Negacion del espacio | Historia de la arquitectura | Arquitectura & Construcción

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 El espacio

  LA NEGACIÓN DEL ESPACIO URBANO COLECTIVO, O EL CONTROL POLÍTICO DE LA CIUDAD. LA LUCHA POR EL CONTROL DEL ESPACIO. En estas páginas pretendemos llamar la atención sobre cuatro aspectos que nos parecen esenciales en relación con el papel que juega actualmente el espacio urbano en la configuración de las condiciones de existencia del conjunto de la población de los países latinoamericanos. En primer lugar, el desarrollo histórico de los países de Latinoamérica presenta, en la hora actual, un panorama político en el cual resalta el carácter marcadamente urbano del contexto en el que se ubican los elementos más relevantes de la lucha de clases del continente: Lo que hemos dado en llamar la urbanización de la lucha de clases en estas formaciones sociales. Este hecho ha dado una nueva ubicación al papel que juega el espacio urbano como instancia social, la cual ha llevado a que en la práctica su importancia se defina más allá del mero contexto económico planteado por la renta urbana y las luchas por su consecución. Creemos que lo que ahora fundamenta el papel preponderante del espacio urbano, en el contexto general de los conflictos de esos países es sobre todo su ocupación y apropiación, es decir, el control real que las diferentes clases sociales tienen sobre él, tanto en su dimensión propiamente espacial como en su connotación cultural y por tanto política. En la lucha que diferenciadamente se libra por ese control, en la cual, al menos en Colombia, el régimen aún mantiene su supremacía, podría encontrarse una respuesta parcial (pero esencial) a la inquietud sobre las deprimentes condiciones de existencia que tiene la mayoría de la población de este país, no solamente en relación a sus aspectos físicos y fisiológicos, sino fundamentalmente a los de carácter político, ideológico y psicológico.

En segundo lugar, la lucha por el control sobre el espacio no es, ni mucho menos, un hecho aislado y accidental. Muy al contrario, desde el principio ha estado presente en la mirada estratégica de los sectores dominantes del régimen, los cuales (tal es el caso de Colombia) la han dirigido muy eficazmente durante todo el proceso de urbanización. En tercer lugar, la forma como se ha implementado la acción del régimen ha creado de hecho una situación muy conflictiva para la mayoría de la población de este país, pues, contra todo, los sectores dominados aún presentan una alternativa de ocupación urbana que no ha sido aniquilada aunque, como en casi todos los países del área estén tácitamente a la defensiva por el momento, En cuarto lugar, y a manera de conclusión, se plantea en tale circunstancias la evidencia de que en Colombia (y sospechamos que en la mayoría de los países latinoamericanos) en términos de la importancia del espacio citadino, en la coyuntura actual, no se trata exclusivamente de la negación sistemática del acceso a la propiedad privada sobre el terreno urbano ocupado por los sectores más pobres de nuestra población, sino de la nueva dimensión que plantean las luchas que continuamente tienen que librar dichas clases sociales por vivir libre y autónomamente en los centros urbanos y por consolidar la apropiación cultural y vital del ambiente ciudadano que construyen. ¿Qué papel juega y qué lugar ocupa en este contexto la disciplina de la planeación urbana, en tanto instancia organizadora de la utilización espacial y como alternativa de contribución a la creación de un medio ambiente, que eleve las condiciones de vida de ese gran número de habitantes latinoamericanos? Es la pregunta que planteamos al final de estas notas.

ESPACIO URBANO Y CONTROL POLÍTICO. unque en términos estrictos la escala que define la espacialidad latinoamericana, tanto en el ámbito continental como en la particularidad de cada país, sigue siendo la regional (expresada en la división que todavía se hace entre el mundo rural y la presencia consolidada de lo urbano) el desarrollo histórico del capitalismo en el continente, especialmente con vista hacia el futuro y basado en la experiencia contemporánea, tiende a marcar subrayadamente la importancia política y estratégica del control real que se tenga sobre el espacio urbano por parte de las diversas clases y sectores sociales en los cuales el mismo sistema ha dividido las poblaciones de las ciudades de Latinoamérica. No se trata de asumir simplistamente que los conflictos en el campo, tanto de índole económica como política y cultural, hayan sido superados y que por tanto habría llegado el tiempo de enfrentar los urbanos, sino más bien del reconocimiento de que la manera como el capitalismo se impuso y ha seguido sometiendo las formas' de producción y explotación rurales no capitalistas, contribuyó definitivamente a conformar un proceso particular de urbanización el cual, muy claramente en el caso colombiano, agudizó rápidamente y en forma por demás violenta las contradicciones propias de una conformación urbana enmarcada por el implantamiento de un modelo industrial agenciado y necesitado por el capitalismo dependiente, en momentos de una de las crisis mundiales más definitivas del sistema capitalista en el presente siglo (décadas del 30 y el 40). El proceso de proletarización (directa o indirecta) del conjunto de la población así agolpada en los centros urbanos latinoamericanos, rápidamente produjo, en especial en los países menos atrasados del área, un cambio cualitativo en el aspecto político que encontró y ubicó como su espacio de acción y de expresión al entorno citadino que estaba en gestación. Dicho cambio, en forma acelerada, confronto las estructuras de dominación política tradicionales y obligó a una transformación radical de ellas (a su refinamiento) por parte del imperialismo y de las clases dominantes de cada país. La escalada militarista, patente en los países que conforman lo que se ha dado en llamar el Cono Sur del continente, constituye la salida más extrema de la crisis y por ello mismo la más difundida; pero el importante papel jugado por la participación política de las poblaciones de los centros urbanos, en el mantenimiento de las “democracias representativas”, en los países miembros del Pacto Andino y también la nueva dimensión que muestra el peso específico que tienen los habitantes urbanos en las luchas actuales libradas por los pueblos centroamericanos, evidencian la inevitable urbanización de la lucha de clases en las naciones latinoamericanas.

