|
Casa Gilardi. En una calle de la ciudad de
México, en un estrecho y alargado terreno de 10x36 metros, entre tres muros
medianeros y una fachada al alineamiento, Barragán, a sus 80 años de edad y casi
10 años después de inactividad, realiza una de sus obras mas fotografiadas, muy
poco representativa para algunos y su ultima obra maestra, para otros. Ordenada
sobre un eje a lo largo del terreno, que se desliza con un pequeño impacto
urbano por fuera e intimista por dentro. El reducido pero potente volumen rosa
se defiende de la calle y se vierte el interior, descomponiéndose hacia el
pequeño patio conformado tanto por el volumen delantero (servicios, dormitorios)
como por el trasero (salón-comedor-piscina) ambos unidos por un corredor mágico.
Todo aquello configura un patio que rodea a un hermoso árbol, el cual debía ser
respetado como condicionante al propietario, que resalta con sus ramas o flores
los altos lienzos monacales.
La disposición en planta descubre poco a poco los espacios a través de filtros
de luz y silencio. Un mundo de sensaciones: sencilla entrada, el pasillo se
amplia, la escalera sin barandilla levita y asciende por el efecto de luz
cenital, nos atrae un emocionante corredor invadido por la suave luz amarillenta
que se filtra por una serie de aberturas verticales con
vidrios de color onix, al final de la cual una
puerta da paso a un espacio austero que solo contiene una pequeña alberca, una
rustica mesa de comedor, sus sillas y un aparador, mientras un inquietante muro
rojo sujeta el tragaluz y baña la piscina, el resto el todo luz. Esa
piscina-estar-comedor es el espacio central de la casa: un ámbito mágico donde
el piso se interrumpe en un callado paso entre lo sólido y lo líquido, pues el
estar-comedor se instala a orilla del agua de la alberca, y el muro de color
rosa, que se hunde en ella, vibra con las geometrías producidas por la cambiante
luz cenital que va transformando el espacio a lo largo del día.
|