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LA CIUDAD. Las
ciudades son entes vivos. Tienen carácter y fisonomía, aunque sea por ausencia;
tienen estilos, tamaños, colores, formas, tendencias, gustos y enfermedades como
cualquier ser, porque son concebidas, hechas y usadas por seres vivos que las
transforman según sus propios deseos y necesidades. Son, también, algo siempre
inacabado, en busca de una mítica perfección que tal vez nunca llegue, pero no
por ello se ceja en el intento. De su análisis, se han desprendido estudios,
teorías y aseveraciones que, en su conjunto, no hacen otra cosa más que mostrar
la verdadera imagen del Hombre, su cara y su conciencia, pues la historia
universal se ha escrito desde y para las ciudades, morada de ese Hombre. Su
estudio constituye una actividad apasionante que nos abre puertas para entender
nuestro entorno, tanto físico como social y, en última instancia, a nosotros
mismos como individuos y como parte de la comunidad. Son el escaparate de los
pueblos y culturas que las usan y habitan, y como tal, no hay dos que sean
iguales, aunque en algunos casos, especialmente en las contemporáneas, se den
grandes similitudes entre ellas. Son la expresión más elevada del espíritu
humano, y nos muestran su mejor aspecto, aunque las trastiendas de este
escaparate a veces oculten (o traten de hacerlo) carencias y vicios,
promiscuidad y violencia, agonía y sufrimiento; pero también, y a cambio de
esto, está el anhelo por llegar a un éxtasis que puede rayar en lo divino, al
contener las manifestaciones más excelsas de la obra, del saber y del
pensamiento humanos.
En este sentido, la elaboración de una política adecuada de
desarrollo urbano tendrá que centrarse, en primer lugar, en una visión de la
ciudad que, a partir del examen de sus componentes históricos, ecológicos,
sociales, políticos y económicos, y de la problemática que conllevan, intente
acercarnos al conocimiento de su realidad morfológica y sociológica para llegar,
a partir de ella, a un planteamiento inicial de alternativas de solución basadas
en la participación de todos los actores involucrados en los procesos urbanos.
Tiene razón Marx cuando dice que el "hombre solo" de Rousseau o de Feuerbach es
una creación de la imaginación y que nunca ha existido, que nunca existirá. El
hombre, el Zoon politikon de Aristóteles, está hecho para la ciudad tanto como
ésta está hecha por él. Entendemos así el fracaso de muchos de los grandes
conjuntos habitacionales -diseñados para un hombre "promedio", inexistente- o de
las ciudades-dormitorio, donde toda posibilidad de convivencia es negada; el
hombre se siente en ellos desarraigado de su sociedad natural. Y a pesar de
todo, continuamos actuando en como si esto no existiera. Planteamos, con
demasiada frecuencia, metas de planificación urbana que, mientras más lejanas y
complejas son, menos se alcanzan y cubren. Cada vez funciona menos la
planificación, y sin embargo, cada vez hay más planificadores. Para entender
esta paradoja, hay que partir de dos conceptos fundamentales: - primero, estar
conscientes de que la planificación -en términos generales- es un aparato
ideológico manejado por grupos de poder, que consiste en tratar técnicamente lo
que son, en última instancia, problemas políticos; es decir, el manejo de
situaciones utilizando la ideología de la racionalidad y supuesta neutralidad
científicas, lo que permite al planificador -cualquiera que éste sea- erigirse
"por encima" de los intereses populares y aplicar las fórmulas más acordes
(aunque no necesariamente las más apropiadas) con sus propósitos y criterio para
legitimar los intereses de una clase o grupo dominante. La planificación, en
este sentido, son sólo discursos ideológicos. - segundo, que la planificación,
sobre todo los aparatos de planificación urbana, son fundamentalmente
instrumentos de negociación entre las distintas clases y fracciones de clases
sociales -en la que generalmente los que menos tienen son los que menos
beneficios obtienen- y en las que se plantean soluciones a los problemas de
equipamientos colectivos y las decisiones de cómo va a desarrollarse la ciudad,
en qué sentido, cuáles y de qué tipo los equipamientos, quién va a pagar, quién
no, etc. Esta negociación se convierte, mas que en otra cosa, en un intento por
minimizar o desviar presiones sociales y llegar a soluciones de "arreglo" que