La cuestión en este contexto va mucho más allá de determinar simplemente qué segmentos sociales tienen o no derecho a asentarse en tales o cuales sectores del entorno citadino y la coyuntura, en su desarrollo, ha obligado a que las contradicciones que se presentan por el verdadero control del espacio urbano —de su uso y su disfrute— encuentren su real ubicación en la lucha política. En el caso específico de Colombia, la necesidad imperiosa de dicho control por parte de las clases dominantes no ha sido nunca un elemento aislado del proceso total de la lucha de clases. Muy al contrario, la inquietud y el esmero de las clases dominantes de nuestro país por consolidar una dominación completa sobre el espacio urbano, que se constituía como el escenario indispensable de las nuevas formas de explotación, ocuparon desde siempre un lugar de preponderancia que aún se mantiene y que respalda la eficacia con que el aparato militar ha mantenido el control sobre cualquier tipo de manifestación reivindicativa levantada por los habitantes citadinos, especialmente después de los acontecimientos del 9 de abril de 1948. De otro lado, el refinamiento del aparato represivo se ha hecho indispensable porque lo que en realidad se agita en la población que se urbaniza no es el simple y limitado afán de lograr la propiedad privada sobre el terreno que se ocupa, o pretende ocupar, sino, muy al contrario, la posibilidad de materializar una nueva espacialidad: La ciudad, la cual en su conjunto tiende a rebasar los marcos del concepto burgués de propiedad, sobre la base de la socialización del espacio urbano. Ese proceso de socialización territorial comprende la configuración de la ciudad como un lugar a construir —y por tanto a disfrutar— a partir de una concepción del espacio esencialmente democrática y por lo mismo ajena a la camisa de fuerza de la zonificación capitalista. En pocas palabras, va mucho más lejos de la simple disputa por la renta generada por el suelo urbano y por este camino irremisiblemente choca con los intereses prevalecientes en estas sociedades. Desde esta perspectiva, el movimiento (cualquier movimiento) social y cultural urbano de la gran mayoría de los ciudadanos de Colombia, a los ojos de las clases dominantes y de su aparato represivo, es tendencialmente subversivo y por ello actúan invariablemente en el sentido de ganarse su control o al menos de evitar que su dirección quede en manos de los sectores populares.

Ello explica en parte, por un lado, la tendencia a reducir la presencia de espacio de disfrute colectivo autónomo en nuestras ciudades y, por el otro, la apelación recurrente que se hace a la zonificación y la planificación urbanas como los marcos metodológicos e institucionales que permiten sistematizar y racionalizar el control. En los dispositivos que a diario se implementan en nuestro país, es fácil notar la tendencia clara y precisa a no dejar un solo centímetro cuadrado del perímetro urbano sin el control garantizado del aparato policial del sistema; o más claramente, a no dejar uno solo de los rincones de la ciudad en condiciones que pueda ser controlada autónoma y democráticamente por los ciudadanos. Desde este punto de vista, la importancia política del papel que juega la ocupación del espacio urbano en el contexto general de la lucha de clases en Colombia, no radica solamente en el hecho, más o menos evidente, de que las clases dominantes se hayan apropiado de los sectores de las ciudades que la zonificación urbana (su subterfugio más preciado) les haya asignado como las mejores y que consecuentemente hayan confinado a las clases “menos favorecidas” en los peores terrenos de la urbe, hundiéndolos cada vez más en condiciones de existencia claramente lamentables. Se trata, más bien, de que incluso en aquellos terrenos, agobiantes por lo demás, el sistema dominante tiene la necesidad ineludible de garantizar el sometimiento ideológico y político de los habitantes y por tanto tiende a consolidar sobre ellos el control cotidiano sobre su forma de vida. Enseguida veremos cómo se materializa ese refinado despliegue represivo y su entorno político. (Colaborado por: Raul Nolasco Kipes, Argentina, Fuente: PLAN CONTRA LA RECREACIÓN DE LA CIUDAD )

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