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El Pantheon hizo época: con la luz de su
óculo cenital, de 8,92 m de diámetro, consagró para siempre en
arquitectura aquella luz apacible y difusa del atrio de la casa
itálica ancestral, que acendraba su encanto en las horas de los
crepúsculos. Su efecto tranquilizante recibe el apoyo de una
singular armonía de proporciones, que el visitante percibe aun
sin saber el secreto. Cuando se le dice que la altura a que la
cúpula se encuentra es exactamente la misma que el diámetro de
la rotonda (43,30 metros) empieza a percatarse de que tenían
razón los griegos al considerar que el secreto de la belleza
sensible estaba en el número.
El muro, a su vez, está
sostenido por un anillo de cimentación de 7,30 m. de espesor,
que después de hecho hubo de ser incrementado, como los muros
hubieron de ser entibados, por el este y por el sur, con
edificios anejos, aún en vida de Adriano. Las tres líneas de
imposta, visibles por el exterior del cilindro, delimitan los
tres sectores superpuestos que constituyen el verdadero muro, y
en ellos
los materiales de relleno se van aligerando de abajo a
arriba. La distribución de las cargas permite que en el interior
del cilindro puedan abrirse ocho nichos, uno ocupado por la
puerta y los otros siete en alternancia de rectángulos y
semicírculos, éstos en los extremos de los ejes y aquellos de
las diagonales. Dos columnas, de pavonazzetto en los nichos
semicirculares y de giallo antico en los rectangulares, cierran
los respectivos vanos. De cada una de las paredes de los macizos
intermedios, revestidas de mármoles incrustados, de una fastuosa
policromía, sobresalen edículas rematadas por frontones
triangulares o de segmento de círculo.
Entre este sector bajo el
muro, y el arranque aparente de la cúpula, corría un ático con
ventanas, que experimentó una sensible transformación en el
siglo XVIII. Hace unos años se restableció, en un tramo de dos
ventanas, el dispositivo original, conocido por dibujos, en el
que las ventanas, cerradas por celosías, estaban separadas por
cuatro pilastrillas que rellenaban el tramo intermedio. Cada
ventana se encontraba en la vertical del eje del nicho o de la
edícula correspondiente. Libres del entresuelo que hoy los cubre,
los nichos llegaban entonces hasta cerca del arranque de la
cúpula y recibían la luz indirecta que se filtraba por las
ventanas. La pared era, pues, antiguamente mucho más diáfana que
lo ha sido después, merced a esas ventanas superpuestas al
zócalo de la franja intermedia. Todo ello no pasaba de ser una
fachada, bella e ingeniosamente concebida, con la doble función
de ocultar todo el sistema de apoyos que mantenía en pie el
edificio y de no romper con la tradición de la arquitectura
arquitrabada: las columnas, las pilastras, las cornisas,
todo, por superfluo que fuese (como superfluas son, pues nada
sostienen, las hermosas columnas corintias de los vanos de los
nichos) significaba continuidad y respeto al brillante pasado de
la arquitectura, sobre todo de la flavia. |