Fisiologia del ojo humano



Fisiología del ojo humano.

Punto de partida  es la reflexión según la cual para la descripción de la percepción visual del hombre no es suficiente con representar el ojo como sistema óptico. El resultado en sí de la percepción no se encuentra en la imagen del entorno sobre la retina, sino en la interpretación de esta imagen; en la diferenciación entre objetos con propiedades constantes y la variabilidad de su entorno. A pesar de esta preferencia en la transformación antes de la imagen, no se debe ignorar el ojo y sus cualidades; además de la psicología, por naturaleza también la fisiología del ojo resulta ser un factor esencial de la percepción. El ojo es, ante todo, un sistema óptico para la reproducción de objetos sobre la retina. Más interesante que este sistema óptico, que ya se ha descrito en la comparación entre ojo y cámara, es la superficie sobre la cual se desarrolla la imagen: la retina. En esta capa se produce la conversión de luminancias en estímulos nerviosos; la retina, por tanto, debe poseer receptores sensibles a la luz para posibilitar la elevada resolución de la imagen visual.

Observándolo con más atención se muestra que estos receptores no están dispuestos simétricamente; la retina tiene una estructura complicada. En primer lugar, hay que nombrar la existencia de dos tipos de receptores diferentes, los conos y los bastoncillos. Tampoco la distribución espacial es uniforme. Sólo en un punto, el llamado «punto ciego», no hay receptores, debido a que allí desemboca el nervio óptico a la retina. Por otro lado, existe también una zona con una densidad receptora muy elevada, un área denominada fóvea, que se encuentra en el foco de la lente. En esta zona central se encuentra una cantidad extremadamente elevada de conos, mientras que la densidad de conos hacia la periferia disminuye considerablemente. Allí, en cambio, se encuentran los bastoncillos, inexistentes en la fóvea. La razón para esta disposición de diferentes tipos de receptores se encuentra en la existencia de dos sistemas visuales en el ojo. El histórico— evolutivamente más antiguo de estos sistemas está formado por los bastoncillos. Sus propiedades especiales consisten en una sensibilidad luminosa muy elevada y una gran capacidad perceptiva para los movimientos por todo el campo visual. Por otro lado, mediante los bastoncillos no es posible ver en color; la precisión de la vista es baja, y no se pueden fijar objetos, es decir, observarlos en el centro del campo visual más detenidamente.

Debido a la gran sensibilidad a la luz, el sistema de bastoncillos se activa para ver de noche por debajo de aproximadamente 1 lux; las singularidades de ver de noche —sobre todo la desaparición de colores, la baja precisión visual y la mejor visibilidad de objetos poco luminosos en la periferia del campo visual— se explican por las propiedades del sistema de bastoncillos. El segundo tipo de receptor, los conos, forma un sistema con diferentes propiedades que determina la visión con mayores intensidades luminosas, es decir, durante el día o con iluminación artificial. El sistema de conos dispone de una sensibilidad luminosa baja y está sobre todo concentrado en el área central alrededor de la fóvea. Pero posibilita ver colores, teniendo también una gran precisión visual al observar objetos, que son fijados, es decir, su imagen cae en la fóvea. Contrariamente a como se ve con bastoncillos, no se percibe todo el campo visual de modo uniforme; el punto esencial de la percepción se encuentra en su centro. No obstante, la periferia del campo visual no está totalmente exenta de influencia; si allí se perciben fenómenos interesantes, la mirada se dirige automáticamente hacia ese punto, que luego se retrata y percibe con más exactitud en la fóvea. Un motivo esencial para este desplazamiento de la dirección visual es, además de movimientos que se presentan y colores o motivos llamativos, la existencia de elevadas luminancias, es decir, la mirada y la atención del hombre se dejan dirigir por la luz.

Una de las facultades más notables del ojo es su capacidad de adaptarse a diferentes situaciones de iluminación; percibimos nuestro entorno tanto bajo la luz de la luna como bajo la del sol, con diferencias de iluminancia del orden de 105. Esta facultad del ojo se extiende incluso sobre un campo aún mayor: una estrella en el cielo nocturno, muy poco luminosa, se puede percibir, aunque en el ojo sólo alcanza una iluminancia de 10—12 lux. Esta capacidad de adaptación se origina sólo por una parte muy pequeña mediante la pupila, que regula la incidencia de la luz aproximadamente a una escala de 1:16; la mayor parte de la capacidad de adaptación la aporta la retina. Aquí se cubren por el sistema de bastoncillos y conos campos de distinta intensidad luminosa; el sistema de bastoncillos es efectivo en el campo de la visión nocturna (visión escotópica), los conos posibilitan la visión diurna (visión fotópica), mientras que en el período de transición de la visión crepuscular (visión mesópica) ambos sistemas receptores están activados. Aunque la visión es posible sobre un campo muy grande de luminancias, existen, para la percepción de contrastes en cada una de las distintas situaciones de iluminación, claramente limitaciones más estrechas.

La razón estriba en que el ojo no puede cubrir de una vez todo el campo de luminancias visibles, sino que en cada caso se tiene que adaptar a una determinada parte parcial más estrecha, donde entonces se hace posible una percepción diferenciada. Objetos que para un estado determinado de adaptación disponen de una luminancia demasiado elevada deslumbran, o sea, tienen un efecto indiferenciadamente claro; objetos con luminancias demasiado bajas, en cambio, tienen un efecto indiferenciadamente oscuro. El ojo, sin duda, puede adaptarse a nuevos contrastes; para ello sólo elige un nuevo campo parcial igualmente limitado. Este proceso de adaptación necesita —adicionalmente tiempo; la nueva adaptación a situaciones más luminosas se desarrolla relativamente rápido, mientras que la adaptación a la oscuridad puede necesitar más tiempo. Ejemplos evidentes son las sensaciones de deslumbramiento que se producen con el cambio al salir de una sala oscura (por ejemplo, de un cine) a la luz del día o la ceguera transitoria al entrar en un espacio con una mínima iluminación, respectivamente. Tanto el hecho de que los contrastes de luminancia sólo pueden ser conformados por el ojo en un cierto volumen, como el hecho de que la adaptación a un nuevo nivel luminoso necesita tiempo tienen consecuencias sobre la planificación de iluminación; así, por ejemplo, en la planificación consciente de la escala de luminancias en un espacio o en la adaptación de niveles luminosos en áreas vecinas.


Gracias al colaborador Tomas Matias Rodriguez por enviarnos este material.

Para citar este articulo en formato APA: Revista ARQHYS. 2012, 12. Fisiologia del ojo humano. Equipo de colaboradores y profesionales de la revista ARQHYS.com. Obtenido , de https://www.arqhys.com/contenidos/fisiologia-ojo-humano.html.





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