Simplicidad voluntaria. un futuro previsible..
Solemos decir que se nos presenta un futuro incierto cuando presentimos que las cosas no han de salir del todo bien, o cuando algunos indicios nos hacen pensar que algo ha de cambiar.generalmente para mal. En la actualidad se anuncia un notable crecimiento de nuestro PBI pero a la vez la economía del mundo está empezando a desacelerarse pudiendo deducirse que habría un marcado encarecimiento de muchos elementos esenciales para el actual modo de vida, es decir que estamos ante la posibilidad de una baja en el nivel o estándar de vida promedio antes del próximo decenio. Esto no es algo deseable aunque esa baja este medida desde una visión material, con indicadores que no toman en cuenta aspectos como nivel de stress de la población, grado de felicidad o infelicidad, nivel de miedos, de preocupaciones..sino que relativiza la cuestión a un cierto número de parámetros físicos mensurables como nivel de ingresos, producción de acero, consumo de energía, etc. Es que el mundo se ha “achicado” y aún cuando para nosotros las cosas anden ahora bien el planeta dejó de ser esa sumatoria de países que fue en algún momento y lo que ocurra en sitios lejanos repercutirá tarde o temprano aquí también. Aunque esos pronósticos resulten cada vez menos dudosos, y el futuro en realidad no aparezca tan “incierto” podríamos transformar esa incertidumbre mirando las cosas por venir con una óptica diferente.
Por ejemplo en lugar de “cambiar de combustible” como algunos proponen como solución a la próxima crisis energética -que por arrastre podría convertirse en una crisis económica global- o en lugar de pensar que las energías alternativas nos permitirán continuar con el actual nivel de ineficiencia y despilfarro energético o peor aún antes de bregar por la energía nuclear como una inofensiva panacea que nos redimirá de tantos males, deberíamos replantearnos si nuestros modos de vida requieren realmente continuar así, con esta creciente dependencia del consumo. Este planteo no apunta a discutir qué tipo de energía habrá de sustituir a las actuales sino a que previamente se pueda reconvertir nuestro modo de vida que es en buena medida el causante de los desastres ambientales, y de la inequidad imperante en un mismo planeta. Hace ya casi medio siglo Richard Gregg acuñó el termino “simplicidad voluntaria” describiéndola como un modo de vida con un nuevo balance entre el crecimiento interior y exterior del ser humano. Todo esto me vino a la cabeza al releer un artículo que escribieran dos tipos (Elgin y Mitchell) en “The Futurist” en 1977, también relacionado con la simplicidad voluntaria, y ya en ese entonces la planteaban como una alternativa a la organización de la vida global-consumista que llevaría en solo algunos años a un creciente deterioro del medio ambiente, a una terrible desigualdad, a la inseguridad del sistema, a la fragilidad creciente de los sistemas cada vez más sofisticados de comunicaciones, y al crecimiento del terrorismo internacional!. En 1977!!!. En esencia la simplicidad voluntaria significa vivir de un modo simple, sencillo, pero más rico interiormente, lo cual ha de incluir consumir frugalmente, con un fuerte sentido del impacto sobre el entorno y el riesgo ambiental que nuestras acciones provocan, el deseo de retornar a residir y trabajar en ámbitos con una escala más acorde al hombre y con la intención de realizar nuestro potencial humano más elevado tanto psicológica como espiritualmente, estando en comunidad con otros.
