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Estamos en el 450 a. de C., y se está terminado de construir
el impresionante templo de Zeus, para el que no se escatiman medios: los mejores
escultores de Grecia trabajan en él. Los dos frontones representan los
preparativos de la competición atlética de Pelópe y Enomao para obtener la mano
de Hipodamia, y la lucha entre lapitas y centauros en la boda de Piritoo. Estos
frontones, junto con las metopas, serán considerados no sólo el más importante
conjunto escultórico del estilo severo, sino las más notables series
escultóricas del arte clásico griego junto con el Partenón. Su autor, de quien
no se sabrá el nombre, será conocido como el Maestro de Olimpia. Pero nos queda
por ver lo mejor del templo: la estatua de Zeus. Para realizarla se ha llamado
nada menos que al más famoso de entre todos los escultores de la antigua Grecia:
Fidias. Su estilo, por su plasticismo, por su equilibrio en la elección de
temas, en la composición y en las gradación de los efectos del claroscuro, por
su representación esencial, sin ser detallada, del cuerpo humano, por su
majestuosa y noble serenidad, y por su armonía de formas, consigue ser la
encarnación de los ideales del arte griego.
Fidias pone manos a la obra representando al dios sentado sobre un trono. La
inmensa estatua no puede ser más llamativa a la vista: Fidias emplea la técnica
crisoelefantina, consistente en cincelar sobre marfil y añadir por encima oro,
representando la carne y las vestiduras del personaje. Y además de todo esto, el
trono está adornado por diversas pinturas. Fidias empleará más de un año en
llevar a cabo la estatua, lo cual nos da idea de su gran tamaño y de su detalle
y calidad. A diferencia de las dos maravillas anteriores, esta va a perdurar
durante bastante tiempo: unos mil años, hasta que los terremotos que se
producirán en el siglo VI d. de C. destruyan el templo en su mayor parte. |