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Sin embargo no todo es perfecto en estos materiales. En las
cerámicas las uniones interatómicas son muy fuertes y rígidas, sin ningún gire
errante, por lo que no hay ninguna posibilidad de desplazar algunos de sus
átomos sin provocar la ruptura de la unión, por ello una mínima fisura de apenas
el grosor de un pelo puede conducir a una catástrofe.
Bajo presión todas las fuerzas de atracción se concentran al final de la línea
de la fisura, hasta que se rompen más uniones moleculares, con lo cual la grieta
se amplia a una velocidad vertiginosa y la pieza se quiebra. No hay deformación
sino fractura. La ruptura de la unión molecular en el hierro exige más energía
que el simple desplazamiento de una capa de átomos. La misma grieta en un
componente metálico llega a un punto extremo en el que las fuerzas se reparten y
al aumentar la fisura hasta fractura de la pieza requeriría casi cien mil veces
más energía que la necesaria en una pieza similar de cerámica. Por ello, hoy por
hoy, la principal precaución de los investigadores consiste en reducir esa
fragilidad. (Articulo
enviado por: Juan Tapia Rodriguez,
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