Nociones de calidad para una arquitectura parlamento.
Los maravillosos superpoderes del pop.0 Wolfgang Tillmans pasó de ser considerado el fotógrafo de moda del momento a ser uno de los artistas más valorados por los coleccionistas europeos con su serie de fotografías del Concorde1. Los últimos vuelos del artilugio del siglo XX, que cayó en desgracia por sus problemas de seguridad2 y por sus altos costes operativos, aparecían insistentemente retratados desde los jardines traseros de viviendas suburbanas de la periferia londinense, entre cuerdas con calcetines tendidos y barbacoas en periodo de hibernación. ‘Puntos de vista no privilegiados’, en palabras de Tillmans3, muy diferentes a las imágenes publicitarias del avión que todos recordamos; y sin embargo eficaces para presagiar su inminente desaparición. Tillmans era ya conocido por fotografiar a Kate Moss anoréxica y sobremaquillada, preparada para un fin de semana de clubs techno y evasiones químicas. Una adolescente que presumiblemente no había leído a Keats, pero podría haber crecido con las Spice Girls, persiguiendo su chemical romance. Él mismo, junto a Chris Cunningham, Matthew Barney, Bjork o el para nosotros próximo Rem Koolhaas pertenece al grupo de Hampstead. Esos creadores mediáticos que pasan el fin de semana en Londres para desplazarse a trabajar a Rotterdam o Berlín a mitad de semana. Representantes ricos y famosos de los anhelos de movilidad y romance deslocalizado de los jóvenes de clase media de la big-banana4. Que, con la aparición de las compañías de bajo coste, esas que reclutan a su personal de vuelo entre las compañeras de fiesta de Moss y nos hacen correr para conseguir un asiento con ventana, ahorran su sueldo, como dependientes de fin de semana en H&M, para pasar unos días con sus amigos erasmus o asistir a una sesión de house y cristal con Erick Morillo en Berlín. Digamos que el futuro ya no es lo que era.Algo hace que las prioridades que excitaban a los promotores del Concorde, su concepción del bien común, el papel que reservaban a la tecnología en el proceso de construcción de la sociedad, ya no convenza del todo. Lo propio de la modernidad no fue la revolución sino la explicitación.5 Y en estos momentos de revival débil de lo moderno6 la forma de describirnos, de medirnos, de evaluarnos, de definir objetivos -definir qué es deseable- y de reconstruirnos en ellos; -o dicho de forma rápida: eso que los expertos de marketing y producción llaman ‘calidad’- ha cambiado ligeramente. El Concorde era un sueño de optimización tecnológica, el canto del cisne de una cultura de expertos que sobrevolaba tendederos superando la velocidad del sonido, sin darse cuenta de que mejorar la calidad no consistía únicamente en aumentar la velocidad, sino en convertirse en punto de paso obligado de una sociedad con deseos un poco menos vistosos pero en absoluto banales. Este ejemplo ilustra en mi opinión uno de los grandes desafíos a los que arquitectos europeos nos enfrentamos en la actualidad. Un desafío que nos ha hecho perder la coherencia crítica de considerarnos continuadores del legado de Schinkel, van der Rohe e incluso van Eyck. Que nos hizo creer que era posible contextualizar críticamente el objeto arquitectónico -describirlo, hacerlo visible, medirlo, evaluarlo, publicitarlo-, en una larga conversación entre colegas. Durante un tiempo, ese paréntesis que muchos han llamado modernidad, nos hemos convertido en una especie de club de filatelia, desde el que contemplábamos cómo se construía el mundo de las cosas que importan;7 mientras nosotros por otro lado pasábamos del contextualismo a la deconstrucción y del minimalismo a los volúmenes evanescentes. Una lógica profesional que en España nos ha hecho testigos de cómo las formas novedosas de interacción humana se fugaban a espacios públicos virtuales como flikr.com o eventos efímeros, como las campus-parties o el Festival Internacional de Benicàssim. Que con éxito de convocatoria han conseguido lo que las ciudades de rotondas, manzanas de viviendas protegidas y costosos edificios singulares parece que están lejos de ofrecer.