simplemente palian los problemas sin resolverlos realmente. La
verdadera misión técnica del urbanista, del planificador, no es, como se cree,
planear y poner en operación esas reformas internas menores e inconexas;
consiste en articular las distintas partes de la ciudad (periferia con el
centro; periferia consigo misma, como futuros centros vitales de la ciudad)
tomando en cuenta todos los factores y a todos los actores de la vida urbana;
sin utilizar un criterio de zonificación a ultranza (creadora de
ciudades-dormitorio, de arrabales fabriles o zonas comerciales y de servicios)
que ha resultado en un fracaso, al privar a cada una de estas zonas de los otros
y muy ricos elementos que constituyen el "organismo" total de la urbe. Existen
técnicamente tres vías por las que, inicialmente, puede actuarse en
consecuencia: 1.- Estricta regulación (y observancia) de uso del suelo urbano (y
de las "zonas" de reserva territorial) mediante ordenamientos federales,
estatales y municipales severos (normativa). 2.- Medidas fiscales que graven
fuertemente los usos indebidos del suelo urbano, hasta hacerlos no rentables
(restrictiva). 3.- Adquisición (por compra, expropiación, donación, etc.) de
suelo urbano por organismos estatales (socialización del suelo). En nuestro
país, con un obsesivo -y muy bien resguardado- respeto a la acción de la
iniciativa privada en los bienes raíces, se ha empleado en algunos casos la
primera vía (utilizando como herramienta planos reguladores que se vuelven
insuficientes y anacrónicos en pocos meses, o presiones de grupos de poder
político o económico, etc.), que también ha resultado la más ineficaz, al
sobreponer el interés y bienestar de unos cuantos al de la colectividad. La
segunda vía sería más eficaz y, con información previa adecuada, los
propietarios -e incluso los promotores del mercado urbano- pueden encaminar sus
inversiones a otros campos o emplear otras modalidades, evitando con ello,
además del peligro de la exacerbada especulación inmobiliaria, el desaliento a
la inversión privada. La tercera vía, sería la consecuencia de la no-aplicación
o no-observancia de las dos primeras, aunque conlleva riesgos de un control casi
monopólico del desarrollo urbano por parte del Estado, lo que no siempre ha
resultado la mejor opción. Pero más importante aún, es el hecho ya mencionado de
la ausencia del poblador, de su no-participación en los procesos que conforman
su ciudad. Y no participa porque muchas veces ni siquiera es tomado en cuenta,
pero también, y de manera muy importante, por su propia pasividad. Nos
enfrentamos, según Lefebvre, "... al punto más grave de la problemática urbana:
la pasividad de quienes deben estar más interesados y concernidos por los
proyectos, y más puestos en entredicho por las estrategias". El urbanismo en su
conjunto ha sido culpable en buena parte, debido a su "...doble aspecto:
ideología e institución, representación y voluntad, presión y represión,
establecimiento de un espacio represivo representado como objetivo, científico,
neutro... ...No puede haber pensamiento -urbano- sin utopía, sin explotación de
lo posible, del otro lugar. No puede haber pensamiento sin referencia a una
práctica (en este caso la de habitar y la del uso, pero ¿qué práctica es posible
si permanecen mudos el habitante y el usuario de la ciudad?)... El arquitecto
que dibuja, el urbanista que compone el plano-masa, ven desde arriba y desde
lejos sus 'objetos': edificios y vecindad. En tanto que creadores y
proyectistas, se mueven en un espacio de papel, de escrituras. Después de esa
reducción casi total de lo cotidiano vuelven a la escala de lo 'vivido'. Creen
reencontrarlo, cuando por el contrario ejecutan sus planes y proyectos en una
abstracción al segundo grado. Pasan de lo 'vivido' a lo abstracto para proyectar
esta abstracción, nuevamente, al nivel de lo 'vivido' ". Por
otra parte, hay también razones históricas. Durante mucho tiempo, la gente se
interesó por su ciudad, por su urbe; aunque se tratara a veces de grupos
dominantes, expresaban su propio interés por el aspecto morfológico -y social-
de su entorno, que consideraban en última instancia como algo propio. Esta
situación no ha desaparecido todavía en ciudades pequeñas y medianas; sin
embargo, está decayendo por una pérdida de motivaciones y razones. De ser una
actitud firme, productora, actualmente ha pasado a ser una actitud defensiva, en
