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La arquitectura "republicana".
La de la II República fue "una época de fuerte crisis económica, lo que provocó
que se construyera menos, aunque las circunstancias impidieran la asimilación en
Sevilla, aún sin Colegio de Arquitectos, de todas las tendencias que se estaban
asentando en el resto del país, principalmente en Madrid y Barcelona", explica
María del Valle Gómez de Terreros Guardiola, catedrática de Historia del Arte de
la Universidad de Huelva y especialista en estudios de arquitectura
contemporánea, autora de Arquitectura y Segunda República en Sevilla, sexta obra
que el Patronato del Alcázar publica en el marco de su Aula para la Recuperación
de la Memoria Histórica, serie dirigida por Juan Ortiz Villalba. Se trata, según
Gómez de Terreros, de un libro que aborda "dos dimensiones entrelazadas:
explica, por un lado, la arquitectura en un momento determinado y, por otro,
cómo se vivió ésta en el ámbito cotidiano de la ciudad a través de edificaciones
significativas". Así, en una obra de lectura "accesible y amena", la catedrática
repasa los estilos que convivieron en aquella época y los nombres más
importantes. El resultado es una síntesis, explica, entre "la tradición, el
historicismo, las nuevas tendencias (la amplia aceptación de la escuela
racionalista, por ejemplo), el regionalismo y diseños intermedios".
José Galnares, Luis Gómez Estern, José Granados, Alfonso Toro, los Medina
Benjumea y Antonio Delgado Roig, explica, fueron arquitectos fundamentales para
que la modernidad se asumiera "plenamente". "No se produjo ninguna ruptura
radical con lo de antes, como tampoco la hubo tras el 18 de julio [de 1936]",
agrega. Para esa época ya se habían construido edificios como el mercado de la
Puerta de la Carne (1926-1929), de Gabriel Lupiáñez y Aurelio Gómez Millán.
Otros arquitectos afectos a la tradición "se adaptaron" a los nuevos tiempos con
brío, dice la autora, como Juan Talavera, José Espiau, Lupiáñez y Antonio Gómez
Millán. Para Gómez de Terreros, los edificios Ybarra y Aurora, Villa Moya, Casa
Lastrucci, las viviendas traseras de la plaza de toros y el Instituto Anatómico
forman parte del legado arquitectónico más valioso de aquellos años, fértiles
para este campo en Sevilla, pues, argumenta, dado que los profesionales se
titulaban en Madrid y Barcelona, aquí sus manifestaciones estuvieron "al mismo
ritmo y nivel que en el resto del país".
No se excluyen del volumen ni la quema de edificios religiosos (entre ellos las
capillas de San Julián y San José, "restauradas inmediatamente") ni la
"manipulación ideológica" de la arquitectura, capítulo en el que la autora
aporta numerosos ejemplos, como el uso del Palco del Príncipe de la Maestranza
(reservado para la monarquía) por parte de Diego Martínez Barrio, presidente
interino de la República, y Lluís Companys, homólogo del sevillano en la
Generalitat catalana; la demolición de parte del cementerio que ordenó el
alcalde Fernández de la Bandera en 1931 para eliminar la tapia que separaba el
cementerio civil del católico; o el bombardeo de fuerzas de artillería que
destruyó Casa Cornelio (en cuyo solar de levanta hoy ahora la Basílica de la
Macarena, construida durante la posguerra), taberna maldita por ser considerada
un foco de conspiradores obreros, comunistas y sindicalistas. |