Un desafío que hace recomendable intentar actualizar un poco los productos arquitectónicos y el contexto crítico con que los equipamos. Una aventura para la que tenemos escasas referencias propias, pero para lo que sin duda contamos con eso que podríamos llamar los ‘maravillosos superpoderes del pop’.8 Arquitectura de escrutinio. Arquitectura resiliente. Propongo empezar con una visita al supermercado, y a su, ¿por qué no?, sabio y magnífico juego de volúmenes bajo la luz fluorescente. Cuando la cadena de tiendas de alimentación Wal-Mart -la primera compañía en el mundo con un volumen de ventas de 288.000 millones de dólares estadounidenses en el 2005 (3.000 millones por delante de British Petroleum)9 entró en el mercado británico en 1999 muchos pensaban que en poco tiempo se posicionaría como líder de ventas. Sin embargo, Wal-Mart salió mal parada de la competencia con un rival local, la cadena de grandes superficies y tiendas de conveniencia Tesco, que desarrolló en ese momento un dispositivo de interacción con sus compradores que, para muchos de los analistas de mercado que han estudiado el caso, no sólo le permitió resistir la competencia de Wal-Mart, sino que hizo posible un incrementó de dos puntos porcentuales en su cuota de mercado, hasta alcanzar el 31% de las ventas globales del sector en el Reino Unido.10 El dispositivo no era otro que la primera de las ahora omnipresentes tarjetas de fidelización: el Clubcard, que en la actualidad cuenta con más de doce millones de afiliados en el Reino Unido. Que, a cambio de un pequeño descuento, permiten a Tesco almacenar, junto a sus datos personales, el registro de la evolución de sus compras. La selección de productos y su disposición en el espacio de venta, pueden adecuarse cada semana a las necesidades y expectativas de los potenciales compradores. Cuando los responsables de marketing de Tesco descubrieron que sus clientes paquistaníes no compraban arroz ni especias en sus establecimientos -preferían hacerlo en comercios especializados regentados por miembros de la comunidad paquistaní-, decidieron ampliar la oferta de productos vinculados a los hábitos de estos clientes. Y aunque no consiguieron modificar sus pautas de consumo, pudieron detectar cómo aumentaban las ventas de estos productos entre estudiantes; que convivían con los paquistaníes en los mismos barrios y eran aficionados a cocinar recetas exóticas. Probaron a introducir productos mejicanos, chinos y japoneses próximos a los estantes de vino -producto mayoritariamente consumido por los estudiantes- incrementando la cuenta total de los estudiantes en dos puntos porcentuales.
En mi opinión el caso de Tesco permite avanzar las siguientes reflexiones.11 En primer lugar: frente a la ilusión de certidumbre de los complacientes seguidores de Neufert o la de los que creen que su trabajo consiste en resolver problemas fáciles de detectar, es posible practicar una laboratorización de los objetos arquitectónicos. Los deseos y expectativas de los compradores potenciales son desconocidos no sólo por los analistas de mercado, sino también por los propios consumidores; que somos incapaces de predecir cual será nuestra respuesta ante determinados estímulos. Hace tiempo que se demostró la limitada eficacia de la predicción de los comportamientos en entornos con estímulos diversos.12 Sin embargo sí es posible equipar una situación de incertidumbre con mecanismos de monitorización que permitan abordar una secuencia aproximativa de experimentos, a través de los cuales pueda ir adaptándose una infraestructura arquitectónica ante estados de necesidad y comportamiento cambiantes e imprevisibles. Como en los procesos de diagnóstico y tratamiento de enfermedades oncológicas, los límites de la acción son los límites de la descripción. O dicho de otra manera: la misma precisión que movilizamos en el registro de determinadas realidades dinámicas (aquellas que evolucionan en el tiempo y que evolucionan también por la interacción de diferentes actores) es la que podemos llegar a activar para intervenir en ella. Desde esta perspectiva el objeto arquitectónico adecuado para gestionar la incertidumbre no sería el objeto que nace optimizado, sino el objeto de escrutinio, que está equipado con dispositivos críticos que permiten la valoración continua de su funcionamiento y también la valoración de los efectos de las acciones, reversibles en nuestro caso, que sobre él se operan. El protocolo de acción propio de la cultura moderna: 1 A.