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Dos de las condenas tuvieron gran
trascendencia en el desarrollo del pensamiento
occidental: Dios omnipotente, si así lo desea, puede
(a) mover el universo con movimiento rectilíneo y
(b) crear infinitos mundos. Estos enunciados
discuten dos puntos básicos de la teoría del espacio
de la física peripatética escolástica:
a.
Aristóteles
afirmaba la imposibilidad del movimiento de
traslación del universo finito debido a la
inexistencia de espacio fuera de él (Física IV, 4).
La primera condena hacía posible (más bien necesaria)
la existencia de espacio y de al menos de un cuerpo
fuera del mundo finito, ya que se consideraba válida
la tesis aristotélica de que todo movimiento
necesita de un cuerpo en un lugar fijo para
verificarse (Física IV, 10).
b. Con la segunda condena se intentaba evitar las
limitaciones que la arraigada cosmología finitista
aristotélica (común a casi todas las cosmologías de
la antigüedad) imponía a la divinidad.
Gracias a estos postulados muchos pensadores
pudieron afirmar sin temor a la Iglesia hipótesis
tradicionalmente consideradas imposibles en virtud
de la esencia de las cosas, por ejemplo, la
infinitud, homogeneidad e in-cualificación del
espacio extracósmico, la existencia de un espacio
vacío en acto, la pluralidad de mundos, etc.
Paradójicamente la noción teológica de un Dios
infinitamente poderoso liberaría a los espíritus del
cuadro finito en que el pensamiento peripatético
había encasillado el universo y abrió el camino a
Guillermo de Ockam, Nicolás de Cusa, Galileo
Galillei, entre otros, y al modo de entender los
conceptos de materia, tiempo y espacio en el mundo
moderno. Sin duda estos resultados no contaban entre
las intenciones del Obispo E. de Tempier, que no
estaba preocupado del alcance científico y
filosófico de sus postulados. Declaraba, simplemente,
que no se podía impedir a Dios, en nombre de las
necesidades esenciales del mundo griego, crear uno o
varios mundos, y lo declaraba en nombre de la
omnipotencia divina, como teólogo. Sea como sea, la
Condena de París consolidó un amplio proceso que
terminaría por romper la estructura del mundo tenido
hasta entonces como real, y que tuvo su
manifestación formal en la arquitectura renacentista. |