pasividad. La razón básica de esto, se encuentra hoy en la fragmentación del
fenómeno urbano que plantea, por otra parte, una paradoja más, ya que sólo puede
pensarse en la ciudad como un todo, cuando ese carácter total no se capta
cabalmente. Quizás la razón sociológica más importante de la pasividad, de esa
ausencia de participación de los interesados, sea la larga costumbre de delegar
intereses y funciones: en representantes políticos, sociales, laborales, etc.,
quienes no siempre han cumplido cabalmente su encargo, o se involucran en
prácticas de corrupción; en peritos y "técnicos", o en líderes de segunda que no
contemplan o entienden cabalmente los intereses comunitarios. El habitante y
usuario de la ciudad resulta excluido, entonces, porque se excluye a sí mismo de
un posible diálogo -si lo hay- entre políticos, dirigentes y técnicos que, a
veces, son la misma persona, a veces son antagonistas, a veces llegan a un
acuerdo entre sí, sin tomar en cuenta al poblador, al usuario de infraestructura
y servicios, al verdadero usuario de la ciudad. Paradójicamente, de cuando en
cuando aparecen grupos que exteriorizan sus preocupaciones por la preservación
del ambiente, entendido éste en su totalidad: contaminación de las aguas, del
aire, del suelo; contaminación sonora, visual, social, en una palabra, de todos
los componentes de la ciudad, de la ciudad toda. Sin embargo, no hay que
engañarse; muchas veces tras estas declaraciones que se manejan en congresos
internacionales y se lucen en planes de gobierno, no existe más que un nuevo
planteo tecnológico tendiente a minimizar u ocultar los negativos efectos
sociales del daño permanente -y aún vigente- ocasionado por los procesos
incontrolados del desarrollo económico y especulativo de la ciudad, al que todos
hemos contribuido de una manera u otra. Muy raramente, en cambio, se plantea una
hipótesis que cuestione de raíz la validez y legitimidad de tales procesos para
el desarrollo y la convivencia humana, en un ámbito que satisfaga las simples y
profundas necesidades del Hombre. Cada ciudad o cada barrio tiene y debe
expresar sus características propias. Así como un edificio debe representar
claramente con su aspecto físico cuál es su función, así como el hombre usa ropa
adecuada a cada actividad o necesidad, una pequeña ciudad agrícola no puede
tener el mismo aspecto que una pequeña ciudad industrial o comercial. Sin
embargo la falta de imaginación y autenticidad de sus habitantes, y el
condicionamiento al que en algún momento hace referencia Lefebvre, hacen que se
modifiquen y oculten los rasgos diferenciales, quitándoles nobleza y realidad
tras una anodina decoración aplicada. El espacio urbano debe responder
eficientemente a todas las necesidades del usuario; por lo general, al
construirse e integrarse la gigantesca estructura de viviendas, administración,
servicios, comunicaciones, que constituyen el cuerpo físico de una ciudad, es
donde se incurre en la omisión de los factores antes mencionados. El habitante
de la ciudad -y en buena medida el del campo- está sujeto a ese constante
condicionamiento en aspiraciones, modelos, gustos etc., manipulado por un
sistema en el que lo importante no es ser, sino tener; más aún -y mucho más
grave- en "parecer que se tiene", porque si no se actúa así, se corre el riesgo
de ser marginado de una sociedad que sólo acepta a los "triunfadores" en función
de su status económico y social, y no de su experiencia o conocimientos. Si la
ciudad es un producto de la sociedad en su conjunto, y como tal está sujeta a
distintos modos de producción, deben darse también distintos esquemas normativos
para ello, diseñados a partir de las posibilidades que plantean la realidad y la
práctica sociales. Debe existir, en primer lugar, un tratamiento normativo
diferente para los "diferentes"; en segundo, deben reconocerse y respetarse los
derechos sociales de todo tipo; y finalmente, debe potenciarse a los actores
todos del proceso. El Estado puede y debe propiciar el acceso de los pobladores
a los mecanismos de diseño de la ciudad mediante instrumentos adecuados a los
distintos grupos sociales, sea con asesorías, créditos, subsidios, asignaciones,
etc., y no pensar en mecanismos a los que sólo puede acceder una minoría. Valga
recordar que la experiencia se construye "de abajo a arriba", a través de
intentos y realizaciones -positivos y negativos- y de un diálogo entre "los de
arriba" y "los de abajo".