- Diagnóstico elaborado por expertos y problematización de la realidad. 2 B.- Diseño ejemplar resolutivo. 3 C.- Puesta en escena. quedaría sustituido por: 3 A.- Instalación de dispositivos de monitorización. 4 B.- Ensayo de acciones especulativas. 5 C.- Evaluación preformativa. 6 B´.- Nuevos ensayos especulativos… La segunda reflexión tiene que ver con la adaptabilidad de los sistemas. El supermercado Tesco, a diferencia por ejemplo de un parque temático, es un entorno altamente adaptativo. No podríamos alterar el orden de las atracciones del Parque Warner, ni modificar, sin un alto coste, la distribución de energía en un sistema radial centralizado -como los asociados por ejemplo a las centrales nucleares dedicadas a la producción de energía eléctrica-. Pero sí podríamos, con no más de tres horas de trabajo, recolocar las latas de maíz donde antes estaban los ambientadores; o reconfigurar una red de distribución eléctrica (como las asociadas a los campos de aerogeneración) ante nuevas circunstancias. Adaptativo por lo económico de su constitución material (porque cuentan con una configuración blanda -usando el lenguaje de la economía ecológica podríamos decir desacoplada- que permite que acciones de poca entidad transformen estructuralmente sus posibilidades de uso). Y también porque, por seguir con el caso del supermercado Tesco, -por su configuración arquitectónica y por su inserción en una cadena comercial formada por centros de diferentes tamaños y ofertas- cuenta con situaciones redundantes y al mismo tiempo diversas. Tesco permite -como casi todos los supermercados que conocemos- múltiples posibilidades de recorrido gracias al sistema de estanterías paralelas (a diferencia de los modelos de recorrido lineal como los drive-through de los McAuto o los self-services de los comedores universitarios por ejemplo), dando la posibilidad de hacer recorridos erráticos, redundantes y en definitiva no optimizados, que hacen posible que la secuencia de utilización se dé en una gran diversidad de variaciones personales.
Y al mismo tiempo su inserción en un sistema de comercios que contiene situaciones diferentes, desde la gran superficie en la periferia a la tienda de conveniencia de barrio, incluyendo una diversidad de modelos de proximidad que favorece que aquello que no compremos en la gran superficie, terminemos comprándolo a la hora de la comida debajo de nuestra oficina. Lo que en términos propios de la teoría ecológica llamaríamos resiliencia (la combinación de diversidad y redundancia), la cualidad propia de los ecosistemas maduros que permite que, ante una catástrofe, puedan regenerarse.13 Si una variedad de pino no sobrevive al incendio otra sí lo hará y contribuirá a mantener suficiente humedad en el sustrato para que la próxima primavera germinen las semillas de las variedades desaparecidas. Propongo fijarnos ahora en las imágenes 5 y 6. Del matadero al supermercado, a la carne le ocurren muchas cosas. Se despieza, se corta, pero sobre todo, se etiqueta. Las bandejas que compramos en los supermercados llevan una pegatina informando del tipo de carne ofertada, su categoría, su procedencia, la fecha de caducidad y su peso. También nos informa de su precio total y el precio por unidad de peso. Junto a todo esto, aparece el nombre del supermercado, su licencia fiscal y un código de barras que permite que, con la ayuda de un lector óptico, podamos trazar algo de la historia del producto. La transparencia y la trazabilidad de los productos y de los procesos productivos se ha convertido en una de las prioridades políticas de la Europa que nos ha tocado vivir. La transparencia aparecía como una de las señas de identidad de la Unión Europea en el frustrado Tratado por el que se establece una Constitución para Europa.14 La arquitectura tiene algo de acción individual, pero también de esfuerzo colectivo. Las prioridades compartidas, aquellas preocupaciones que alcanzan la categoría de asuntos públicos, son los filtros a través de los cuales describimos, evaluamos y actuamos colectivamente en la realidad que nos rodea.
