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lunes 3 de septiembre de 2007

GRUPO ETCíˆTERA.

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GRUPO ETCíˆTERA.

A poco de iniciar la carrera de arquitectura considerábamos que no estábamos completos. Porque aún cuando nuestros padres durante el primer año habí­an tenido que invertir bastante dinero en carpetas, papeles especiales, puntas y lápices para dibujo técnico, más un número impreciso de reglas, escuadras, escalí­metros y pistoletes, y hasta un tablero con su correspondiente banco, nos seguí­a faltando lo más importante - importante para nosotros- un Estudio. Para nuestros progenitores eso era lo de menos, en especial considerando que hubiesen tenido que hacerse cargo de solventar esa necesidad recién brotada en sus hijos por lo que concluimos el primer año sin Estudio alguno o tratando de adaptar nuestros espacios hogareños a la imagen que nos habí­amos hecho de lo que debí­a ser el taller de un arquitecto. En el verano insistimos con el tema y fue de ese modo que conseguimos al menos ilusionarnos con alquilar aunque mas no fuese una habitación de la casa del Angel de la zona de Barrancas, donde un alemán que oficiaba de dueño nos mostró cuales quedaban aún libres, y también cuales ya estaban ocupados y por quienes. Solo fue una corta alegrí­a ya que ningún padre aceptó ofrecer la garantí­a y el depósito. Debimos contentarnos con imaginar lo que hubiese podido ser nuestra vida de universitarios compartiendo casa con esa pintora de traza psicodélica, o con aquel escultor de pelo y barbas largas.

Como consuelo nos turnábamos reuniéndonos cada tanto en la casa de uno u otro porque nos gustaba trabajar en grupo. Amén de ello para ciertas materias recurrí­amos a la sapiencia de alguno en particular y nos pasábamos resultados o directamente improvisábamos mediante una ventana descolgada una mesa de vidrio ideal para realizar calcadas de láminas con una lámpara a ras del piso. En las ocasiones que fue mi casa sede de tales encuentros, solí­amos conformar un número que nunca bajaba de diez entre varones y mujeres y por lo general tratábamos también de obtener siempre un 50% de cada sexo. En tales encuentros, mi padre que a veces se acercaba a saludar o a pedirnos que bajásemos un poco el volumen de la música se sorprendí­a cuando nos descubrí­a pintando una pared con dibujos, sacándonos fotos todos disfrazados o sentados alrededor de una mesa con todas las luces apagadas y solo una vela en medio como escenografí­a elaborada para leer por un rato a Edgar Alan Poe a modo de distensión momentánea de nuestra tarea. El - como los otros padres- no podí­a entender que de ese modo pudiésemos aprender algo, y nos lo decí­a; le resultaba incluso una incongruencia que en medio de una decena de estudiantes de arquitectura se colasen dos que eran de odontologí­a y otro de medicina. Pero nosotros podí­amos, lástima que nos faltaba el Estudio. Ocurrió sin embargo que la mamá de Eloy tení­a una propiedad en el barrio de Palermo. En la calle Mansilla al tres mil seiscientos. Se trataba de una casa de planta baja, tí­pica construcción de una época de Buenos Aires: sala con dos ventanas a la calle, zaguán, antesala, y luego una ristra de habitaciones conectadas entre si y volcándose a un patio al cual también se abrí­an un único baño y una cocina. Una escalera de baranda metálica conducí­a a un cuartito de menor tamaño, ubicado en lo que en otros casos hubiese sido camino a la terraza. Como en esta las cubiertas eran de chapa la terraza no existí­a. Pero eso para nosotros era absolutamente un detalle insignificante, tanto como tampoco era importante que en la vivienda ya estuviesen residiendo ocupantes ilegales. Lo que hoy llamarí­amos intrusos, o incluso " okupas". La sala principal y el cuarto que le seguí­a estaban libres, lo cual para nosotros bastaba porque representaban algo más de treinta metros cuadrados, más una sensación de libertad imposible de medir. Cada cual trasladó hasta allí­ su propio tablero, algunos pocos elementos que creyó conveniente tener, y una satisfacción de creerse crecidos de golpe.

