartel propio para ellas. Pero cada
uno de sus santuarios constituía ciertamente una capilla palatina. Sargón tenía,
a disposición suya, a Sin, Shamash, Adad, Ea, Ninurta y Ningal. Cinco dioses y
una diosa: la luna, el sol, el rayo, las aguas, la guerra y una mujer. A unos
pasos, pero afuera, el santuario de Nabu, hijo de Marduk, deja constancia de que
Sargón, desde Nínive, no olvidaba en absoluto a Babilonia. Ni tampoco olvidó a
otra ciudad de su imperio, Uruk, la ciudad de Guilgamés, cuyos relieves se
alzaban en la fachada de su palacio; entre dos toros androcéfalos alados, un
gigante barbudo sujeta a un leoncillo. No es extraño que al lado de estos
templos se alzase una ziggurat. Había que facilitar a las divinidades su llegada
a la tierra. La torre sagrada era el desembarcadero al que se arrimaba el
esquife divino. La de Jorsabad ha sido encontrada tan ruinosa que solo cuatro
pisos han podido ser reconocidos. Se estima que habría que suponer otros tres
más. Aceptado esto, la torre, de una altura de 42 m 70, habría tenido siete
pisos, para los cuales se han propuesto los siguientes colores simbólicos:
blanco, negro, púrpura, azul, bermellón, plata y oro. Actualmente los
especialistas son menos categóricos, y uno de los técnicos, el arquitecto
holandés Busink, ha abogado, poco ha, por una reconstitución diferente. Según
esta, el monumento no contaría más de cinco pisos, coronados por el templo de la
cumbre, atribuido por Busink a Asur, divinidad mayor que se sabe pertenecía al
panteón de Sargón y que, de otro modo, se hallaría en Jorsabad carente de
santuario. Se ascendía no por una escalera normal a la fachada, sino por una
especie de rampa en espiral, dotada de escalones y adosada a la torre. He aquí
una solución nueva, en la que más tarde se inspiraría parcialmente la ziggurat
de Babilonia, prototipo de la torre de Babel de la Escritura. A este gigantismo
arquitectónico respondió una abundancia ornamental sin precedente. El período
neoasirio se caracteriza, en efecto, por una producción escultórica que
sobrepasa cuanto el Oriente había conocido hasta entonces o conocerá después.
Obedece esto, sin duda, a dos razones: a la profusión del material y a la
voluntad de expresión histórica. (Articulo enviado por:
SEYNI GUZMAN. Email: sealguz21@yahoo.com) |