Pero, por otra parte, cuando se ha intentado establecer
canales para esa comunicación entre todos los involucrados sobre la definición y
construcción de su entorno, se enfrenta el proceso con la incompatibilidad entre
la percepción que tiene la gente de las posibles soluciones y la que tienen los
técnicos involucrados en procesos de planificación urbana. Porque esta relación
se maneja con un carácter individual, es decir, como un proceso en el que
planificadores y urbanistas se sitúan de un lado y la gente de otro. Los
resultados son, por lo general, insatisfactorios para ambas partes, pues se
llega a soluciones de "compromiso", en las que ni se satisfacen plenamente las
aspiraciones culturales de la gente -aunque se les proporciones modelos
"socialmente aceptados"- ni los técnicos se sienten satisfechos al desarrollar
forzadamente alternativas que "sienten" equivocadas, pues -según ellos- "la
gente no sabe cómo ni dónde debe vivir y tiene que ser educada en ese sentido".
Esa relación debe ser dinámica y colectiva, inmersa en un proceso dialéctico
desarrollado conjuntamente por trabajadores intelectuales especializados en esas
tareas, y pobladores comprometidos, a su vez, con la construcción y preservación
adecuadas de su entorno. Mediante el diálogo, el aprendizaje mutuo y el
intercambio de experiencias, aspiraciones y formas de lograrlo, es como
realmente se puede llegar al diseño de un entorno que resulte plenamente
aceptado, porque incluirá no sólo parámetros técnicamente adecuados de diseño y
construcción, sino valores culturales, sicológicos y sociales apropiados. Si se
toma simplemente la expresión directa de los deseos de ambos grupos, o de la
expresión material de las formas espaciales y urbanas que unos y otros desean
sin analizarlos debidamente y expoliarlos de cargas ideológicas y
condicionamientos, se estará poniendo en práctica la ideología que una clase
privilegiada y dominante ha impuesto como patrón de desarrollo, como "moda", y
se caerá en las típicas formas pequeño-burguesas que poco o nada han servido
para resolver el problema urbano. Reproducir esto es una simple actitud
populista. Es caer en el peor error, que es decidir por la gente lo que la gente
quiere, lo que tiene que ser. Es esta una visión falsa de soluciones, puramente
tecnocrática y "neutral". Hay que partir, inicialmente, de
entender lo que la gente quiere de la práctica y experiencia del planificador, y
traducirlo en formas espaciales, que no necesariamente van a coincidir con la
visión que uno u otro tienen del objeto urbano. La alternativa, aunque para
muchos diseñadores y técnicos planificadores parezca inapropiada, es diseñar
conjuntamente con los usuarios de la ciudad, usando esa traducción para
proporcionar lo que la gente realmente necesita, lo que en última instancia va a
vivir y usar. Y no se trata aquí de diseñar y construir un entorno "especial"
para pobres o marginados con un criterio clasista o discriminatorio, que quede
claro. De lo que se trata es de que el poblador use y disfrute su entorno, y
éste funcione de acuerdo con sus parámetros culturales. No se puede pretender
que un japonés o un lapón usen su vivienda (adecuada a condiciones específicas)
del mismo modo que la usan un musulmán o un hindú. Ni tienen las mismas
características morfológicas, ni emplean los mismos materiales o patrones
culturales de uso. Entonces, ¿Hasta qué punto la gente no sabe -o no puede
expresar "adecuadamente"- lo que es el espacio urbano y los diseñadores y
planificadores urbanos sí? Si consideramos que la concepción del espacio viene
de la experiencia, de la práctica, habría que analizar en primer término qué
tipo de práctica se enseña a los técnicos "planificadores", quienes generalmente
emplean un tratamiento del espacio ligado a funciones específicas que han sido
determinadas e impuestas por una clase social política, económica y
culturalmente dominante. En este sentido, tan inadecuada puede ser la concepción
espacial de la gente como deformada o inapropiada la que tengan los técnicos. El
diseño de la ciudad tiene que partir, como ya se dijo, de un proceso dialéctico
de aprendizaje mutuo entre habitantes-usuarios y técnicos, en el que unos y
otros se desprendan de ropajes y etiquetas de "expertos", "conocedores", etc. Si
este proceso se da teniendo como herramienta fundamental el diálogo franco y de
compromiso entre unos y otros, con una visión integral de los problemas y una
ideología no dominada por las fuerzas económicas especulativas y marginadoras,
los resultados son experiencias reales, viables, y muy ricas y trascendentes.