La casa se transformó durante un tiempo. Roberto habí­a logrado realizar unos interesantes trabajos de separación de tonos con fotos de los Beatles, y de ellos, John era el que mejor representaba algunos de nuestros ideales. Quizá por eso, lo elegimos por unanimidad para que su rostro fuese estampado en la pared del frente para sorpresa del vecindario. Esa imagen terminarí­a transformándose en un icono y lo pintamos, a veces casi de memoria en cuanto sitio creí­mos que podí­a quedar bien. Incluso en la puerta del auto de mi cuñado, Rodolfo. En ese ámbito de la vieja casa se llevaron a cabo las más divertidas entregas para Diseño, en las que me tocó participar. Fue precisamente ese descubrir que incluso un pesado trabajo puede constituirse en una situación alegre y divertida lo que dio origen a la esencia efí­mera del Grupo Etcétera. De allí­ también que se eligiera tal nombre y como sí­mbolo un sol de seis rayos. Porque aunque nunca fue escrito reglamento ni estatuto alguno, se acordó que el mismo tendrí­a como objetivo demostrar que se puede uno concentrar y realizar un interesante trabajo de í­ndole intelectual sin por ello convertirse en un autómata para quien no existe la música, la charla, el sexo, y aún el mismo amor. Todo era posible, permitido, y todo en simultáneo. Fueron tiempos en los que por momentos dí­a y noche se mezclaron en un continuo donde las horas no coincidí­an con las actividades y en las que la sensual voz de Nucha Amengual matizaba nuestros desvelos regalándonos las melodí­as que mejor se grabaron en nuestros recuerdos. Fueron tiempos en donde pudimos sacar a relucir lo mejor y peor de cada uno, dejando abiertos nuestros pensamientos para expresar sin tapujos tanto el odio como el amor. El reducido grupo inicial permitió incorporaciones, la mayorí­a de las veces transitorias y pasajeras, pero que se deben haber llevado al menos una pizca de esa premisa, sino conscientes tal vez por contagio. Por eso quizá resulte hoy imposible confirmar quien realmente vistió alguna vez la camiseta del equipo y quien solo fue de la número doce.

Pero los cambios de nuestras vidas corrí­an tan rápido como los que ocurrí­an en el mismo paí­s y varios escenarios fueron reemplazados por otros menos permisivos; mejor dicho: más rí­gidos. Aún antes de concluir la carrera ya la misma Facultad, reflejo de lo que se estaba gestando afuera y presagiando lo que se avecinaba, nos obligó a cambiar de turnos cuando no de compañeros. La anciana que ocupaba uno de los cuartos aledaños al Estudio falleció una tarde y la encontramos caí­da al borde de su propia cama. La familia que utilizaba el cuartito alto y con la que compartimos el espectáculo del descenso del hombre en la Luna en una noche que lloví­a a cántaros, también se fue, dejándonos mercaderí­a que pondrí­a por un tiempo en problemas a la familia de Eloy. Incluso la misma casa se fue, corrida por la picota y un proyecto de viviendas en propiedad horizontal por lo que el Lennon de su fachada murió una década antes que lo asesinaran en New York y hoy aquel rostro solo es visible para algunas memorias. Después vendrí­an años oscuros, de silencios y olvidos forzados. Pero ciertas cosas permanecen, sobre todo aquellas intangibles. Porque de aquella comunión de ideales e ilusiones por un tiempo compartidas, nacerí­an parejas de las que brotarí­an a su vez retoños de arquitectos o ligados al diseño. Posiblemente sean otros los sentimientos de carencias de quienes hoy encaran tal carrera. La cálida madera del tablero ha sido en muchos casos reemplazada por el zumbido de una CPU que almacena en sus discos tantos trazos que no hubiesen alcanzado todos los frascos de tinta que juntos gastamos durante nuestros propios tiempos. .....

24 de diciembre 2002.
Para Marie, Eloy, Julio, Gorosito, Roberto, Liliana, Choly, Pipo, Hugo, Bagnera, y demás ARQUITECTOS ETCETERAS que pisaron aquella casa. (En cuanto a mi, rearme mi propio grupo junto a mis tres hijos Eugenia,Tincho y Cota).
Guillermo Ernesto Barrantes, arquitecto, Ushuaia, Tierra del Fuego.
 

 

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