Arquitectura catalana


   


 Arquitectura catalana en Fráncfort.

No ha quedado demasiado claro si la Feria de Fráncfort ha invitado a la literatura catalana o la cultura catalana. Dado que es una feria de libros, parece más acertado el primer supuesto, pero –no sé si por generosidad o por reforzar positivamente la ambigüedad– también participan algunas muestras culturales que no son literarias. Sobra decir que conviene aprovechar cualquier ocasión para explicar al mundo –o a un trozo del mundo– cómo marchan los diversos temas culturales en este rincón del mundo que aún va tirando alrededor de Barcelona y al que, de vez en cuando, le conviene un poco de aire fresco. Una de estas muestras es una exposición de arquitectura catalana en el Deutsches Architekturmuseum (DAM). Solo conozco de ella el libro que hace las veces de catálogo con un título que resulta, como mínimo, inquietante: Construccions Patents. Nova arquitectura feta a Catalunya (Actar). Es un documento que por sí solo ya sugiere comentarios en uno u otro sentido.

La idea es buena. Me parece bien que la intención fundamental de la muestra no sea hacer una simple antología neutra de la actualidad o de la historia reciente solo con el criterio de calidad o de referencia. Seguramente, había que exponer esa especie de arquitectura que más podía inquietar a un público europeo no especializado, ofreciendo un grito de modernidad atrevida, excepcional y a la vez genuina. Este grito de modernidad habría podido apoyarse, por ejemplo, en la intención y el contenido de los temas, los usos, las maneras de producción y sus consecuencias sociales y políticas. Pero es lógico –dadas las circunstancias– que los organizadores hayan elegido otro camino, más adecuado a los fugaces medios de una muestra que debe llamar la atención pública y explicar algo convincente en pocos minutos.

El camino elegido fue dar prioridad a los inventos formales, el elegante exabrupto visual, la imagen insólita, innovadora, repleta de sofisticadas preocupaciones estéticas. Este sería un camino discutible si quisiéramos análisis más disciplinarios o más relacionados con los entornos sociales. Pero, para dejar claro que no eran estas las intenciones, los organizadores, en lugar de argumentar sobre la realidad completa y más o menos unitaria de las obras, lo han hecho sobre los gestos formales, observados como invenciones casi aisladas del discurso arquitectónico. FERRÉ, SALAZAR y Devesa lo dejan muy claro en las primeras páginas: “Estos proyectos y experiencias conforman un catálogo de exportación de soluciones arquitectónicas, en las que los protagonistas no son los mismos edificios sino los fragmentos, prototipos y patentes. Si existe una forma en la que la experiencia personal puede encontrar un camino hacia mercados más amplios, es por medio de las ideas patentadas”. De acuerdo con estos criterios, el catálogo se divide no temáticamente ni estilísticamente, ni en referencias ambientales, sino según los distintos sectores en que la forma actúa como protagonista: la estructura –cuando esta se adecua a un lenguaje autónomo y patentable–, la piel envolvente, el hábitat y el paisaje.

Es sintomático que la piel absorba por sí sola un capítulo tan importante, recogiendo –claro está– el eco de una tendencia general de la arquitectura de los últimos años que quiere superar las dos tradiciones polémicas de la modernidad –la volumetría y la espacialidad–, acudiendo al nuevo paradigma de la arquitectura dermatológica. Todo cambiará y todo evolucionará, pero, de momento, las obras más representativas, más de moda y de mayor éxito de los últimos años, suelen ser diseños que declaran la autonomía de la superficie exterior, es decir, de la piel y sus llamativas texturas. NO SÉ SI demasiado influidos por las modas formales, los inventos catalanes –¡patentables!– aportarán grandes novedades ni revoluciones serias al panorama cultural de la arquitectura y si, en cambio, serán considerados solo caprichos resultones, cultos y atrevidos, importados desde el país de Gaudí y Jujol.

Esperemos que, con esta promoción de patentes, logremos además de ventajas mercantiles, atraer la atención internacional hacia la producción cultural catalana. Pero deseemos que esta vocación mercantil no haga disminuir, más aún, los dos valores que explican la diferencia entre la arquitectura y el comercio inmobiliario: la cultura y el servicio social. Pese a todo, este catálogo se puede leer también como un resumen de la arquitectura catalana, siguiendo los rasgos sintomáticos de los arquitectos de las dos o tres últimas generaciones, elegidos, naturalmente, con un criterio exposicionista y con unos prejuicios críticos bien estructurados. Aunque no hay que pensar que toda nuestra arquitectura se ha hecho y se hace solo con pieles estrujadas bajo vendavales metafísicos, con explosiones de luminarias teatrales que evocan –dicen– el trencadís modernista, o con rupturas formales y funcionales copiadas de otras vanguardias plásticas. La rotura y la desviación þno es precisamente el rasgo característico de la arquitectura catalana. Lo es –eso sí– de un sector generacional en todas partes. Un síntoma, por lo tanto, ni demasiado nuevo ni demasiado genuino, pero muy de moda. Colaborado por Pedro markez, Autor original: Arquitecto ORIOL Bohigas.


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