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La arquitectura enferma. Siempre he sentido la
arquitectura como un ser vivo que nace por parto después de un periodo de
gestación en el cerebro de su creador. Este ser vivo crece durante su
construcción o resulta ser un no nato si nunca llega a materializarse en un
paisaje rural o urbano. A su vez, en función del mimo, la dedicación y las
pautas de honestidad de sus constructores así como en función de su ADN, es
decir de los datos aportados por el proyecto; su vida será más o menos sana, más
o menos duradera, más o menos admirada, más o menos útil. Por otro lado, en
función de esa salud de origen y crecimiento, precisará más o menos asistencia
médica, más o menos mantenimiento, más o menos reparaciones. La sociedad actual
con sus prisas, sus trampas e intereses creados, está generando a menudo una
arquitectura insana, una arquitectura mal gestada, fruto muchas veces de
procesos atropellados de creación. Se construyen demasiados clones a base de
embriones mal asimilados de brillantes arquitectos estrella. La arquitectura
honesta y original de los grandes arquitectos que, por cierto, no son todos
estrellas ni conocidos, es fruto del pensamiento, del estudio, del equilibrio,
de la maduración, del reposo, de la sabiduría y especialmente de la humildad y
la honestidad.
La arquitectura institucional es por desgracia a veces, paradigma del sin
sentido y de la falta de maduración; para relucir en revistas profesionales, las
formas olvidan contenido, mantenimiento y dignidad en el tiempo, resultando
edificios faltos de salud que se enferman al poco tiempo de ponerse en pie.
Hablo por ejemplo, de colegios e institutos, centros de salud etc., de edificios
creados con arquitecturas que muchas veces adoptan modismos de arquitectos
estrella, pero modismos ajenos a la idiosincrasia de nuestra climatología, a sus
necesidades e imposiciones. La arquitectura de los centros educativos debe ser
siempre sensible a su trascendencia como contenedor en el que madurarán durante
años las mentes de los ciudadanos adultos del mañana, a la trascendencia de su
imagen que quedará grabada en la retina de sus alumnos. Los centros de salud
deben, ante todo ser sanos ellos mismos y por supuesto, saludables para los
enfermos, tanto física como anímicamente.
El arquitecto Alvar Aalto, en Finlandia, abrazó el funcionalismo anteponiendo en
su arquitectura el disfrute del usuario. En el Sanatorio de Paimio, llegó hasta
el límite de diseñar el sillón para los ingresados por tuberculosis para que,
sentados, los enfermos pudieran ventilar bien. Piensa también en la importancia
de la textura cálida de la madera curvada en contraposición a la frialdad de los
diseños en metal cromado de Breuer, es decir, se implica en el proyecto con gran
profundidad, pensando ante todo en el usuario y la funcionalidad. La obra
pública ha sido siempre la mecha de implantación de los diseños de vanguardia
por ser la Administración el cliente que permite una mayor libertad de
decisiones frente al promotor particular que marca pautas. No obstante, no
podemos ignorar la responsabilidad de la permanencia en el tiempo y en el uso de
la arquitectura. Autor oficial: LUISA GARCÍA GIL |