Puede que personalmente nos interese más el sabor de un filete, pero a los baremos personales sumamos un control de calidad sobre parámetros que, por un proceso de difícil rastreo -la formación de la opinión pública-, llegan a convertirse en aspectos sensibles, más o menos consensuados por una comunidad. Con el desarrollo del pensamiento ecológico, hemos llegado a ser conscientes de que incluso las acciones más íntimas, como ducharse, contribuyen a modificar el contexto colectivo. Diseñar indicadores y visualizadores para que los objetos del día a día nos permitan entender las implicaciones de sus funcionamientos; y también hacer posible que los no expertos participen en la toma de decisiones, con diseños que trasladen al punto de utilización parte de las decisiones que afectan a los asuntos sensibles para una comunidad, ha tomado en Europa una importancia política sin precedentes.15 Como demuestra el hecho de que la visibilidad que hace posible la evaluación colectiva de asuntos que consideramos públicos, se haya convertido en el caballo de batalla de muchos de los activismos políticos de vanguardia. 1964, es la fecha que habitualmente se atribuye al nacimiento del movimiento Comercio Justo en el marco de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo.16 Algunos grupos participantes propusieron sustituir la ayuda económica a los países pobres por un régimen de apertura comercial de los mercados de alto poder adquisitivo. Grupos de activistas de países desarrollados promovieron la creación de tiendas UNCTAD, que comercializarían productos del llamado Tercer Mundo en Europa, evitando las barreras arancelarias de entrada.
A partir de ese momento, empezaron a aparecer las llamadas tiendas Solidarias, en Holanda y luego Alemania, Suiza, Austria, Francia, Suecia, Gran Bretaña y Bélgica. En estos momentos hay organizaciones de comercio justo en Europa, Canadá, Estados Unidos y Japón con más de 3.000 tiendas solidarias. Pero ya en 1988 las organizaciones promotoras del Comercio Justo detectaron la importancia de operar allí donde las ventas se producían, en las redes de distribución de alimentos normalizadas -como nuestro Tesco-. A través del desarrollo de sellos identificatorios. Sistemas de etiquetado que expondrían que tipo de contextos sociales y medioambientales contribuían a formar los sistemas productivos asociados a los productos ofertados. Muchos de nosotros estamos ya acostumbrados a comprobar en qué condiciones viven las gallinas que ponen los huevos que compramos y compartimos la responsabilidad del productor cuando decidimos contribuir a la deforestación del Amazonas comprando café de grandes plantaciones sobre terrenos ganados a la selva.
Como explica Slavoj Zizek, 17 en la actualidad la sustitución de las ideologías compartidas, por redes de posicionamientos especializados de múltiples combinaciones (podemos ser de izquierdas pero preocuparnos poco por la ecología; podemos ser liberales pero tampoco nos molesta que adopten niños las parejas del mismo sexo) y el desmembramiento de las grandes instituciones de compacidad ideológica (si miramos con cierto optimismo, quedan cada vez menos sistemas totalitarios en nuestro entorno geográfico-cultural), ha dado una importancia novedosa a los dispositivos que extienden la democracia a la experiencia cotidiana. Aunque nunca hayamos sido modernos, 18 no hay más que ver los murales de Charlotte Perriand para ver que de alguna manera las vanguardias tenían algo de unidad ideológica y heroicidad ética. La posmodernidad mantenía una relación de desconfianza inteligentemente insustancial con las cuestiones éticas. Equipar los sistemas tecnológicos, las infraestructuras, la arquitectura y los objetos de uso cotidiano en general, con posibilidades para el posicionamiento ideológico de sus usuarios se ha convertido en la actualidad en una prioridad para los diseñadores interesados por la expansión de las garantías de representación democrática; que en general, mientras encontramos algunas mejores, solemos considerar deseables en las sociedades occidentales. Una relación diferente con la ética que nos separa por igual de modernos y posmodernos. La eficacia de medidas como la Operation Sillouetes del Programe Departemental Actions de Sécurité Rutiéne -que desde el 2000 ha reducido en casi dos kilómetros por hora la velocidad media de los turismos en la carretera nacional Béziers-Agde- mediante la colocación de siluetas negras que hacen visibles a las víctimas de accidentes de tráfico en puntos peligrosos de la red de carreteras nacionales francesa, o como los numerosos mecanismos para hacer también visibles las implicaciones medioambientales de los consumos energéticos de nuestras viviendas, nos permiten vislumbrar la importancia que empiezan a tener en arquitectura los códigos de visualización de las preocupaciones públicas.
