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LA EXPULSIÓN DEL CIUDADANO
DEL ESPACIO PÚBLICO. Los resultados más importantes del movimiento
que generó y enmarcó el proceso de urbanización en Colombia y que signó desde el
principio las cualidades constitutivas del espacio urbano en las ciudades y sus
posibilidades lúdicas, creativas y culturales, fueron, por un lado, sacar al
conjunto de la población citadina del centro urbano, y, por el otro, expulsar de
la calle cualquier contenido que hubiese podido articular al nuevo ciudadano en
ciernes con el espacio que, desde luego, lo iba ya irremisiblemente a albergar
En efecto, apenas iniciado por parte de la población el movimiento
natural-social, espontáneo de su reconocimiento e identificación con el espacio
propiamente urbano de las ciudades en Colombia, por parte de las clases
dominantes se creó el programa y se montaron los mecanismos que, en su
funcionamiento, vaciaron de contenido colectivo la calle y los espacios públicos
de la ciudad y confinaron a la población en sus recintos privados, en sus casas,
lanzándola hacia las áreas residenciales, a los barrios. Las limitaciones de
espacio propias de una ponencia como esta impiden la descripción amplia de
aquellos programas y mecanismos pero sí podemos enunciar tres aspectos
fundamentales de tal estrategia.
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En primer lugar, la nada inocente presencia y mantenimiento
por más de una década continua (1948-1960) de la llamada Violencia que llevó al
país a un desangre que tiende a simplificarse en la muerte de más de 300.000
colombianos, pero que tuvo consecuencias antropológicas y sociológicas que
posteriormente incidieron claramente en la construcción de la ciudad colombiana
actual.
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Por otro lado la institucionalización eterna del Estado de
Sitio el cual, con pocas y cortas interrupciones, ha soportado la configuración
de Colombia en “un país de ciudades” durante más de 40 años.
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Finalmente, la rápidamente aceptada y fácilmente
institucionalizada vigencia de la Planificación Urbana como la máxima expresión
del orden que, según las clases dominantes, debían mantener y ejemplarizar los
centros urbanos de nuestro país.
Con base en estos delineamientos, desde sus inicios, el
centro urbano fue asignado a la función de administración y gestión de la pura
dominación no sólo económica sino sobre todo política; y de paso, se dejó al
ciudadano que no tenía más que ese título sin ningún espacio que lo
identificara, que le diera escala y le brindara arraigo. Por esto, las calles no
pudieron alcanzar a constituir un significado cotidiano, próximo, vital y
poético para los transeúntes: siempre cabía (cabe) la posibilidad de que el
gendarme apoyado en sus armas, se aproximara ordenando: “circulen, circulen!” o
que, como se volvió común desde hace 40 años en cualquier conglomerado
colombiano, “estén pidiendo papeles” de identificación. Por ello puede decirse
que en el Centro de Bogotá, de Medellín, de Cali o de cualquier ciudad del país,
el movimiento, la vida de la calle depende exclusivamente del ritmo que a su
función le'ha impuesto el desarrollo económico: Su frenesí alcanza el punto
culminante en las llamadas “hora pico” y se mantiene en latencia mientras el
comercio está activado. Pero a medida que la circulación de capital y de fuerza
de trabajo se retiran, a reponerse la última y rediseñar el conjunto del
funcionamiento el primero, la calle se vacía de gente y obviamente de contenido.
Así, en la noche la calle, especialmente la del centro de la ciudad, queda en
poder del lumpen y/o del policía (del Estado) que la cuida (no la protege pues
no vive en ella) para que al día siguiente sirva de escenario al mismo
movimiento del día que pasó. Esa soledad nocturna de los centros urbanos se
repite como soledad vespertina los sábados y toma también la forma de la
interminable soledad dominical característica de nuestras ciudades.
Casi no hay, por decir lo menos, sobre todo en sus centros urbanos, espacio para
el tiempo en el que la población no está directa o indirectamente sometida a la
producción de plusvalía. Por ello, encontrar en las ciudades colombianas
actuales un número apropiado de parques, paseos, bulevares, galerías, etc., en
los cuales se brinde a los ciudadanos la posibilidad segura simplemente de estar
es, al mismo tiempo, un recuerdo del pasado y una ilusión de futuristas. No hay,
en la sociedad colombiana, SITIO PARA EL ESPACIO lIBRE. Este proceso de
exclusión de la población de los lugares y espacios públicos tiende a confinar a
la ciudadanía trabajadora en sus lugares de empleo durante la “jornada de
trabajo”, a los estudiantes en los centros educativos en las “horas de clase”,
etc., y en las “horas de descanso” se pretende mantener a los ciudadanos
“recogidos en sus hogares”. Este proceso es otra manifestación de la tendencia
ideológica y política del capitalismo a privatizar todo el devenir social (lo
que, por otra parte, su propia estructura productiva tiende a socializar) por
ello su efecto no termina cuando logra, como resultado, vaciar las calles del
centro urbano y necesita sentar su presencia en los barrios aun que allí, en
términos estratégicos, su hegemonía todavía puede discutirse, especialmente en
aquellos que sirven de vivienda a los sectores sociales más sometidos. Ello es
así porque la búsqueda de un sentido lúdico en el espacio próximo a la vivienda,
en el entorno cotidiano y colectivo se da con mucha intensidad en los barrios
populares Al contrario de lo que ocurre en aquellos de las clases “medias”
quienes van aceptando, introyectando y asumiendo que la calle es un espacio
asignado a la circulación de vehículos, el cual sólo puede ser ocupado por el
ciudadano cuando a nivel institucional se ve convocado a ello (Paradas
militares, desfiles de caridad o turísticos y procesiones religiosas). Por su
lado las clases dominantes, cuyo espacio definitivamente es el privado, no
solamente consideran la calle algo ajeno al ciudadano sino que incluso —actitud
motivada esencialmente en el cuidado objetivo de sus intereses— la consideran un
lugar sumamente peligroso. Hay en los habitantes de los
barrios populares una tendencia a darle una gran poli funcionalidad a sus
calles: buscan en ellas, de acuerdo con las edades y con su ubicación
económico-social, el espacio para jugar, trabajar, divertirse, reunirse,
conocerse, intercambiar opiniones e incluso pelearse. De allí el gran dinamismo,
la extraordinaria actividad que presentan sus calles a los ojos del observador.
