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Estamos en a mediados del siglo VI a. de C.,
y gobierna el rey Nabucodonosor II, el más famoso de todos los
del mismo nombre. Además de un gran guerrero y conquistador, Nabucodonosor es también un gran arquitecto: la ciudad rebosa de
construcciones monumentales. Sin embargo, algo se echa de menos
en esta majestuosa ciudad: todo es demasiado llano, demasiado
rectilíneo. Si subimos lo suficientemente alto, veremos toda la
ciudad de un vistazo. Esto entristece a Amytis, la esposa de Nabucodonosor. Ella es una princesa meda, y se crió en montes y
colinas exuberantes de vegetación. Esta tristeza disgusta al rey.
¡Él, que ha vencido en todas las batallas, que ha levantado de
la nada una ciudad impresionante, no consigue devolver la
alegría a su esposa! Eso no puede ser. ¿Amytis echa de menos sus
colinas? Pues no faltaba más: el se las construirá. ¿Acaso no es
el más famoso constructor de su tiempo? En seguida ordena traer
grandes piedras, pues los ladrillos utilizados normalmente no
resisten bien la humedad. Así, edifica una serie de terrazas
escalonadas en las cuales deposita la tierra necesaria y empieza
a plantar árboles, flores, arbustos, etc. También construye una
máquina semejante a una noria que transportará el agua desde un
pozo hasta los jardines para regarlos. En poco tiempo, éstos
rebosan de vegetación, y las copas de sus árboles se divisan
incluso desde fuera de las dobles murallas de la ciudad. Nabucodonosor ha conseguido crear un aparente monte cubierto de
verdeante vegetación. Sobre los jardines colgantes existe
también una leyenda, que sitúa la fecha de su construcción cinco
siglos antes, a finales del s. XI a. de C. Según esta leyenda,
es la reina Shammuramat, llamada Semíramis por los griegos,
quien construye los jardines. Shammuramat gobierna el imperio
asirio como regente de su hijo Adadnirari III, desde la muerte
del rey Shamsidad V, y además de construir los jardines
colgantes, conquista la India y Egipto. Termina sus días
suicidándose a causa del dolor que le produce descubrir una
conjura contra ella urdida por su hijo. Algo trágico... como era
de esperar en una leyenda, sobre todo teniendo en cuenta que
fueron los griegos quienes la recogieron. En el año 539 a. de C.
los persas conquistan Babilonia, y ello provoca su decadencia.
La población va menguando y, para cuando Alejandro Magno visita
la ciudad (sobre el 326 a. de C.) parte de ésta se encuentra en
ruinas. La destrucción definitiva tiene lugar en el año 126-125
a. de C., fecha en la que el sátrapa parto Evemero conquista la
ciudad y la incendia. Desde entonces no quedan más que las
ruinas a orillas del Éufrates. |