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Arquitectura de cristal. El restaurante de Fina Puigdevall en La
Garrotxa propone una noche en un hotel de vidrio y sobria decoración. Existe un
precedente. En la masía que Manel Puig regenta en Olot (Girona), la cocinera
Fina Puigdevall ha urdido un recetario complejo, pero de sabores reconocibles, a
partir de los productos de La Garrotxa. El comensal lo degusta entre unos muros
centenarios que acogen un comedor de absoluta vanguardia, donde se alardea de
riesgo lumínico (negro y dorado, acero y cristal) y la decoración es sobria
hasta el paroxismo. Es el triunfo del concepto sobre la imprevisión, surgido del
diálogo entre la mencionada pareja y el equipo de arquitectos locales RCR Aranda
Pigem Vilalta. Tan fecundas fueron esas discusiones que también surgió la idea
de levantar un pequeño hotel anexo, repitiendo las mismas premisas pero con más
riesgo. "Queríamos conseguir al máximo la sensación de exterior, pero es un
exterior-interior", explica Manuel Puig.
El planteamiento puede sonar enrevesado y en parte lo es: al principio cuesta
asimilar en donde se adentra el huésped. La recepción, bautizada como Preámbulo,
es un pequeño mueble negro sobre un lecho de tierra volcánica. Da paso, por
indicación de un haz de luz natural, a una pasarela metálica flanqueada por unas
láminas verticales de cristal esmeralda, dispuestas con diferentes orientaciones
para jugar con los reflejos. Escondidas entre ellas se abren las puertas de las
cinco habitaciones (pabellones los llaman ellos). Dentro, se pisa un suelo de
cristal que sobrevuela un primer piso cubierto de un sustrato de lava. Nos
recuerda de nuevo que La Garrotxa fue una comarca moldeada por las erupciones de
sus numerosos volcanes, hoy extintos.
Tonos verdes. Todo el cubículo es acristalado, de nuevo en tonos verdes. El
campo circundante y los árboles se adentran en la estancia, y es el Sol el que
lo ilumina. En medio queda una colchoneta que por la noche es cama y sirve
también de mesa y sofá. En el cuarto de baño sólo destaca una pila sin grifo -el
agua mana de la pared - y la ducha, con un lecho de cantos rodados. Llegado el
momento de dar las buenas noches, unas lonas cubren la habitación, sumiéndola en
la oscuridad, y por la mañana aguarda un desayuno rústico con mermeladas caseras
y longaniza de la zona. ¿Exceso arquitectónico? ¿Ambiente frío? Esa es la
primera impresión que también transmite el restaurante, pero desaparece según
aceptamos sus propuestas, enraizadas en la tierra, y en los pabellones el
protagonismo se cede al entorno de la masía, que arropa al huésped.
Fuente oficial:
http://www.eleconomista.es
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