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Bloques de mármol unidos con plomo
fundido constituyeron el resto del edificio, de forma octogonal
sobre una plataforma de base cuadrada, hasta alcanzar una altura
de 134 metros. Sobre la parte más alta se colocó un gran espejo
metálico para que su luz no se confundiera con las estrellas.
Durante el día reflejaba la luz del sol, y por la noche
proyectaba la del fuego a una distancia de hasta cincuenta
kilómetros. Un terremoto lo derribó en el siglo XIV, y
ochocientos años después de su construcción, el califa Al Walid
pasó a la historia tanto por su codicia como por su ingenuidad,
al hacer derribar los restos del faro con la esperanza de
encontrar bajo sus cimientos un inmenso tesoro escondido. |