Para lograr tal riqueza cotidiana se utilizan constantemente los elementos
arquitecturales y urbanísticos que componen la calle: antejardines, andenes,
calzadas, escaleras, balcones, porches, aleros, terrazas, postes, lotes no
construidos aún, construcciones no terminadas, etc., desarrollándose así un gran
potencial artístico y cultural, en tanto colectivo. Este movimiento tiene una
presencia muy fuerte y es bien claro que su dinamismo se dirige hacia la
configuración de un medio ambiente ciudadano abierto al público, democrático y
colectivo. Lamentablemente en nuestro país tenemos que comprenderlo y analizarlo
en su potencialidad pues circunstancias históricas particulares no han permitido
que se configure definitivamente. Por el momento, lo que se nos presenta en
estos barrios son las prácticas de ocupación espacial que la población urbana de
los sectores populares ha logrado configurar en los 40 ó 50 años que como
habitantes de la ciudad llevan establecidos en ella; ese es un tiempo sumamente
corto y por ello no es pertinente, en términos históricos y culturales,
pretender que el conjunto de aquellas prácticas ya se hubiese consolidado en una
identidad urbana articulada, coherente y total. A la incidencia del tiempo
tenemos que agregar los efectos y remanentes de la forma como se dio en este
país el proceso de urbanización, los cuales marcaron muy violentamente la tarea
de los habitantes urbanos colombianos de construirse un entorno citadino. Tanto
por la forma como los primeros migrantes fueron expulsados de sus parcelas y
lanzados hacia los centros urbanos, como por los antecedentes históricos de la
producción del espacio urbano colombiano y por el ambiente político que vivía el
país en esos momentos, a los primeros habitantes urbanos colombianos,
especialmente los más pobres, que son la mayoría, se vieron atrapados entre
muchas formas de violencia: tanto tras de sí, empujándolos desde las zonas
rurales, como al frente, en su lucha por configurar un hábitat.
Todo esto marcó con un signo agresivo y por ello, en términos cultura les, de
manera negativa tanto las formas de ocupación del espacio como la posibilidad de
crear una cierta calidad espacial urbana, la cual necesariamente, en tanto
realización artística, requiere de un tiempo en el cual colectivamente se vayan
desenvolviendo todas estas angustias y deseos autodestructivos. A estos
desarrollos que en términos del problema de la construcción de una cierta
calidad de espacio colectivo como el urbano nos parecen los más esenciales, hay
que agregar lo que rodea y determina la posibilidad física, económica y material
de la misma construcción. En este sentido las circunstancias de deterioro
constante y expansivo de las condiciones de existencia de la población urbana
del país, atentan en forma irremisible contra el deseo de utilizar los elementos
constitutivos formales y de composición que podrían generar un ambiente y una
morfología espacial que ayudara a enriquecer las existencias de la oblación que
los habita. Contra esto, sin embargo, lucha constantemente el inconsciente
artístico colectivo y con todo, logra crear una espacialidad que en muchos casos
alcanza niveles de belleza que sólo la creatividad logra configurar. No
obstante, hay que decirlo, eso se hace a pesar de las condiciones adversas y por
otro lado la persistencia de la situación estrechamiento económico ya empieza a
mostrar la casi imposibilidad de construir calles en las cuales las habitaciones
que la encierran tengan algo más que las aberturas ( indispensables para entrar
y salir de ellas. Además de que en la calle (La Comuna Nororiental de Medellín,
350.000 habitantes, es una buena radiografía de su transformación física) a
través del tiempo ya dejaron de aparecer antejardines, incluso andenes, y las
calzadas en sus especificaciones han llegado a reducirse a lo “estrictamente
necesario”, sin contar con sus condiciones de pavimentación. (Colaborado por: Raul Nolasco Kipes,
Argentina, Fuente: PLAN CONTRA LA RECREACIÓN DE
LA CIUDAD ) |