Pero sobre todo nos permiten detectar la emergencia de nuevos paradigmas ideológicos. Probablemente las agendas de objetivos de los arquitectos hasta hace poco se definían exclusivamente en contextos también intradisciplinares. Contextos en los que la definición de lo deseable tenía más que ver con los retos planteados por la crítica especializada, que con las contradicciones e intereses contrapuestos de los individuos que forman la sociedad. Ahora algunos empezamos a ver que no sólo no es suficiente con atender ideologías exteriores a nuestra disciplina, sino que tenemos el nuevo rol de crear las infraestructuras para que posicionamientos individuales y la responsabilidad ética que conllevan (como decidir aumentar el riesgo de accidente, beneficiándonos de una reducción del tiempo de desplazamiento) se instalen en la esfera local del usuario. Porque si la carretera tiene algo de experimento que a todos nos afecta, entonces su escrutinio y su responsabilidad es necesariamente una labor colectiva. Probablemente, el nuevo rol de la arquitectura sea mediar en la contradicción, en el desencuentro, en el conflicto de intereses, para generar situaciones más o menos duraderas en las que, con ciertas garantías públicas, la diversidad resultante del encuentro de individualidades pueda construirse sin pasar por un consenso simplificador. Lo que a mí me gusta llamar una ‘arquitectura parlamento’. Asociado a los canales de responsabilidad vemos también como empieza a emerger un nuevo paradigma estético. La transparencia política ha venido a traer un nuevo protagonismo a la, denostada por la modernidad, figuración arquitectónica. Sólo hay que fijarse en el display de menús de McDonalds para ver cómo un paramento puede, en este caso a través de fotografías de estudio de los productos que ofertan, traducir a experiencias previamente vividas por un potencial usuario las posibilidades de interacción que ofrece un lugar. Y además facilitar los datos necesarios (nombre del producto, precio, ofertas…) para que el usuario pueda acceder a la experiencia disponible. Pero también podemos rápidamente consultar los valores nutricionales de los productos e incluso obtener información sobre las contribuciones de la Fundación Ronald McDonald a instituciones de caridad. Vemos ahora que lo que observamos, oímos, olemos y tocamos de los objetos arquitectónicos que producimos, puede convertirse en el vehículo para enrolar al usuario en el diseño y en la definición del comportamiento ético de un producto arquitectónico, haciendo por ejemplo presentes realidades invisibles o lejanas en el espacio o en el tiempo. La figuración arquitectónica, que durante mucho tiempo ha sido un campo para la especulación estilística, puede ser ahora el desencadenante de nuevas formas de interacción entre nosotros o traer nuevas formas de entender la arena política. Parties are the answer. Comunidad de demostración. Calidad es la sociedad construida. Pese a las indiscutibles ventajas que ofrecían los envases de plástico, en 1947 Tupperware no conseguía introducirse en el día a día de las familias estadounidenses.