Arnold Toynbee mencionaba que Buda, Jesús, Mahoma, Lao Tse y San Francisco de Asís, no coincidieron en su visión sobre cual es la verdadera naturaleza del Universo y de la espiritualidad de la vida, pero en cambio si fueron muy similares sus puntos de vista en sus preceptos éticos. Ellos coincidieron en que la persecución de bienes materiales por si misma era un objetivo errado, debiendo en cambio buscarse como prioritario el objetivo espiritual. Todos expresaron con diferentes formas de mensaje que mientras nuestros afanes persiguieran logros materiales exclusivamente, ello nos llevaría al desastre. Quienes vivimos en Tierra del Fuego no solo estamos en una isla, sino en una isla de clima muy frío cuyas implicancias no resultarían en verdad muy atractivas si en compensación no tuviésemos el fantástico marco natural que nos regala a diario el paisaje, y que de algún modo fue posiblemente uno de los factores que condicionó nuestra decisión de quedarnos aquí (a quienes nacimos en otras latitudes).- Vivir aquí en ocasiones se torna difícil, particularmente para quienes no disponen de ciertas comodidades como los servicios de infraestructura básicos, o que por razones económicas deben caminar a diario o esperar bajo mal tiempo algún transporte público. Muchos de ellos sin embargo están -posiblemente todavía porque no tienen otra alternativa y muchos no por elección propia sino por única opción- a la vanguardia de lo que podría ser en algún tiempo una forma de vida más generalizada. Es difícil para quien nunca vivió determinadas situaciones imaginar lo que se puede sentir viviendo de otra forma. En esto podría mencionar la enorme diferencia entre quienes deben a diario recargar un tanque de agua, o quienes deben calefaccionar su hábitat mediante sistemas que requieren de su presencia y su cuidado, que a la vez se traduce en la enorme diferencia de consumos, en comparación con quienes utilizan o consumen durante una sola afeitada tanta agua potable como la que usaría una familia durante casi una semana.! También es aplicable considerar que para casi todos, es natural movilizarnos por nuestra ciudad salteando charcos, esquivando pozos o cualquier obstáculo de la vía pública sin imaginar que ese mismo recorrido resultaría absolutamente imposible para una persona que tuviera alguna minusvalía física, extensible esto a tantas otras situaciones donde el común de los mortales olvida que no todos somos iguales.
Distinta resultaría la ecuación económica familiar de gran parte de la población si por ejemplo desapareciera el privilegio de contar con un subsidio a ciertos combustibles, dado que un subsidio en definitiva no deja de ser una ayuda o una aparente “quita” (y aparente porque en realidad alguien lo termina pagando) merced a un fondo que se conforma con el aporte solidario (muchas veces inconsciente) del resto de los habitantes del país; y sin llegar a plantear siquiera escasez de recursos o disparada de precios. A veces quienes elaboran reglamentaciones o leyes que regirán la convivencia a través del uso de los espacios públicos y privados, en definitiva quienes diseñan normativamente una ciudad y el tipo de vida que se de en ellas suelen ser personas que en su mayoría no van al trabajo a pie, no suelen estar embarazadas, no suelen tener serias discapacidades físicas, y suelen disponer de un nivel socio económico que les permite residir en áreas con todos los servicios básicos. Eso no es criticable ni es malo, pero evidencia cuan parcial puede ser nuestra mirada, que poco objetivos podemos ser en ocasiones, o que poca participación significativa tienen los que en definitiva participarán del resultado simplemente viviéndolo (o padeciéndolo según resulte) a diario. Esa distorsión me parece que es uno de los errores que aumentan la creciente desigualdad en nuestras sociedades. En un futuro será uno de los precios caros que se deban pagar cuando una sociedad como conjunto entienda y decida que hay que saldar cuentas. Mencione ex profeso el valor de nuestras comodidades, las implicancias de otro modo de vida y lo que podría llegar a ocurrir a no muy largo plazo, porque ya es un dato estadístico público y reiterado que muchos recursos se están agotando o degradando y quienes piensen que el Estado podrá seguir subsidiando creen en una ilusión que se desvanecerá en cuanto el problema impacte en centros urbanos densamente poblados y aparezcan reales riesgos de crisis de gobernabilidad por inestabilidad social.
Los cambios que se avizoran en los modos de vida a futuro serán obligados y profundos y más allá de lo que algunos puedan desear o imaginar tenderá a nivelar la sociedad hacia un escalón material más bajo del actual promedio, equiparando en muchos casos ciertos estándares de vida, pero inversamente a lo que ha venido ocurriendo históricamente es posible que impacte con mayor virulencia sobre quienes actualmente se encuentran en los estratos más altos - ergo: de mayores consumos- de la actual escala social. El modo en que ese impacto repercuta en todos nosotros dependerá en mucho del grado de conciencia que se tenga sobre lo que somos como conjunto, como sociedad, como país, pero sin duda podrá llegar a transformar nuestra visión de la vida y de los objetivos del vivir, por lo que si estamos dispuestos a cambiar sería bueno que no lo dejásemos para dentro de mucho tiempo. Si comenzamos simplificando nuestras costumbres al menos -si lo hacemos voluntariamente- podremos considerarlo una elección de vida y no un cambio forzoso.
Autor: Guillermo E. Barrantes Agosto 2005 Ushuaia Tierra del Fuego Republica Argentina ladobleb@gmail.com
