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Arquitectura reciclable. Rematada la obra
del consultorio médico, los vecinos de Santiago la Requejada plantearon sus
otras necesidades a las autoridades locales y de la Junta apenas abiertas las
puertas del nuevo dispensario. La iglesia y las escuelas viejas necesitan una
buena reforma y una inyección de dinero público de subvenciones. «Esta es una
buena obra y está bien», decía un vecino jubilado a propósito del consultorio,
«pero mira, que lo tengamos que utilizar poco, y como mucho para las recetas.
Bien está con que lo tengamos aquí en el mismo pueblo». Sus convecinos a
la puerta señalan el edificio principal: la iglesia bajo la advocación del
Apóstol Santiago, patrono de la pequeña localidad de la Requejada. El edificio
sacro necesita una cura de urgencia, y no de tiritas, sino de sillares; su
singular espadaña presenta una grieta que no supone un derrumbe inminente pero
sí un deterioro significativo. Es de las pocas iglesias rodeadas de un muro para
acceder al cementerio, rematado en un tejadillo. La ermita mira hacia los
sillares del viejo edificio que ahora es el centro de atención primaria.
La torre resquebrajada no se queja en exceso porque «el pueblo pagó la última
reparación que se hizo en el tejado», una obra que se financió con el dinero de
donativos de la mayor parte de los vecinos, precisa un residente. Además de la
iglesia, Santiago de la Requejada completa su patrimonio con una ermita. En el
pueblo residen permanentemente no más de treinta vecinos, la mayoría jubilados.
La cifra aumenta cuando de Madrid o de otras capitales vienen los nuevos
pensionistas a atender el pequeño huerto. También aumentan las visitas al
consultorio, e incluso los feligreses. Hay varias familias en plena actividad:
dos ganaderos con una buena cantidad de vacas y un tercero con unas pocas
cabezas de ganado caballar, en la localidad se mantiene un vivero de planta
forestal, además de un profesional del área de sanidad. Esa es prácticamente
toda la población activa del pueblo pueblo de la Requejada.
Ni bar ni tienda. Los vecinos desvían su mirada de la torre hasta un
edificio situado al otro lado de la calle. Son las escuelas viejas y la casa del
maestro «que están hechas una pena», dice el concejal de Rosinos, Emilio
Lorenzo, y alcalde del barrio que traslada las peticiones aprovechando la
presencia de las autoridades. La propuesta del concejal es no solo no dejarlas
caer, sino dotar al pueblo de un edificio de uso social, para todos los
residentes. En Santiago no hay ni bar ni tienda donde se puedan reunir los
vecinos. Los más cercanos están en Rosinos de la Requejada y en Doney. El
edificio de las escuelas dejó de tener niños hace más de dos décadas, casi
tantas como el tiempo que llevan abierta la escuela de Primara de Palacios, 21
años, donde han ido hasta ahora los pocos niños que había en el pueblo. La
planta alta de residencia del profesor se ha utilizado hasta no hace mucho años
como vivienda que alquilaban los vecinos del pueblo. La planta baja acogía hasta
hace pocas semanas el consultorio médico, pero antes fueron aulas separadas para
los alumnos y las alumnas.
El inmueble se conserva bien en su estructura porque era un edificio de dos
alturas en piedra, de buena construcción y rematado en pizarra. Se construyó
hacia el año 1925. Tal vez el ser de piedra del país, nunca mejor dicho porque
la cantera estaba en Rosinos el pueblo de al lado, le ha ayudado. Hasta
comienzos de la década de los veinte para conocer las primeras letras no había
una escuela propiamente sino que niños y adultos se reunían donde podían «y para
saber cuatro letras tenían que encender una lumbre para no pasar frío», relata
un afincado de Santiago que lo oyó se sus padres. Tal vez cunda el ejemplo de
Rosinos, donde se están rematando las obras del club social. |