Regalaron envases para el tabaco, para el queso o para el cepillo de dientes pensando que la experiencia directa permitiría a los potenciales compradores descubrir las bondades del producto por ellos mismos. Pero no fue así hasta que Brownie Wise dijo lo que todavía hoy es el lema de la compañía: ‘Parties are the answer’.20 A partir de ese momento amas de casa de todas las edades empezaron a organizar fiestas con sus amigas, en las que ellas mismas, u otra ama de casa más animada y con más tupper-experiencia, cocinaban y comprobaban en directo las propiedades de los productos del catálogo. La anfitriona recibía un regalo Tupper por organizar el evento y una comisión por los productos que sus amigas llegaban a comprar. En poco tiempo Tupperware se convirtió en la compañía líder en contenedores domésticos, y hasta los noventa sus productos se vendieron exclusivamente en fiestas en viviendas particulares. La imagen número 6 está tomada en una fiesta Tupperware. La anfitriona lanza un Wonderlier Bowl lleno de agua a una de las invitadas para comprobar la eficacia del sistema de sellado por presión digital. La estanqueidad no era un tema importante para la mayoría de las amas de casa, hasta que empezaban a ver volar cacharros con agua. Son muchos los estudios que han levantado testimonio de cómo los estándares de higiene, la durabilidad de los alimentos y la optimización de los espacios de almacenaje se incrementaron rápidamente en Estados Unidos con la red de fiestas Tupperware. La demostración directa, entre personas que ya se tenían algo de confianza, en entornos festivos (marketing demostrativo), pudo hacer lo que la publicidad y el marketing directo no habían logrado. Por otro lado, tras la imagen de mujeres objeto de sonrisa y rebeca de lana que tan nerviosas ponía a las teóricas del feminismo marxista, hay una comunidad de subversión emboscada en un mundo de machismo y cosechadoras. Las fiestas Tupperware eran unas de las pocas reuniones sociales a las que la mujer rural americana podía asistir con la aprobación de sus maridos. Y los beneficios de convertirse en presentadora Tupperware entraban dentro de eso que los sociólogos de estudios de género han llamado small money. Dinero que no forma parte de la economía regular de una familia. Era el dinero con el que se compraban cosas ‘innecesarias’ como una vajilla de fiesta o un árbol de navidad. El dinero que se ahorraba para enviar a un hijo a la universidad. El dinero para comprar tela para vestidos. Era en definitiva el dinero que no traería una rentabilidad directa, pero que permitía a las amas de casa rastrear deseos insatisfechos y colocarse en contextos diferentes a los del día a día. Dinero invertido en especulaciones arriesgadas. Lo que en cualquier organización empresarial llamarían inversiones en innovación. Una vez al año las presentadoras Tupperware más exitosas eran invitadas a la Convención Anual en Orlando.
Para muchas era la primera vez que volaban en avión, o que asistían a un evento de masas. La primera vez que podían experimentar la escala de las organizaciones industriales que había detrás de los productos que consumían. Las reuniones se convirtieron también rápidamente en la principal fuente de prospección para los diseñadores. El conocimiento que las presentadoras tenían de las compradoras permitía ajustar la oferta a las necesidades más especializadas. También detectar errores de diseño y plantear nuevos productos. El caso Tupperware demuestra cómo la calidad es uno de los materiales con los que se construye una sociedad. La calidad no es un dictamen, ni tampoco el criterio de un experto; es una red de confianza, una forma de depositar la elección en otras personas y en las experiencias que compartimos con ellas. Al mismo tiempo que las presentadoras Tupperware probaban la estanqueidad de un cacharro de plástico, compartían con sus invitadas experiencias en las que la estanqueidad se convertía en una cualidad importante. Transmitían tanto una perspectiva para ver el mundo, una prioridad, un indicador de que algo funcionaba, como narraciones de situaciones que entonces empezaban a ser posibles, como llevarse una sopa de tomate de picnic. Pero además formaban una red de personas que se fijaban en las mismas cosas, que llevarían sopa de tomate a los picnics y posteriormente se divertirían comentando cómo había resultado la experiencia con amigos que participaban en picnics similares. Una red que además podría en el futuro promover y difundir modificaciones de los criterios compartidos. ¿Qué tiene esto que ver con la calidad de la arquitectura? Propongo un pequeño cuestionario. ¿Ha sido la transformación de la M-30 -por no irnos muy lejos- eficaz en implementar los conocimientos técnicos de los madrileños (en materia de seguridad vial, o fluidez en el tráfico por ejemplo) como lo fue la red Tupperware en enrolar a sus compradores-vendedores en nuevas formas de higiene? ¿No depende la seguridad vial y la fluidez del tráfico en parte de la expertización de los madrileños? Otra pregunta: ¿en que medida la calidad de la solución final de la M-30 ha capitalizado las sensibilidades, experiencias y conocimientos acumulados por los madrileños como hacían los diseñadores Tupperware en las convenciones de Orlando?. Finalmente, ¿ha contribuido esta gran empresa a reforzar vínculos afectivos entre los madrileños? ¿Y a dotarles con culturas compartidas que funcionen como canales de cohesión y cooperación? Este es el desafío al que nos enfrentamos los arquitectos en estos momentos. Cómo pasar de un club de filatelia a contribuir a diseñar los vehículos para canalizar la complejidad de criterios, de estéticas, de creencias e ideologías que conforman la realidad.