Ejemplos exitosos de esto existen, y se siguen dando, tanto en experiencias de
asesoramiento integral proporcionado por organizaciones no gubernamentales, como
en procesos de diseño participativo desarrollados conjuntamente por estudiantes
y maestros de algunas escuelas de arquitectura, y grupos pauperizados de
pobladores. En el primer caso, se ha establecido una dinámica de participación
que ha permitido a colonos de zonas marginales organizarse para demandar y
obtener servicios e infraestructura, y poder acceder a créditos y financiamiento
para la construcción de los mismos y de sus viviendas, así como para la de sus
espacios comunitarios urbanos. En el segundo, se ha venido desarrollando, junto
con los pobladores, un “lenguaje” común en el que ambas partes pudieran expresar
y entender propuestas en términos verbales, gráficos y volumétricos, así como la
realización de proyectos -utilizando algunos procesos de autoconstrucción- que
se llevaron a la práctica con muy feliz término.
Ambas alternativas son eficaces, porque se logró,
inicialmente, despertar en todos los participantes un espíritu de trabajo
colectivo y democrático enfocado a la solución de problemas que parecían
insalvables; pero también porque se demostró, más allá de toda duda, que los
problemas urbanos pueden y deben ser atacados con la participación de todos los
actores que intervienen en el proceso de crecimiento y desarrollo de las
ciudades, que pueden hacerse las cosas, y que se hacen bien. Estamos a tiempo
para retomar esas experiencias y aplicarlas en nuestras propias comunidades, en
nuestras ciudades, como un ejercicio de toma de conciencia, de responsabilidades
-personales y colectivas- y, lo más importante, de decisiones, para que sea la
comunidad la que decida su futuro y su entorno, y cómo quiere vivirlo. Tendremos
entonces algo mejor en lo que podamos crecer, nosotros, nuestros hijos y
nuestros vecinos; tendremos, en suma, una sociedad más sana y consciente, y una
mejor ciudad para desarrollarnos. Ello implica asumir esas responsabilidades
como individuo y como parte de la comunidad a la que se pertenece. En una
primera instancia, reconocer y asumir la responsabilidad como persona; después,
como miembro de una familia; posteriormente, como usuario de un entorno conocido
y de ahí al de miembro de un barrio o colonia, para llegar finalmente a la
responsabilidad compartida como habitante y usuario de la ciudad, como
ciudadano. Cuando el ciudadano, cuando la colectividad participa con un real y
auténtico compromiso de grupo, su organización permanece como un mecanismo
generador de satisfactores, más allá y después de que el objetivo primario ha
sido alcanzado. Desarrolla el concepto de solidaridad y seguridad en sí misma
para lograr lo que se proponga, aunque sea por medios distintos a los
"socialmente" establecidos o se tarden más, eso no importa. Lo básico, lo
trascendente es la participación; consciente, informada y responsable, como
única vía hacia la construcción del entorno, de la ciudad toda, y cuya su salud
y aspecto serán entonces obra de todos. Si nuestra opinión como individuos y
como colectividad es valorada y respetada por los demás y -lo más importante-
por nosotros mismos, es posible contar con una riqueza que permita construir la
ciudad que todos queremos y a la que todos tenemos derecho. La ciudad es de
todos y para todos. Su gestión, su manejo y su destino son algo que nos
pertenece, algo que debe hacerse por la gente y para la gente. Esa es nuestra
meta como ciudadanos, y es alcanzable. (Colaborado por: Raul Nolasco Kipes,
Argentina ) |