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Este reducto del Imperio inca, acerca de cuya
historia se desconocen muchos datos, pervivió aislado tras la
invasión española gracias a la inaccesibilidad que le
proporcionaban las altas cotas de la cordillera andina en las
que estaba ubicado. La foto muestra la distribución urbanística
de esta antigua ciudad, de la que han pervivido restos de más de
150 edificios que incluyen desde viviendas hasta centros
religiosos en los que sus habitantes adorarían a las distintas
divinidades incaicas.
LA MONTAÑA VIEJA. En sus primeras expediciones por los
Andes, Hiram Bingham, oyó hablar de una ciudad perdida, al
noroeste de Cuzco, que los conquistadores nunca habían
conseguido encontrar. Bingham siguió muchos senderos, pero al
final de ellos sólo encontró chozas en ruinas. Durante tres días,
mientras los indios iban abriendo un camino por la selva, fueron
subiendo trabajosamente por sendas casi impracticables. Una
mañana apareció en su campamento un campesino que les refirió un
relato sobre ciertas ruinas que yacían en la cima de la montaña
al otro lado del río. El 24 de julio era un día frío y lluvioso,
y los compañeros de Bingham estaban exhaustos, sin ánimos de
continuar la ascensión. Bingham, que no tenía muchas esperanzas,
logró convencer al campesino Melchor Arteaga y al sargento
Carrasco para que le acompañaran. Primero cruzaron el río,
mediante un frágil puente construido por los indios y atado con
ramas. Después, subieron la ladera a gatas. Por fin, después de
una ascensión agotadora de más de 700 metros, llegaron a una
choza de paja, donde dos indios que allí había les ofrecieron
agua fresca y patatas hervidas, y les dijeron que justo a la
vuelta había unas viejas casas y muros. Bingham dio la vuelta a
la colina y se quedó maravillado con el espectáculo que tenía
ante sus ojos. Primero vio cerca de cien terrazas de piedra
escalonadas, admirablemente construidas, que medían centenares
de metros: Una especie de granja gigantesca que cubría la ladera
y se alzaba hacia el cielo.
Todo ello se encontraba medio oculto
por un espeso entramado de árboles y matorrales, infestado de
serpientes. Uno de los descubrimientos más importantes realizado
por Hiram Bingham, fue el hallazgo de los muros de una mansión,
primorosamente tallados, que tienen tres ventanas que miran
hacia el sol naciente, tal como la legendaria casa real de donde
se dice que partió el primer inca para fundar su dinastía No se
sabe cuántos siglos antes, ejércitos de albañiles habían
construido estos muros, cortando las rocas y transportándolas a
mano. Otros tantos obreros habrían llevado hasta allí, quizás
desde el valle inferior, toneladas de tierra, para convertir
aquel lugar, que aún hoy es fértil, en cultivable. Detrás de las
terrazas, parcialmente escondidas por la maleza, había más
maravillas. Tal vez la mayor joya arquitectónica que encierra Machu Picchu, sea su conjunto de muros inclinados. En lo alto de
la ciudad, donde se cree que los incas rendían culto al Sol, los
distintos templos, que constituyen uno de los ejemplos más
admirables de sillería primitiva que existe en el mundo,
representan el trabajo de generaciones de maestros artesanos. No
hay dos piedras iguales; cada una fue tallada para ocupar un
determinado lugar, con ángulos caprichosos y protuberancias
meticulosamente labradas que encajan unas con otras, como si se
tratara de las piezas de un rompecabezas. En diversos puntos
arrancan escalinatas laterales. Algunas escaleras de seis, ocho
y diez peldaños, que conducen a un palacio, fueron talladas con
su balaustrada de un solo bloque de granito. Nuestros
únicos conocimientos sobre su civilización nos llegan a través
de las crónicas escritas durante la conquista de Perú, pero en
ninguna de ellas se menciona nada sobre esta fortaleza Inca, lo
cual demuestra que los conquistadores nunca llegaron a
descubrirla. |