Contribuyendo a construir un día a día experimental y escrutado. Un día a día cargado de diversidad, que haga visibles las preocupaciones públicas y en el que además existan oportunidades para el posicionamiento individual. Enrolando a los agentes afectados, de los usuarios a los promotores, de los administradores públicos al agujero de ozono en una red de calidad que contribuya a formar una sociedad diversa, representada en sus sistemas tecnológicos y garantista. No es una revolución, se trata simplemente de habilitar canales para que lo que está en un segundo plano pueda conectarse al primero.21 A esa esfera en que las cosas son visibles y en la que se toman muchas de las decisiones que importan. Esto no es una reivindicación tardo-hippie o un rollo sesentayochero. Como prueba el caso del Tesco Clubcard o el éxito de Tupperware, es además la forma de obtener rentabilidades, incluso económicas. Nada que no esté ocurriendo ya en muchos de los objetos que usamos cada día y que empieza a ocurrir con las infraestructuras, con las ciudades y también, aunque más despacio, con los objetos arquitectónicos.
Colaborado por: Contacto A. Jaque: oficina@andresjaque.com Versión última: 17.01.07 Artículo escrito para la publicación periódica ARQUITECTURA. Reconocimiento. Debe reconocer los créditos de la obra de la manera especificada por el autor o el licenciador. No comercial. No puede utilizar esta obra para fines comerciales. Compartir bajo la misma licencia. Si altera o transforma esta obra, o genera una obra derivada, sólo puede distribuir la obra generada bajo una licencia idéntica a ésta. http://creativecommons.org/licenses/by-nc-sa/2.5/ Andrés Jaque es arquitecto y profesor de proyectos en la ETSAM [Madrid. Como Tessenow Stipendiat, ha sido investigador residente de la Alfred Toepfer Stiftung [Hamburgo]. También ha sido profesor invitado de la Universidad Javeriana de Bogotá (Colombia), Escuela de Arquitectura de Alicante, de la Fundación Mies van der Rohe de Barcelona, de la Fundación Marcelino Botín, de la Escuela de Arquitectura de Valencia y de la Universidad de Castilla-La Mancha. Desarrolla una permanente labor crítica, ha publicado numerosos artículos en revistas especializadas e impartido conferencias en foros académicos y profesionales españoles e internacionales. Es además miembro permanente del grupo Young European Architects (Rotterdam) y del Programa de Estudios Internacionales (Bogotá). Desde enero de 2000 dirige la oficina Andrés Jaque Arquitectos, y desde el 2003 la Oficina de Innovación Política. Su trabajo ha sido premiado en numerosos concursos, publicado en revistas internacionales como Domus, A10 o Le Moniteur d’Architecture, publicaciones como ‘Architecture Tomorrow’ -Terrail. París. 2005- o ‘Emergence 4′- Editions Pyramyde. París 2005-, y expuesto en el Hellerau Festspielhaus de Dresde [Alemania], La Casa Encendida [Madrid], la 7 Mostra di Architettura de la Bienale di Venezia o la Bienal de Arquitectura Iberoamericana 2004 en Lima [Perú]. Su obra Teddy House ha recibido el Premio Grande Área al mejor proyecto arquitectónico del 2005 en Galicia y ha recibido el premio Dionisio Hernández Gil por la Casa Sacerdotal Diocesana de Plasencia que forma parte de la selección de la VIII Bienal Española de Arquitectura.
